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    Información biográfica

    Octavio Paz - Parte I (poemas 1-99)
    Octavio Paz - Parte II (poemas 100-127)

  1. A través
  2. Acabar con todo
  3. Agua nocturna
  4. Al pintor Swaminathan
  5. Alameda
  6. Antes del comienzo
  7. Aquí
  8. Árbol quiero entre nubes
  9. Arcos
  10. Aspiración
  11. Bajo tu clara sombra
  12. Carta de creencia
  13. Cerro de la estrella
  14. Como quien oye llover
  15. Concorde
  16. Conversar
  17. Cosante
  18. Crepúsculo de la ciudad
  19. Cuarto de hotel
  20. Cuatro chopos
  21. Cuerpo a la vista
  22. Decir, hacer
  23. Destino de poeta
  24. Día
  25. Disparo
  26. Dónde sin quién
  27. Dos cuerpos
  28. Ejercicio preparatorio
  29. El cántaro roto
  30. El desconocido
  31. El mismo tiempo
  32. El pájaro
  33. El sediento
  34. Elegía interrumpida
  35. Elogio
  36. En uxmal
  37. Entre irse y quedarse
  38. Entre la piedra y la flor
  39. Epitafio para un poeta
  40. Escrito con tinta verde
  41. Escritura
  42. Espejo
  43. Estrella interior
  44. Fábula
  45. Fábula de Joan Miró
  46. Felicidad en Herat
  47. Frente al mar
  48. Golden lotuses
  49. Hablo de la ciudad
  50. Hermandad
  51. Hermosura que vuelve
  52. Intervalo
  53. Jardín
  54. Junio
  55. La arboleda
  56. La caída
  57. La calle
  58. La cara y el viento
  59. la casa de la mirada
  60. La Dulcinea de Duchamp
  61. La hora es transparente
  62. La llama, el habla
  63. La palabra dicha
  64. La poesía
  65. La rama
  66. La sombra
  67. La vida sencilla
  68. La vista, el tacto
  69. Lámpara
  70. Las armas del verano
  71. Lauda
  72. Los viejos
  73. Madrugada al raso
  74. Manantial
  75. Mar de día
  76. Mar por la tarde
  77. Más allá del amor
  78. Mediodía
  79. Misterio
  80. Monólogo
  81. Movimiento
  82. Ni el cielo ni la tierra
  83. Niña
  84. Noche de verano
  85. Nocturno
  86. Nubes
  87. Nuevo rostro
  88. Objetos y apariciones
  89. Olvido
  90. Otoño
  91. Palpar
  92. Pasado en claro
  93. Pequeño monumento
  94. Piedra de sol
  95. Piedra de toque
  96. Piedra nativa
  97. Pilares
  98. Por la calle de Galeana
  99. Pregunta


      Información biográfica

        Nombre: Octavio Paz Lozano
        Lugar y fecha nacimiento: México D.F. (México), 31 de marzo de 1914
        Lugar y fecha defunción: México D.F. (México), 19 de abril de 1998 (84 años)

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        A través

          Doblo la página del día,
          Escribo lo que me dicta
          El movimiento de tus pestañas.

          Mis manos
          Abren las cortinas de tu ser
          Te visten con otra desnudez
          Descubren los cuerpos de tu cuerpo
          Mis manos
          Inventan otro cuerpo a tu cuerpo.

          Entro en ti,
          Veracidad de la tiniebla.
          Quiero las evidencias de lo oscuro,
          Beber el vino negro:
          Toma mis ojos y reviéntalos.

          Una gota de noche
          Sobre la punta de tus senos:
          Enigmas del clavel.

          Al cerrar los ojos
          Los abro dentro de tus ojos.

          En su lecho granate
          Siempre está despierta
          Y húmeda tu lengua.

          Hay fuentes
          En el jardín de tus arterias.

          Con una máscara de sangre
          Atravieso tu pensamiento en blanco:
          Desmemoria me guía
          Hacia el reverso de la vida.

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        Acabar con todo

          Dame, llama invisible, espada fría,
          Tu persistente cólera,
          Para acabar con todo,
          Oh mundo seco,
          Oh mundo desangrado,
          Para acabar con todo.
          Arde, sombrío, arde sin llamas,
          Apagado y ardiente,
          Ceniza y piedra viva,
          Desierto sin orillas.
          Arde en el vasto cielo, laja y nube,
          Bajo la ciega luz que se desploma
          Entre estériles peñas.
          Arde en la soledad que nos deshace,
          Tierra de piedra ardiente,
          De raíces heladas y sedientas.
          Arde, furor oculto,
          Ceniza que enloquece,
          Arde invisible, arde
          Como el mar impotente engendra nubes,
          Olas como el rencor y espumas pétreas.
          Entre mis huesos delirantes, arde;
          Arde dentro del aire hueco,
          Horno invisible y puro;
          Arde como arde el tiempo,
          Como camina el tiempo entre la muerte,
          Con sus mismas pisadas y su aliento;
          Arde como la soledad que te devora,
          Arde en ti mismo, ardor sin llama,
          Soledad sin imagen, sed sin labios.
          Para acabar con todo,
          Oh mundo seco,
          Para acabar con todo.

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        Agua nocturna

          La noche de ojos de caballo que tiemblan en la noche,
          La noche de ojos de agua en el campo dormido,
          Está en tus ojos de caballo que tiembla,
          Está en tus ojos de agua secreta.

          Ojos de agua de sombra,
          Ojos de agua de pozo,
          Ojos de agua de sueño.

          El silencio y la soledad,
          Como dos pequeños animales a quienes guía la luna,
          Beben en esos ojos,
          Beben en esas aguas.

          Si abres los ojos,
          Se abre la noche de puertas de musgo,
          Se abre el reino secreto del agua
          Que mana del centro de la noche.

          Y si los cierras,
          Un río, una corriente dulce y silenciosa,
          Te inunda por dentro, avanza, te hace oscura:
          La noche moja riberas en tu alma.

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        Al pintor Swaminathan

          Con un trapo y un cuchillo
          Contra la idea fija
          Contra el toro del miedo
          Contra la tela contra el vacío
          El surtidor
          La llama azul del cobalto
          El ámbar quemado
          Verdes recién salidos del mar
          Añiles reflexivos
          Con un trapo y un cuchillo
          Sin pinceles
          Con los insomnios con la rabia con el sol
          Contra el rostro en blanco del mundo
          El surtidor
          La ondulación serpentina
          La vibración acuática del espacio
          El triángulo el arcano
          La flecha clavada en el altar nego
          Los alfabetos coléricos
          La gota de tinta de sangre de miel
          Con un trapo y un cuchillo
          El surtidor
          Salta el rojo mexicano
          Y se vuelve negro
          Salta el rojo de la India
          Y se vuelve negro
          Los labios ennegrecen
          Negro de Kali
          Carbón para tus cejas y tus párpados
          Mujer deseada cada noche
          Negro de Kali
          El amarillo y sus fieras abrasadas
          El ocre y sus tambores subterráneos
          El cuerpo verde de la selva negra
          El cuerpo azul de Kali
          El sexo de la Guadalupe
          Con un trapo y un cuchillo
          Contra el triángulo
          El ojo revienta
          Surtidor de signos
          La ondulación serpentina avanza
          Marea de apariciones inminentes.

          El cuadro es un cuerpo
          Vestido sólo por su enigma desnudo.

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        Alameda

          El sol entre los follajes
          Y el viento por todas partes
          Llama vegetal te esculpen,
          Si verde bajo los oros
          Entre verdores dorada.
          Construida de reflejos:
          Luz labrada por las sombras,
          Sombra deshecha en la luz.

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        Antes del comienzo

          Ruidos confusos, claridad incierta
          Otro día comienza.
          Es un cuarto en penumbra
          Y dos cuerpos tendidos.
          En mi frente me pierdo
          Por un llano sin nadie.
          Ya las horas afilan sus navajas.
          Pero a mi lado tú respiras;
          Entrañable y remota
          Fluyes y no te mueves.
          Inaccesible si te pienso,
          Con los ojos te palpo,
          Te miro con las manos.
          Los sueños nos separan
          Y la sangre nos junta:
          Somos un río de latidos.
          Bajo tus párpados madura
          La semilla del sol.
          El mundo
          No es real todavía,
          El tiempo duda:
          Sólo es cierto
          El calor de tu piel.
          En tu respiración escucho
          La marea del ser,
          La sílaba olvidada del Comienzo.

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        Aquí

          Mis pasos en esta calle
          Resuenan
          En otra calle
          Donde
          Oigo mis pasos
          Pasar en esta calle
          Donde
          Sólo es real la niebla.

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        Árbol quiero entre nubes

          Aquel joven soldado
          Era sonriente y tímido y erguido
          Como un joven durazno.
          El vello de su rostro se doraba
          Con el rubor de los duraznos
          Al amarillo sol de mediodía.
          Sus ademanes eran
          Como los ademanes del durazno
          Cuando el viento lo mueve, en la colina.
          Si sonreía era su sonrisa
          Un imprevisto florecer durazno.
          Una ráfaga a veces lo nublaba
          Y entonces, serio, ensimismado,
          Era un durazno al aire, deshojado.

          Jugaba con los niños, en la tarde,
          Con un fervor nostálgico, lejano,
          Con la misma ternura de la ola
          Que se aleja volviendo la cabeza.
          Un viento melancólico barría
          Nubes en flor, apenas nubes,
          Y en el jardín volaban hojas
          ¡Oh despeinada primavera!
          Árbol quieto entre nubes, hojas, niños,
          Se preguntaba aquel soldado:
          ¿Es nube todo, todo es hoja, viento?
          ¿Los familiares árboles son nubes?
          ¿Esta rama que toco, esta corteza,
          Estos niños son nubes? ¿Nube el sueño
          Y la muchacha aquella y su perfume,
          Fantasma de la carne, nube, espuma
          Apenas sostenida por el viento?

          Y se alejó, callada nube negra.

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        Arcos

          ¿Quién canta en las orillas del papel?
          Inclinado, de pechos sobre el río
          De imágenes, me veo, lento y solo,
          De mí mismo alejarme: letras puras,
          Constelación de signos, incisiones
          En la carne del tiempo, ¡oh escritura,
          Raya en el agua!

          Voy entre verdores
          Enlazados, voy entre transparencias,
          Río que se desliza y no transcurre;
          Me alejo de mí mismo, me detengo
          Sin detenerme en una orilla y sigo,
          Río abajo, entre arcos de enlazadas
          Imágenes, el río pensativo.
          Sigo, me espero allá, voy a mi encuentro,
          Río feliz que enlaza y desenlaza
          Un momento de sol entre dos álamos,
          En la pulida piedra se demora,
          Y se desprende de sí mismo y sigue,
          Río abajo, al encuentro de sí mismo.

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        Aspiración

          1

          Sombras del día blanco
          Contra mis ojos. Yo no veo
          Nada sino lo blanco:
          La hora en blanco, el alma
          Desatada del ansia y de la hora.

          Blancura de aguas muertas,
          Hora blanca, ceguera de los ojos abiertos.
          Frota tu pedernal, arde, memoria,
          Contra la hora y su resaca.
          Memoria, llama nadadora.

          2

          Desatado del cuerpo, desatado
          Del ansia, vuelvo al ansia, vuelvo
          A la memoria de tu cuerpo. Vuelvo.
          Y arde tu cuerpo en mi memoria,
          Arde en tu cuerpo mi memoria.

          Cuerpo de un Dios que fue cuerpo abrasado,
          Dios que fue cuerpo y fue cuerpo endiosado
          Y es hoy tan sólo la memoria
          De un cuerpo desatado de otro cuerpo:
          Tu cuerpo es la memoria de mis huesos.

          3

          Sombra del sol Solombra segadora
          Ciega mis manantiales trasojados
          El nudo desanuda siega el ansia
          Apaga el ánima desanimada.

          Mas la memoria desmembrada nada
          Desde los nacederos de su nada
          Los manantiales de su nacimiento
          Nada contra corriente y mandamiento

          Nada contra la nada
          Ardor del agua
          Lengua de fuego fosforece el agua
          Pentecostés palabra sin palabras

          Sentido sin sentido no pensado
          Pensar que transfigura la memoria
          El resto es un manojo de centellas.

        Arriba

        Bajo tu clara sombra

          Un cuerpo, un cuerpo solo, un solo cuerpo
          Un cuerpo como día derramado
          Y noche devorada;
          La luz de unos cabellos
          Que no apaciguan nunca
          La sombra de mi tacto;
          Una garganta, un vientre que amanece
          Como el mar que se enciende
          Cuando toca la frente de la aurora;
          Unos tobillos, puentes del verano;
          Unos muslos nocturnos que se hunden
          En la música verde de la tarde;
          Un pecho que se alza
          Y arrasa las espumas;
          Un cuello, sólo un cuello,
          Unas manos tan solo,
          Unas palabras lentas que descienden
          Como arena caída en otra arena.

          Esto que se me escapa,
          Agua y delicia obscura,
          Mar naciendo o muriendo;
          Estos labios y dientes,
          Estos ojos hambrientos,
          Me desnudan de mí
          Y su furiosa gracia me levanta
          Hasta los quietos cielos
          Donde vibra el instante;
          La cima de los besos,
          La plenitud del mundo y de sus formas.

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        Carta de creencia

          1

          Entre la noche y el día
          Hay un territorio indeciso.
          No es luz ni sombra:
          Es tiempo.
          Hora, pausa precaria,
          Página que se obscurece,
          Página en la que escribo,
          Despacio, estas palabras.
          La tarde
          Es una brasa que se consume.
          El día gira y se deshoja.
          Lima los confines de las cosas
          Un río obscuro.
          Terco y suave
          Las arrastra, no sé adónde.
          La realidad se aleja.
          Yo escribo:
          Hablo conmigo
          —Hablo contigo.

          Quisiera hablarte
          Como hablan ahora,
          Casi borrados por las sombras
          El arbolito y el aire;
          Como el agua corriente,
          Soliloquio sonámbulo;
          Como el charco callado,
          Reflector de instantáneos simulacros;
          Como el fuego:
          Lenguas de llama, baile de chispas,
          Cuentos de humo.
          Hablarte
          Con palabras visibles y palpables,
          Con peso, sabor y olor
          Como las cosas.
          Mientras lo digo
          Las cosas, imperceptiblemente,
          Se desprenden de sí mismas
          Y se fugan hacia otras formas,
          Hacia otros nombres.
          Me quedan
          Estas palabras: con ellas te hablo.

          Las palabras son puentes.
          También son trampas, jaulas, pozos.
          Yo te hablo: tú no me oyes.
          No hablo contigo:
          Hablo con una palabra,
          Esa palabra eres tú,
          Esa palabra
          Te lleva de ti misma a ti misma.
          La hicimos tú, yo, el destino.
          La mujer que eres
          Es la mujer a la que hablo:
          Estas palabras son tu espejo,
          Eres tú misma y el eco de tu nombre.
          Yo también,
          Al hablarte,
          Me vuelvo un murmullo,
          Aire y palabras, un soplo,
          Un fantasma que nace de estas letras.

          Las palabras son puentes:
          La sombra de las colinas de Meknès
          Sobre un campo de girasoles estáticos
          Es un golfo violeta.
          Son las tres de la tarde,
          Tienes nueve años y te has adormecido
          Entre los brazos frescos de la rubia mimosa.
          Enamorado de la geometría
          Un gavilán dibuja un círculo.
          Tiembla en el horizonte
          La mole cobriza de los cerros.
          Entre peñascos vertiginosos
          Los cubos blancos de un poblado.
          Una columna de humo sube del llano
          Y poco a poco se disipa, aire en el aire,
          Como el canto del muecín
          Que perfora el silencio, asciende y florece
          En otro silencio.
          Sol inmóvil,
          Inmenso espacio de alas abiertas;
          Sobre llanuras de reflejos
          La sed levanta alminares transparentes.
          Tú no estás dormida ni despierta:
          Tú flotas en un tiempo sin horas.
          Un soplo apenas suscita
          Remotos países de menta y manantiales.
          Déjate llevar por estas palabras
          Hacia ti misma.

          2

          Las palabras son inciertas
          Y dicen cosas inciertas.
          Pero digan esto o aquello,
          Nos dicen.
          Amor es una palabra equívoca,
          Como todas.
          No es palabra,
          Dijo el Fundador:
          Es visión,
          Comienzo y corona
          De la escala de la contemplación
          —Y el florentino:
          Es un accidente
          —Y el otro:
          No es la virtud
          Pero nace de aquello que es la perfección
          —Y los otros:
          Una fiebre, una dolencia,
          Un combate, un frenesí, un estupor,
          Una quimera.
          El deseo lo inventa,
          Lo avivan ayunos y laceraciones,
          Los celos lo espolean,
          La costumbre lo mata.
          Un don,
          Una condena.
          Furia, beatitud.
          Es un nudo: vida y muerte.
          Una llaga
          Que es rosa de resurrección.
          Es una palabra:
          Al decirla, nos dice.

          El amor comienza en el cuerpo
          ¿Dónde termina?
          Si es fantasma,
          Encarna en un cuerpo;
          Si es cuerpo,
          Al tocarlo se disipa.
          Fatal espejo:
          La imagen deseada se desvanece,
          Tú te ahogas en tus propios reflejos.
          Festín de espectros.

          Aparición:
          El instante tiene cuerpo y ojos,
          Me mira.
          Al fin la vida tiene cara y nombre.
          Amar:
          Hacer de un alma un cuerpo,
          Hacer de un cuerpo un alma,
          Hacer un tú de una presencia.
          Amar:
          Abrir la puerta prohibida,
          Pasaje
          Que nos lleva al otro lado del tiempo.
          Instante:
          Reverso de la muerte,
          Nuestra frágil eternidad.

          Amar es perderse en el tiempo,
          Ser espejo entre espejos.
          Es idolatría:
          Endiosar una criatura
          Y a lo que es temporal llamar eterno.
          Todas las formas de carne
          Son hijas del tiempo,
          Simulacros.
          El tiempo es el mal,
          El instante
          Es la caída;
          Amar es despeñarse:
          Caer interminablemente,
          Nuestra pareja
          Es nuestro abismo.
          El abrazo:
          Jeroglífico de la destrucción.
          Lascivia: máscara de la muerte.

          Amar: una variación,
          Apenas un momento
          En la historia de la célula primigenia
          Y sus divisiones incontables.
          Eje
          De la rotación de las generaciones.

          Invención, transfiguración:
          La muchacha convertida en fuente,
          La cabellera en constelación,
          En isla la mujer dormida.
          La sangre:
          Música en el ramaje de las venas;
          El tacto:
          Luz en la noche de los cuerpos.

          Trasgresión
          De la fatalidad natural,
          Bisagra
          Que enlaza destino y libertad,
          Pregunta
          Grabada en la frente del deseo:
          ¿Accidente o predestinación?

          Memoria, cicatriz:
          —¿De dónde fuimos arrancados?,
          Memoria: sed de presencia,
          Querencia
          De la mitad perdida.
          El Uno
          Es el prisionero de sí mismo,
          Es,
          Solamente es,
          No tiene memoria,
          No tiene cicatriz:
          Amar es dos,
          Siempre dos,
          Abrazo y pelea,
          Dos es querer ser uno mismo
          Y ser el otro, la otra;
          Dos no reposa,
          No está completo nunca,
          Gira
          En torno a su sombra,
          Busca
          Lo que perdimos al nacer;
          La cicatriz se abre:
          Fuente de visiones;
          Dos: arco sobre el vacío,
          Puente de vértigos;
          Dos:
          Espejo de las mutaciones.

          3

          Amor, isla sin horas,
          Isla rodeada de tiempo,
          Claridad
          Sitiada de noche.
          Caer
          Es regresar,
          Caer es subir.
          Amar es tener ojos en las yemas,
          Palpar el nudo en que se anudan
          Quietud y movimiento.
          El arte de amar
          ¿Es arte de morir?
          Amar
          Es morir y revivir y remorir:
          Es la vivacidad.
          Te quiero
          Porque yo soy mortal
          Y tú lo eres.
          El placer hiere,
          La herida florece.
          En el jardín de las caricias
          Corté la flor de sangre
          Para adornar tu pelo.
          La flor se volvió palabra.
          La palabra arde en mi memoria.

          Amor:
          Reconciliación con el Gran todo
          Y con los otros,
          Los diminutos todos
          Innumerables.
          Volver al día del comienzo.
          Al día de hoy.

          La tarde se ha ido a pique.
          Lámparas y reflectores
          Perforan la noche.
          Yo escribo:
          Hablo contigo:
          Hablo conmigo.
          Con palabras de agua, llama, aire y tierra
          Inventamos el jardín de las miradas.
          Miranda y Fernand se miran,
          Interminablemente, en los ojos
          —Hasta petrificarse.
          Una manera de morir
          Como las otras.
          En la altura
          Las constelaciones escriben siempre
          La misma palabra;
          Nosotros,
          Aquí abajo, escribimos
          Nuestros nombres mortales.
          La pareja
          Es pareja porque no tiene Edén.
          Somos los expulsados del Jardín,
          Estamos condenados a inventarlo
          Y cultivar sus flores delirantes,
          Joyas vivas que cortamos
          Para adornar un cuello.
          Estamos condenados
          A dejar el Jardín:
          Delante de nosotros
          Está el mundo.

          Coda

          Tal vez amar es aprender
          A caminar por este mundo.
          Aprender a quedarnos quietos
          Como el tilo y la encina de la fábula.
          Aprender a mirar.
          Tu mirada es sembradora.
          Plantó un árbol.
          Yo hablo
          Porque tú meces los follajes.

        Arriba

        Cerro de la estrella

          Aquí los antiguos recibían al fuego
          Aquí el fuego creaba el mundo
          Al mediodía las piedras se abren como frutos
          El agua abre los párpados
          La luz resbala por la piel del día
          Gota inmensa donde el tiempo se refleja y se sacia

          A la española el día entra pisando fuerte
          Un rumor de hojas y pájaros avanza
          Un presentimiento de mar o mujeres
          El día zumba en mi frente como una idea fija
          En la frente del mundo zumba tenaz el día
          La luz corre por todas partes
          Canta por las terrazas
          Hace bailar las casas
          Bajo las manos frescas de la yedra ligera
          El muro se despierta y levanta sus torres
          Y las piedras dejan caer sus vestiduras
          Y el agua se desnuda y salta de su lecho
          Más desnuda que el agua
          Y la luz se desnuda y se mira en el agua
          Más desnuda que un astro
          Y el pan se abre y el vino se derrama
          Y el día se derrama sobre el agua tendida
          Ver oír tocar oler gustar pensar
          Labios o tierra o viento entre veleros
          Sabor del día que se desliza como música
          Rumor de luz que lleva de la mano a una muchacha
          Y la deja desnuda en el centro del día
          Nadie sabe su nombre ni a qué vino
          Como un poco de agua se tiende a mi costado
          El sol se para un instante por mirarla
          La luz se pierde entre sus piernas
          La rodean mis miradas como agua
          Y ella se baña en ellas más desnuda que el agua
          Como la luz no tiene nombre propio
          Como la luz cambia de forma con el día.

        Arriba

        Como quien oye llover

          Óyeme como quien oye llover,
          Ni atenta ni distraída,
          Pasos leves, llovizna,
          Agua que es aire, aire que es tiempo,
          El día no acaba de irse,
          La noche no llega todavía,
          Figuraciones de la niebla
          Al doblar la esquina,
          Figuraciones del tiempo
          En el recodo de esta pausa,
          Óyeme como quien oye llover,
          Sin oírme, oyendo lo que digo
          Con los ojos abiertos hacia adentro,
          Dormida con los cinco sentidos despiertos,
          Llueve, pasos leves, rumor de sílabas,
          Aire y agua, palabras que no pesan:
          Lo que fuimos y somos,
          Los días y los años, este instante,
          Tiempo sin peso, pesadumbre enorme,
          Óyeme como quien oye llover,
          Relumbra el asfalto húmedo,
          El vaho se levanta y camina,
          La noche se abre y me mira,
          Eres tú y tu talle de vaho,
          Tú y tu cara de noche,
          Tú y tu pelo, lento relámpago,
          Cruzas la calle y entras en mi frente,
          Pasos de agua sobre mis párpados,
          Óyeme como quien oye llover,
          El asfalto relumbra, tú cruzas la calle,
          Es la niebla errante en la noche,
          Como quien oye llover
          Es la noche dormida en tu cama,
          Es el oleaje de tu respiración,
          Tus dedos de agua mojan mi frente,
          Tus dedos de llama queman mis ojos,
          Tus dedos de aire abren los párpados del tiempo,
          Manar de apariciones y resurrecciones,
          Óyeme como quien oye llover,
          Pasan los años, regresan los instantes,
          ¿Oyes tus pasos en el cuarto vecino?
          No aquí ni allá: los oyes
          En otro tiempo que es ahora mismo,
          Oye los pasos del tiempo
          Inventor de lugares sin peso ni sitio,
          Oye la lluvia correr por la terraza,
          La noche ya es más noche en la arboleda,
          En los follajes ha anidado el rayo,
          Vago jardín a la deriva
          Entra, tu sombra cubre esta página.

        Arriba

        Concorde

          Arriba el agua
          Abajo el bosque
          El viento por los caminos

          Quietud del pozo
          El cubo es negro El agua firme

          El agua baja hasta los árboles
          El cielo sube hasta los labios.

        Arriba

        Conversar

          En un poema leo:
          Conversar es divino.
          Pero los diosa no hablan:
          Hacen, deshacen mundos
          Mientras los hombres hablan.
          Los dioses, sin palabras,
          Juegan juegos terribles.

          El espíritu baja
          Y desata las lenguas
          Pero no habla palabras:
          Habla lumbre. El lenguaje,
          Por el dios encendido,
          Es una profecía
          De llamas y una torre
          De humo y un desplome
          De sílabas quemadas:
          Ceniza sin sentido.

          La palabra del hombre
          Es hija de la muerte.
          Hablamos porque somos
          Mortales: las palabras
          No son signos, son años.
          Al decir lo que dicen
          Los nombres que decimos
          Dicen tiempo: nos dicen.
          Somos nombres del tiempo.
          Conversar es humano.

        Arriba

        Cosante

          Con la lengua cortada
          Y los ojos abiertos
          El ruiseñor en la muralla

          Ojos de pena acumulada
          Y plumaje de sangre
          El ruiseñor en la muralla

          Plumas de sangre y breve llamarada
          Agua recién nacida en la garganta
          El ruiseñor en la muralla

          Agua que corre enamorada
          Agua con alas
          El ruiseñor en la muralla

          Entre las piedras negras la voz blanca
          Del agua enamorada
          El ruiseñor en la muralla

          Con la lengua cortada canta
          Sangre sobre la piedra
          El ruiseñor en la muralla.

        Arriba

        Crepúsculo de la ciudad

          A Rafael Vega Albela, que aquí padeció.

          I

          Devora el sol restos ya inciertos;
          El cielo roto, hendido, es una fosa;
          La luz se atarda en la pared ruinosa;
          Polvo y salitre soplan sus desiertos.

          Se yerguen más los fresnos, más despiertos,
          Y anochecen la plaza silenciosa,
          Tan a ciegas palpada y tan esposa
          Como herida de bordes siempre abiertos.

          Calles en que la nada desemboca,
          Calles sin fin andadas, desvarío
          Sin fin del pensamiento desvelado.

          Todo lo que me nombra o que me evoca
          Yace, ciudad, en ti, yace vacío,
          En tu pecho de piedra sepultado.

        Arriba

        Cuarto de hotel

          I

          A la luz cenicienta del recuerdo
          Que quiere redimir lo ya vivido
          Arde el ayer fantasma. ¿Yo soy ese
          Que baila al pie del árbol y delira
          Con nubes que son cuerpos que son olas,
          Con cuerpos que son nubes que son playas?
          ¿Soy el que toca el agua y canta el agua,
          La nube y vuela, el árbol y echa hojas,
          Un cuerpo y se despierta y le contesta?
          Arde el tiempo fantasma:
          Arde el ayer, el hoy se quema y el mañana.
          Todo lo que soñé dura un minuto
          Y es un minuto todo lo vivido.
          Pero no importan siglos o minutos:
          También el tiempo de la estrella es tiempo,
          Gota de sangre o fuego: parpadeo.

          II

          Roza mi frente con sus manos frías
          El río del pasado y sus memorias
          Huyen bajo mis párpados de piedra.
          No se detiene nunca su carrera
          Y yo, desde mí mismo, lo despido.
          ¿Huye de mí el pasado?
          ¿Huyo con él y aquel que lo despide
          Es una sombra que me finge, hueca?
          Quizá no es él quien huye: yo me alejo
          Y él no me sigue, ajeno, consumado.
          Aquel que fui se queda en la ribera.
          No me recuerda nunca ni me busca,
          No me contempla ni despide:
          Contempla, busca a otro fugitivo.
          Pero tampoco el otro lo recuerda.

          III

          No hay antes ni después. ¿Lo que viví
          Lo estoy viviendo todavía?
          ¡Lo que viví! ¿Fui acaso? Todo fluye:
          Lo que viví lo estoy muriendo todavía.
          No tiene fin el tiempo: finge labios,
          Minutos, muerte, cielos, finge infiernos,
          Puertas que dan a nada y nadie cruza.
          No hay fin, ni paraíso, ni domingo.
          No nos espera Dios al fin de semana.
          Duerme, no lo despiertan nuestros gritos.
          Sólo el silencio lo despierta.
          Cuando se calle todo y ya no canten
          La sangre, los relojes, las estrellas,
          Dios abrirá los ojos
          Y al reino de su nada volveremos.

        Arriba

        Cuatro chopos

          Como tras de sí misma va esta línea
          Por los horizontales confines persiguiéndose
          Y en el poniente siempre fugitivo
          En que se busca se disipa

          —Como esta misma línea
          Por la mirada levantada
          Vuelve todas sus letras
          Una columna diáfana
          Resuelta en una no tocada
          No oída ni gustada mas pensada
          Flor de vocales y de consonantes

          —Como esta línea que no acaba de escribirse
          Y antes de consumarse se incorpora
          Sin cesar de fluir pero hacia arriba:
          Los cuatro chopos.

          Aspirados
          Por la altura vacía y allá abajo,
          En un charco hecho cielo, duplicados,
          Los cuatro son un solo chopo
          Y son ninguno.

          Atrás, frondas en llamas
          Que se apagan —la tarde a la deriva—
          Otros chopos ya andrajos espectrales
          Interminablemente ondulan
          Interminablemente inmóviles.
          El amarillo se desliza al rosa,
          Se insinúa la noche en el violeta.

          Entre el cielo y el agua
          Hay una franja azul y verde:
          Sol y plantas acuáticas,
          Caligrafía llameante
          Escrita por el viento.
          Es un reflejo suspendido en otro.

          Tránsitos: parpadeos del instante.
          El mundo pierde cuerpo,
          Es una aparición, es cuatro chopos,
          Cuatro moradas melodías.

          Frágiles ramas trepan por los troncos.
          Son un poco de luz y otro poco de viento.
          Vaivén inmóvil. Con los ojos
          Las oigo murmurar palabras de aire.

          El silencio se va con el arroyo,
          Regresa con el cielo.

          Es real lo que veo:
          Cuatro chopos sin peso
          Plantados sobre un vértigo.
          Una fijeza que se precipita
          Hacia abajo, hacia arriba,
          Hacia el agua del cielo del remanso
          En un esbelto afán sin desenlace
          Mientras el mundo zarpa hacia lo obscuro.

          Latir de claridades últimas:
          Quince minutos sitiados
          Que ve Claudio Monet desde una barca.

          En el agua se abisma el cielo,
          En sí misma se anega el agua,
          El chopo es un disparo cárdeno:
          Este mundo no es sólido.

          Entre ser y no ser la yerba titubea,
          Los elementos se aligeran,
          Los contornos se esfuman,
          Visos, reflejos, reverberaciones,
          Centellear de formas y presencias,
          Niebla de imágenes, eclipses,
          Esto que veo somos: espejos.

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        Cuerpo a la vista

          Y las sombras se abrieron otra vez
          Y mostraron su cuerpo:
          Tu pelo, otoño espeso, caída de agua solar,
          Tu boca y la blanca disciplina
          De tus dientes caníbales,
          Prisioneros en llamas,
          Tu piel de pan apenas dorado
          Y tus ojos de azúcar quemada,
          Sitios en donde el tiempo no transcurre,
          Valles que sólo mis labios conocen,
          Desfiladero de la una que asciende
          A tu garganta entre tus senos,
          Cascada petrificada de la nuca,
          Alta meseta de tu vientre,
          Playa sin fin de tu costado.

          Tus ojos son los ojos fijos del tigre
          Y un minuto después
          Son los ojos húmedos del perro.
          Siempre hay abejas en tu pelo.
          Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos
          Como las espalda del río a la luz del incendio.

          Aguas dormidas golpean día y noche
          Tu cintura de arcilla
          Y en tus costas,
          Inmensas como los arenales de la luna,
          El viento sopla por mi boca
          Y un largo quejido cubre con sus dos alas grises
          La noche de los cuerpos,
          Como la sombra del águila la soledad del páramo.

          Las uñas de los dedos de tus pies
          Están hechas del cristal del verano.
          Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,
          Bahía donde el mar de noche se aquieta,
          Negro caballo de espuma,
          Cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,
          Boca de horno donde se hacen las hostias,
          Sonrientes labios entreabiertos y atroces,
          Nupcias de la luz y la sombra,
          De lo visible y lo invisible
          (Allí espera la carne su resurrección
          Y el día de la vida perdurable).

          Patria de sangre,
          Única tierra que conozco y me conoce,
          Única patria en la que creo,
          Única puerta al infinito.

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        Decir, hacer

          A Roman Jakobson.

          Entre lo que veo y digo,
          Entre lo que digo y callo,
          Entre lo que callo y sueño,
          Entre lo que sueño y olvido
          La poesía
          Se desliza entre el sí y el no:
          Dice
          Lo que callo,
          Calla
          Lo que digo,
          Sueña
          Lo que olvido.
          No es un decir:
          Es un hacer.
          Es un hacer
          Que es un decir.
          La poesía
          Se dice y se oye:
          Es real.
          Y apenas digo
          Es real,
          Se disipa.
          ¿Así es más real?
          Idea palpable,
          Palabra
          Impalpable:
          La poesía
          Va y viene
          Entre lo que es
          Y lo que no es.
          Teje reflejos
          Y los desteje.
          La poesía
          Siembra ojos en las páginas
          Siembra palabras en los ojos.
          Los ojos hablan
          Las palabras miran,
          Las miradas piensan.
          Oír
          Los pensamientos,
          Ver
          Lo que decimos
          Tocar
          El cuerpo
          De la idea.
          Los ojos
          Se cierran
          Las palabras se abren.

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        Destino de poeta

          ¿Palabras? Sí, de aire,
          Y en el aire perdidas.

          Déjame que me pierda entre palabras,
          Déjame ser el aire en unos labios,
          Un soplo vagabundo sin contornos
          Que el aire desvanece.

          También la luz en sí misma se pierde.

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        Día

          ¿De qué cielo caído,
          Oh insólito,
          Inmóvil solitario en la ola del tiempo?
          Eres la duración,
          El tiempo que madura
          En un instante enorme, diáfano:
          Flecha en el aire,
          Blanco embelesado
          Y espacio sin memoria ya de flecha.
          Día hecho de tiempo y de vacío:
          Me deshabitas, borras
          Mi nombre y lo que soy,
          Llenándome de ti: luz, nada.

          Y floto, ya sin mí, pura existencia.

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        Disparo

          Salta la palabra
          Adelante del pensamiento
          Adelante del sonido
          La palabra salta como un caballo
          Adelante del viento
          Como un novillo de azufre
          Adelante de la noche
          Se pierde por las calles de mi cráneo
          En todas partes las huellas de la fiera
          En la cara del árbol el tatuaje escarlata
          En la frente del torreón el tatuaje de hielo
          En el sexo de la iglesia el tatuaje eléctrico
          Sus uñas en tu cuello
          Sus patas en tu vientre
          La señal violeta
          El tornasol que gira hasta el blanco
          Hasta el grito hasta el basta
          El girasol que gira como un ay desollado
          La firma del sin nombre a lo largo de tu piel
          En todas partes el grito que ciega
          La oleada negra que cubre el pensamiento
          La campana furiosa que tañe en mi frente
          La campana de sangre en mi pecho
          La imagen que ríe en lo alto de la torre
          La palabra que revienta las palabras
          La imagen que incendia todos los puentes
          La desaparecida en mitad del abrazo
          La vagabunda que asesina a los niños
          La idiota la mentirosa la incestuosa
          La corza perseguida
          La mendiga profética
          La muchacha que en mitad de la vida
          Me despierta y me dice acuérdate.

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        Dónde sin quién

          No hay
          Ni un alma entre los árboles.
          Y yo
          No sé adónde me he ido.

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        Dos cuerpos

          Dos cuerpos frente a frente
          Son a veces dos olas
          Y la noche es océano.

          Dos cuerpos frente a frente
          Son a veces dos piedras
          Y la noche desierto.

          Dos cuerpos frente a frente
          Son a veces raíces
          En la noche enlazadas.

          Dos cuerpos frente a frente
          Son a veces navajas
          Y la noche relámpago.

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        Ejercicio preparatorio

          La premeditación de la mort est premeditación de la liberté. Qui a apris à mourir, il a desapris à desapris á servir.
          Michel de Montaigne

          La hora se vacía.
          Me cansa el libro y lo cierro.
          Miro, sin mirar, por la ventana.
          Me espían mis pensamientos.
          Pienso que no pienso.
          Alguien, al otro lado, abre una puerta.
          Tal vez, tras esa puerta,
          No hay otro lado.
          Pasos en el pasillo.
          Pasos de nadie: es sólo el aire
          Buscando su camino.
          Nunca sabemos
          Si entramos o salimos.
          Yo, sin moverme,
          También busco —no mi camino:
          El rastro de los pasos
          Que por años diezmados me han traído
          A este instante sin nombre, sin cara.
          Sin cara, sin nombre.
          Hora deshabitada.
          La mesa, el libro, la ventana:
          Cada cosa es irrefutable.
          Sí,
          La realidad es real.
          Y flota
          —Enorme, sólida, palpable—
          Sobre este instante hueco.
          La realidad
          Está al borde del hoyo siempre.
          Pienso que no pienso.
          Me confundo
          Con el aire que anda en el pasillo.
          El aire sin cara, sin nombre.

          Sin nombre, sin cara,
          Sin decir: he llegado,
          Llega.
          Interminablemente está llegando,
          Inminencia que se desvanece
          En un aquí mismo
          Más allá siempre.
          Un siempre nunca.
          Presencia sin sombra,
          Disipación de las presencias,
          Señora de las reticencias
          Que dice todo cuando dice nada,
          Señora sin nombre, sin cara.

          Sin cara, sin nombre:
          Miro
          —Sin mirar;
          Pienso
          —Y me despueblo.
          Es obsceno,
          Dije en una hora como ésta,
          Morir en su cama.
          Me arrepiento:
          No quiero muerte de fuera,
          Quiero morir sabiendo que muero.
          Este siglo está poseído.
          En su frente, signo y clavo,
          Arde una idea fija:
          Todos los días nos sirve
          El mismo plato de sangre.
          En una esquina cualquiera
          —Justo, onmisciente y armado—
          Aguarda el dogmático sin cara, sin nombre.

          Sin nombre, sin cara:
          La muerte que yo quiero
          Lleva mi nombre,
          Tiene mi cara.

          Es mi espejo y es mi sombra,
          La voz sin sonido que dice mi nombre,
          La oreja que escucha cuando callo,
          La pared impalpable que me cierra el paso,
          El piso que de pronto se abre.
          Es mi creación y soy su criatura.
          Poco a poco, sin saber lo que hago,
          La esculpo, escultura de aire.
          Pero no la toco, pero no me habla.
          Todavía no aprendo a ver,
          En la cara del muerto, mi cara.

          Rememoración (Segundo tablero)

          Querría hacerla de tal modo que diese a entender que no había sido mi vida tan mala que dejase nombre de loco; puesto que lo he sido, que querría confirmar esta verdad con mi muerte.
          Miguel de Cervantes

          Con la cabeza lo sabía,
          No con saber de sangre:
          Es un acorde ser y otro acorde no ser.
          La misma vibración, el mismo instante
          Ya sin nombre, sin cara.
          El tiempo,
          Que se come las caras y los nombres,
          A sí mismo se come.
          El tiempo es una máscara sin cara.

          No me enseñó a morir el Buda.
          Nos dijo que las caras se disipan
          Y sonido vacío son los nombres.
          Pero al morir tenemos una cara,
          Morimos con un nombre.
          En la frontera cenicienta
          ¿Quién abrirá mis ojos?
          Vuelvo a mis escrituras,
          Al libro del hidalgo mal leído
          En una adolescencia soleada,
          Con brutales violencias compartida:
          El llano acuchillado,
          Las peleas del viento con el polvo,
          El pirú, surtidor verde de sombra,
          El testuz obstinado de la sierra
          Contra la nube encinta de quimeras,
          La rigurosa luz que parte y distribuye
          El cuerpo vivo del espacio:
          Geometría y sacrificio.

          Yo me abismaba en mi lectura
          Rodeado de prodigios y desastres:
          Al sur los dos volcanes
          Hechos de tiempo, nieve y lejanía;
          Sobre las páginas de piedra
          Los caracteres bárbaros del fuego;
          Las terrazas del vértigo;
          Los cerros casi azules apenas dibujados
          Con manos impalpables por el aire;
          El mediodía imaginero
          Que todo lo que toca hace escultura
          Y las distancias donde el ojo aprende
          Los oficios de pájaro y arquitecto-poeta.

          Altiplano, terraza del zodíaco,
          Circo del sol y sus planetas,
          Espejo de la luna,
          Alta marea vuelta piedra,
          Inmensidad escalonada
          Que sube apenas luz la madrugada
          Y desciende la grave anochecida,
          Jardín de lava, casa de los ecos,
          Tambor del trueno, caracol del viento,
          Teatro de la lluvia,
          Hangar de nubes, palomar de estrellas.

          Giran las estaciones y los días,
          Giran los cielos, rápidos o lentos,
          Las fábulas errantes de las nubes,
          Campos de juego y campos de batalla
          De inestables naciones de reflejos,
          Reinos de viento que disipa el viento:
          En los días serenos el espacio palpita,
          Los sonidos son cuerpos transparentes,
          Los ecos son visibles, se oyen los silencios.
          Manantial de presencias,
          El día fluye desvanecido en sus ficciones.

          En los llanos el polvo está dormido.
          Huesos de siglos por el sol molidos,
          Tiempo hecho sed y luz, polvo fantasma
          Que se levanta de su lecho pétreo
          En pardas y rojizas espirales,
          Polvo danzante enmascarado
          Bajo los domos diáfanos del cielo.
          Eternidades de un instante,
          Eternidades suficientes,
          Vastas pausas sin tiempo:
          Cada hora es palpable,
          Las formas piensan, la quietud es danza.

          Páginas más vividas que leídas
          En las tardes fluviales:
          El horizonte fijo y cambiante;
          El temporal que se despeña, cárdeno,
          Desde el Ajusco por los llanos
          Con un ruido de piedras y pezuñas
          Resuelto en un pacífico oleaje;
          Los pies descalzos de la lluvia
          Sobre aquel patio de ladrillos rojos;
          La buganvilla en el jardín decrépito,
          Morada vehemencia…
          Mis sentidos en guerra con el mundo:
          Fue frágil armisticio la lectura.

          Inventa la memoria otro presente.
          Así me inventa.
          Se confunde
          El hoy con lo vivido.
          Con los ojos cerrados leo el libro:
          Al regresar del desvarío
          El hidalgo a su nombre regresa y se contempla
          En el agua estancada de un instante sin tiempo.
          Despunta, sol dudoso,
          Entre la niebla del espejo, un rostro.
          Es la cara del muerto.
          En tales trances,
          Dice, no ha de burlar al alma el hombre.
          Y se mira a la cara:
          Deshielo de reflejos.

          Deprecación (Tablilla)

          Debemur morti nos nostraque.
          Horacio

          No he sido Don Quijote,
          No deshice ningún entuerto
          (Aunque a veces
          Me han apedreado los galeotes)
          Pero quiero,
          Como él, morir con los ojos abiertos.
          Morir
          Sabiendo que morir es regresar
          Adonde no sabemos,
          Adonde,
          Sin esperanza, lo esperamos.
          Morir
          Reconciliado con los tres tiempos
          Y las cinco direcciones,
          El alma
          —O lo que así llamamos—
          Vuelta una transparencia.
          Pido
          No la iluminación:
          Abrir los ojos,
          Mirar, tocar al mundo
          Con mirada de sol que se retira;
          Pido ser la quietud del vértigo,
          La conciencia del tiempo
          Apenas lo que dura un parpadeo
          Del ánima sitiada;
          Pido
          Frente a la tos, el vómito, la mueca,
          Ser día despejado,
          Luz mojada
          Sobre tierra recién llovida
          Y que tu voz, mujer, sobre mi frente sea
          El manso soliloquio de algún río;
          Pido ser breve centelleo,
          Repentina fijeza de un reflejo
          Sobre el oleaje de esa hora:
          Memoria y olvido,
          Al fin,
          Una misma claridad instantánea.

        Arriba

        El cántaro roto

          La mirada interior se despliega y un mundo de vértigo y llama nace bajo la frente del que sueña:
          Soles azules, verdes remolinos, picos de luz que abren astros como granadas,
          Tornasol solitario, ojo de oro girando en el centro de una explanada calcinada,
          Bosques de cristal de sonido, bosques de ecos y respuestas y ondas, diálogo de transparencias,
          ¡Viento, galope de agua entre los muros interminables de una garganta de azabache,
          Caballo, cometa, cohete que se clava justo en el corazón de la noche, plumas, surtidores,
          Plumas, súbito florecer de las antorchas, velas, alas, invasión de lo blanco,
          Pájaros de las islas cantando bajo la frente del que sueña!

          Abrí los ojos, los alcé hasta el cielo y vi cómo la noche se cubría de estrellas.
          ¡Islas vivas, brazaletes de islas llameantes, piedras ardiendo, respirando, racimos de piedras vivas,
          Cuánta fuente, qué claridades, qué cabelleras sobre una espalda oscura,
          Cuánto río allá arriba, y ese sonar remoto de agua junto al fuego, de luz contra la sombra!
          Harpas, jardines de harpas.

          Pero a mi lado no había nadie.
          Sólo el llano: cactus, huizaches, piedras enormes que estallan bajo el sol.
          No cantaba el grillo,
          Había un vago olor a cal y semillas quemadas,
          Las calles del poblado eran arroyos secos
          Y el aire se habría roto en mil pedazos si alguien hubiese gritado: ¿quién vive?
          Cerros pelados, volcán frío, piedra y jadeo bajo tanto esplendor, sequía, sabor de polvo,
          Rumor de pies descalzos sobre el polvo, ¡y el pirú en medio del llano como un surtidor petrificado!

          Dime, sequía, dime, tierra quemada, tierra de huesos remolidos, dime, luna agónica,
          ¿No hay agua, hay sólo sangre, sólo hay polvo, sólo pisadas de pies desnudos sobre la espina,
          Sólo andrajos y comida de insectos y sopor bajo el mediodía impío como un cacique de oro?
          ¿No hay relinchos de caballos a la orilla del río, entre las grandes piedras redondas y relucientes,
          En el remanso, bajo la luz verde de las hojas y los gritos de los hombres y las mujeres bahándose al alba?
          El dios-maíz, el dios-flor, el dios-agua, el dios-sangre, la Virgen,
          ¿Todos se han muerto, se han ido, cántaros rotos al borde de la fuente cegada?
          ¿Sólo está vivo el sapo,
          Sólo reluce y brilla en la noche de México el sapo verduzco,
          Sólo el cacique gordo de Cempoala es inmortal?

          Tendido al pie del divino árbol de jade regado con sangre, mientras dos esclavos jóvenes lo abanican,
          En los días de las grandes procesiones al frente del pueblo, apoyado en la cruz: arma y bastón,
          En traje de batalla, el esculpido rostro de silex aspirando como un incienso precioso el humo de los fusilamientos,
          Los fines de semana en su casa blindada junto al mar, al lado de su querida Cubierta de joyas de gas neón,
          ¿Sólo el sapo es inmortal?

          He aquí a la rabia verde y fría y a su cola de navajas y vidrio cortado,
          He aquí al perro y a su aullido sarnoso,
          Al maguey taciturno, al nopal y al candelabro erizados, he aquí a la flor que sangra y hace sangrar,
          La flor de inexorable y tajante geometría como un delicado instrumento de tortura,
          He aquí a la noche de dientes largos y mirada filosa, la noche que desuella con un pedernal invisible,
          Oye a los dientes chocar uno contra otro,
          Oye a los huesos machacando a los huesos,
          Al tambor de piel humana golpeado por el fémur,
          Al tambor del pecho golpeado por el talón rabioso,
          Al tam-tam de los tímpanos golpeados por el sol delirante,
          He aquí al polvo que se levanta como un rey amarillo y todo lo descuaja y danza solitario y se derrumba
          Como un árbol al que de pronto se le han secado las raíces, como una torre que cae de un solo tajo,
          He aquí al hombre que cae y se levanta y come polvo y se arrastra,
          Al insecto humano que perfora la piedra y perfora los siglos y carcome la luz,
          He aquí a la piedra rota, al hombre roto, a la luz rota.

          ¿Abrir los ojos o cerrarlos, todo es igual?
          Castillos interiores que incendia el pensamiento porque otro más puro se levante, sólo fulgor y llama,
          Semilla de la imagen que crece hasta ser árbol y hace estallar el cráneo,
          Palabra que busca unos labios que la digan,
          Sobre la antigua fuente humana cayeron grandes piedras,
          Hay siglos de piedras, años de losas, minutos espesores sobre la fuente humana.

          Dime, sequía, piedra pulida por el tiempo sin dientes, por el hambre sin dientes,
          Polvo molido por dientes que son siglos, por siglos que son hambres,
          Dime, cántaro roto caído en el polvo, dime,
          ¿La luz nace frotando hueso contra hueso, hombre contra hombre, hambre contra hambre,
          Hasta que surja al fin la chispa, el grito, la palabra,
          Hasta que brote al fin el agua y crezca el árbol de anchas hojas de turquesa?

          Hay que dormir con los ojos abiertos, hay que soñar con las manos,
          Soñemos sueños activos de río buscando su cauce, sueños de sol soñando sus mundos,
          Hay que soñar en voz alta, hay que cantar hasta que el canto eche raíces, tronco, ramas, pájaros, astros,
          Cantar hasta que el sueño engendre y brote del costado del dormido la espiga roja de la resurrección,
          El agua de la mujer, el manantial para beber y mirarse y reconocerse y recobrarse,
          El manantial para saberse hombre, el agua que habla a solas en la noche y nos llama con nuestro nombre,
          El manantial de las palabras para decir yo, tú, él, nosotros, bajo el gran árbol viviente estatua de la lluvia,
          Para decir los pronombres hermosos y reconocernos y ser fieles a nuestros nombres
          Hay que soñar hacia atrás, hacia la fuente, hay que remar siglos arriba,
          Más allá de la infancia, más allá del comienzo, más allá de las aguas del bautismo,
          Echar abajo las paredes entre el hombre y el hombre, juntar de nuevo lo que fue separado,
          Vida y muerte no son mundos contrarios, somos un solo tallo con dos flores gemelas,
          Hay que desenterrar la palabra perdida, soñar hacia dentro y también hacia afuera,
          Descifrar el tatuaje de la noche y mirar cara a cara al mediodía y arrancarle su máscara,
          Bañarse en luz solar y comer los frutos nocturnos, deletrear la escritura del astro y la del río,
          Recordar lo que dicen la sangre y la marea, la tierra y el cuerpo, volver al punto de partida,
          Ni adentro ni afuera, ni arriba ni abajo, al cruce de caminos, adonde empiezan los caminos,
          Porque la luz canta con un rumor de agua, con un rumor de follaje canta el agua
          Y el alba está cargada de frutos, el día y la noche reconciliados fluyen como un río manso,
          El día y la noche se acarician largamente como un hombre y una mujer enamorados,
          Como un solo río interminable bajo arcos de siglos fluyen las estaciones y los hombres,
          Hacia allá, al centro vivo del origen, más allá de fin y comienzo.

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        El desconocido

          Homenaje a Xavier Villaurrutia.

          La noche nace en espejos de luto.
          Sombríos ramos húmedos
          Ciñen su pecho y su cintura,
          Su cuerpo azul, infinito y tangible.
          No la puebla el silencio: rumores silenciosos,
          Peces fantasmas, se deslizan, fosforecen, huyen.
          La noche es verde, vasta y silenciosa.
          La noche es morada y azul.
          Es de fuego y es de agua.
          La noche es de mármol negro y de humo.
          En sus hombros nace un río que se curva,
          Una silenciosa cascada de plumas negras.

          La noche es un beso infinito de las tinieblas infinitas.
          Todo se funde en ese beso,
          Todo arde en esos labios sin límites,
          Y el nombre y la memoria
          Son un poco de ceniza y olvido
          En esa entraña que sueña.

          Noche, dulce fiera,
          Boca de sueño, ojos de llama fija y ávida,
          Océano,
          Extensión infinita y limitada como un cuerpo acariciado a oscuras,
          Indefensa y voraz como el amor,
          Detenida al borde del alba como un venado a la orilla del susurro o del miedo,
          Río de terciopelo y ceguera,
          Respiración dormida de un corazón inmenso, que perdona:
          El desdichado, el hueco,
          El que lleva por máscara su rostro,
          Cruza tus soledades, a solas con su alma.

          Tu silencio lo llama,
          Rozan su piel tus alas negras,
          Donde late el olvido sin fronteras,
          Mas él cierra los poros de su alma
          Al infinito que lo tienta,
          Ensimismado en su árida pelea.

          Nadie lo sigue, nadie lo acompaña.
          En su boca elocuente la mentira se anida,
          Su corazón está poblado de fantasmas
          Y el vacío hace desiertos los latidos de su pecho.
          Dos perros amarillos, hastío y avidez, disputan en su alma.
          Su pensamiento recorre siempre las mismas salas deshabitadas,
          Sin encontrar jamás la forma que agote su impaciencia,
          El muro del perdón o de la muerte.
          Pero su corazón aún abre las alas
          Como un águila roja en el desierto.

          Suenan las flautas de la noche.
          El mundo duerme y canta.
          Canta dormido el mar;
          Ojo que tiembla absorto,
          El cielo es un espejo donde el mundo se contempla,
          Lecho de transparencia para su desnudez.

          Él marcha solo, infatigable,
          Encarcelado en su infinito,
          Como un solitario pensamiento,
          Como un fantasma que buscara un cuerpo.

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        El mismo tiempo

          No es el viento
          No son los pasos sonámbulos del agua
          Entre las casas petrificadas y los árboles
          A lo largo de la noche rojiza
          No es el mar subiendo las escaleras
          Todo está quieto
          Reposa el mundo natural
          Es la ciudad en torno de su sombra
          Buscando siempre buscándose
          Perdida en su propia inmensidad
          Sin alcanzarse nunca
          Ni poder salir de sí misma
          Cierro los ojos y veo pasar los autos
          Se encienden y apagan y encienden
          Se apagan
          No sé adónde van
          Todos vamos a morir
          ¿Sabemos algo más?

          En una banca un viejo habla solo
          ¿Con quién hablamos al hablar a solas?
          Olvidó su pasado
          No tocará el futuro
          No sabe quién es
          Está vivo en mitad de la noche
          Habla para oírse
          Junto a la verja se abraza una pareja
          Ella ríe y pregunta algo
          Su pregunta sube y se abre en lo alto
          A esta hora el cielo no tiene una sola arruga
          Caen tres hojas de un árbol
          Alguien silba en la esquina
          En la casa de enfrente se enciende una ventana
          ¡Qué extraño es saberse vivo!
          Caminar entre la gente
          Con el secreto a voces de estar vivo

          Madrugadas sin nadie en el Zócalo
          Sólo nuestro delirio
          Y los tranvías
          Tacuba Tacubaya Xochimilco San Ángel Coyoacán
          En la plaza más grande que la noche
          Encendidos
          Listos para llevarnos
          En la vastedad de la hora
          Al fin del mundo
          Rayas negras
          Las pértigas enhiestas de los troles
          Contra el cielo de piedra
          Y su moña de chispas su lengüeta de fuego
          Brasa que perfora la noche
          Pájaro
          Volando silbando volando
          Entre la sombra enmarañada de los fresnos
          Desde San Pedro hasta Mixcoac en doble fila
          Bóveda verdinegra
          Masa de húmedo silencio
          Sobre nuestras cabezas en llamas
          Mientras hablábamos a gritos
          En los tranvías rezagados
          Atravesando los suburbios
          Con un fragor de torres desgajadas

          Si estoy vivo camino todavía
          Por esas mismas calles empedradas
          Charcos lodos de junio a septiembre
          Zaguanes tapias altas huertas dormidas
          En vela sólo
          Blanco morado blanco
          El olor de las flores
          Impalpables racimos
          En la tiniebla
          Un farol casi vivo
          Contra la pared yerta
          Un perro ladra
          Preguntas a la noche
          No es nadie
          El viento ha entrado en la arboleda
          Nubes nubes gestación y ruina y más nubes
          Templos caídos nuevas dinastías
          Escollos y desastres en el cielo
          Mar de arriba
          Nubes del altiplano ¿dónde está el otro mar?

          Maestras de los ojos
          Nubes
          Arquitectos de silencio
          Y de pronto sin más porque sí
          Llegaba la palabra
          Alabastro
          Esbelta transparencia no llamada
          Dijiste
          Haré música con ella
          Castillos de sílabas
          No hiciste nada
          Alabastro
          Sin flor ni aroma
          Tallo sin sangre ni savia
          Blancura cortada
          Garganta sólo garganta
          Canto sin pies ni cabeza
          Hoy estoy vivo y sin nostalgia
          La noche fluye
          La ciudad fluye
          Yo escribo sobre la página que fluye
          Transcurro con las palabras que transcurren
          Conmigo no empezó el mundo
          No ha de acabar conmigo
          Soy
          Un latido en el río de latidos
          Hace veinte años me dijo Vasconcelos
          "Dedíquese a la filosolía
          Vida no da
          Defiende de la muerte"
          Y Ortega y Gasset
          En un bar sobre el Ródano
          "Aprenda el alemán
          Y póngase a pensar
          Olvide lo demás".

          Yo no escribo para matar al tiempo
          Ni para revivirlo
          Escribo para que me viva y reviva
          Hoy en la tarde desde un puente
          Vi al sol entrar en las aguas del río
          Todo estaba en llamas
          Ardían las estatuas las casas los pórticos
          En los jardines racimos femeninos
          Lingotes de luz líquida
          Frescura de vasijas solares
          Un follaje de chispas la alameda
          El agua horizontal inmóvil
          Bajo los cielos y los mundos incendiados
          Cada gota de agua
          Un ojo fijo
          El peso de la enorme hermosura
          Sobre cada pupila abierta
          Realidad suspendida
          En el tallo del tiempo
          La belleza no pesa
          Reflejo sosegado
          Tiempo y belleza son lo mismo
          Luz y agua.

          Mirada que sostiene a la hermosura
          Tiempo que se embelesa en la mirada
          Mundo sin peso
          Si el hombre pesa
          ¿No basta la hermosura?
          No sé nada
          Sé lo que sobra
          No lo que basta
          La ignorancia es ardua como la belleza
          Un día sabré menos y abriré los ojos
          Tal vez no pasa el tiempo
          Pasan imágenes de tiempo
          Si no vuelven las horas vuelven las presencias
          En esta vida hay otra vida
          La higuera aquella volverá esta noche
          Esta noche regresan otras noches.

          Mientras escribo oigo pasar el río
          No éste
          Aquel que es éste
          Vaivén de momentos y visiones
          El mirlo está sobre la piedra gris
          En un claro de marzo
          Negro
          Centro de claridades
          No lo maravilloso presentido
          Lo presente sentido
          La presencia sin más
          Nada más pleno colmado
          No es la memoria
          Nada pensado ni querido
          No son las mismas horas
          Otras
          Son otras siempre y son la misma
          Entran y nos expulsan de nosotros
          Con nuestros ojos ven lo que no ven los ojos
          Dentro del tiempo hay otro tiempo
          Quieto
          Sin horas ni peso ni sombra
          Sin pasado o futuro
          Sólo vivo
          Como el viejo del banco
          Unimismado idéntico perpetuo
          Nunca lo vemos
          Es la transparencia.

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        El pájaro

          En el silencio transparente
          El día reposaba:
          La transparencia del espacio
          Era la transparencia del silencio.
          La inmóvil luz del cielo sosegaba
          El crecimiento de las yerbas.
          Los bichos de la tierra, entre las piedras,
          Bajo la luz idéntica, eran piedras.
          El tiempo en el minuto se saciaba.
          En la quietud absorta
          Se consumaba el mediodía.

          Y un pájaro cantó, delgada flecha.
          Pecho de plata herido vibró el cielo,
          Se movieron las hojas,
          Las yerbas despertaron...
          Y sentí que la muerte era una flecha
          Que no se sabe quién dispara
          Y en un abrir los ojos nos morimos.

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        El sediento

          Por buscarme, poesía, en ti me busqué:
          Deshecha estrella de agua,
          Se anegó en mi ser.
          Por buscarte, poesía,
          En mí naufragué.

          Después sólo te buscaba
          Por huir de mí:
          ¡Espesura de reflejos
          En que me perdí!

          Mas luego de tanta vuelta
          Otra vez me vi:
          El mismo rostro anegado
          En la misma desnudez;
          Las mismas aguas de espejo
          En las que no he de beber;
          Y en el borde del espejo,
          El mismo muerto de sed.

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        Elegía interrumpida

          Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
          Al primer muerto nunca lo olvidamos,
          Aunque muera de rayo, tan aprisa
          Que no alcance la cama ni los óleos.
          Oigo el bastón que duda en un peldaño,
          El cuerpo que se afianza en un suspiro,
          La puerta que se abre, el muerto que entra.
          De una puerta a morir hay poco espacio
          Y apenas queda tiempo de sentarse,
          Alzar la cara, ver la hora
          Y enterarse: las ocho y cuarto.

          Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
          La que murió noche tras noche
          Y era una larga despedida,
          Un tren que nunca parte, su agonía.
          Codicia de la boca
          Al hilo de un suspiro suspendida,
          Ojos que no se cierran y hacen señas
          Y vagan de la lámpara a mis ojos,
          Fija mirada que se abraza a otra,
          Ajena, que se asfixia en el abrazo
          Y al fin se escapa y ve desde la orilla
          Cómo se hunde y pierde cuerpo el alma
          Y no encuentra unos ojos a que asirse
          ¿Y me invitó a morir esa mirada?
          Quizá morimos sólo porque nadie
          Quiere morirse con nosotros, nadie
          Quiere mirarnos a los ojos.

          Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
          Al que se fue por unas horas
          Y nadie sabe en qué silencio entró.
          De sobremesa, cada noche,
          La pausa sin color que da al vacío
          O la frase sin fin que cuelga a medias
          Del hilo de la araña del silencio
          Abren un corredor para el que vuelve:
          Suenan sus pasos, sube, se detiene
          Y alguien entre nosotros se levanta
          Y cierra bien la puerta.
          Pero él, allá del otro lado, insiste.
          Acecha en cada hueco, en los repliegues,
          Vaga entre los bostezos, las afueras.
          Aunque cerremos puertas, él insiste.

          Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
          Rostros perdidos en mi frente, rostros
          Sin ojos, ojos fijos, vaciados,
          ¿Busco en ellos acaso mi secreto,
          El dios de sangre que mi sangre mueve,
          El dios de hielo, el dios que me devora?
          Su silencio es espejo de mi vida,
          En mi vida su muerte se prolonga:
          Soy el error final de sus errores.

          Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
          El pensamiento disipado, el acto
          Disipado, los nombres esparcidos
          (Lagunas, zonas nulas, hoyos
          Que escarba terca la memoria),
          La dispersión de los encuentros,
          El yo, su guiño abstracto, compartido
          Siempre por otro (el mismo) yo, las iras,
          El deseo y sus máscaras, la víbora
          Enterrada, las lentas erosiones,
          La espera, el miedo, el acto
          Y su reverso: en mí se obstinan,
          Piden comer el pan, la fruta, el cuerpo,
          Beber el agua que les fue negada.

          Pero no hay agua ya, todo está seco,
          No sabe el pan, la fruta amarga,
          Amor domesticado, masticado,
          En jaulas de barrotes invisibles
          Mono onanista y perra amaestrada,
          Lo que devoras te devora,
          Tu víctima también es tu verdugo.
          Montón de días muertos, arrugados
          Periódicos, y noches descorchadas
          Y en el amanecer de párpados hinchados
          El gesto con que deshacemos
          El nudo corredizo, la corbata,
          Y ya apagan las luces en la calle
          ¡Saluda al sol, araña, no seas rencorosa!
          Y más muertos que vivos entramos en la cama.

          Es un desierto circular el mundo,
          El cielo está cerrado y el infierno vacío.

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        Elogio

          Como el día que madura de hora en hora hasta no ser sino un instante inmenso,
          Gran vasija de tiempo que zumba como una colmena, gran mazorca compacta de horas vivas,
          Gran vasija de luz hasta los bordes henchida de su propia y poderosa sustancia,
          Fruto violento y resonante que se mece entre la tierra y el cielo, suspendido como el trueno,
          Entre la tierra y el cielo abriéndose como una flor gigantesca de pétalos invisibles,
          Como el surtidor que al abrirse se derrumba en un blanco clamor de pájaros heridos,
          Como la ola que avanza y se hincha y se despliega en una ancha sonrisa,
          Como el perfume que asciende en una columna y se esparce en círculos,
          Como una campana que tañe en el fondo de un lago,
          Como el día y el fruto y la ola, como el tiempo que madura un año para dar un instante de belleza y colmarse a sí mismo con esa dicha instantánea,
          La vi una tarde y una mañana y un mediodía y otra tarde y otra y otra
          (Porque lo inesperado se repite y los milagros son cotidianos y están a nuestro alcance
          Como el sol y la espiga y la ola y el fruto: basta abrir bien los ojos) y desde entonces creo en los árboles
          Y a veces, bajo su sombra, he comido sin miedo los frutos de una amistad parecida a las manzanas
          Y he conversado con ella y con su marido y su cuñado como hablan entre sí el agua y las hojas y las raíces.

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        En uxmal

          1. La piedra de los días

          El sol es tiempo;
          El tiempo, sol de piedra;
          La piedra, sangre.

          2. Mediodía

          La luz no parpadea,
          El tiempo se vacía de minutos,
          Se ha detenido un pájaro en el aire.

          3. Más tarde

          Se despeña la luz,
          Despiertan las columnas
          Y, sin moverse, bailan.

          4. Pleno sol

          La hora es transparente:
          Vemos, si es invisible el pájaro,
          El color de su canto.

          5. Relieves

          La lluvia, pie danzante y largo pelo,
          El tobillo mordido por el rayo,
          Desciende acompañada de tambores:
          Abre los ojos el maíz, y crece.

          6. Serpiente labrada sobre un muro

          El muro al sol respira, vibra, ondula,
          Trozo de cielo vivo y tatuado:
          El hombre bebe sol, es agua, es tierra.
          Y sobre tanta vida la serpiente
          Que lleva una cabeza entre las fauces:
          Los dioses beben sangre, comen hombres.

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        Entre irse y quedarse

          Entre irse y quedarse duda el día,
          Enamorado de su transparencia.

          La tarde circular es ya bahía:
          En su quieto vaivén se mece el mundo.

          Todo es visible y todo es elusivo,
          Todo está cerca y todo es intocable.

          Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz
          Reposan a la sombra de sus nombres.

          Latir del tiempo que en mi sien repite
          La misma terca sílaba de sangre.

          La luz hace del muro indiferente
          Un espectral teatro de reflejos.

          En el centro de un ojo me descubro;
          No me mira, me miro en su mirada.

          Se disipa el instante. Sin moverme,
          Yo me quedo y me voy: soy una pausa.

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        Entre la piedra y la flor

          I

          En el alba de callados venenos
          Amanecemos serpientes.

          Amanecemos piedras,
          Raíces obstinadas,
          Sed descarnada, labios minerales.

          La luz en estas horas es acero,
          Es el desierto labio del desprecio.
          Si yo toco mi cuerpo soy herido
          Por rencorosas púas.
          Fiebre y jadeo de lentas horas áridas,
          Miserables raíces atadas a las piedras.

          Bajo esta luz de llanto congelado
          El henequén, inmóvil y rabioso,
          En sus índices verdes
          Hace visible lo que nos remueve,
          El callado furor que nos devora.

          En su cólera quieta,
          En su tenaz verdor ensimismado,
          La muerte en que crecemos se hace espada
          Y lo que crece y vive y muere
          Se hace lenta venganza de lo inmóvil.

          Cuando la luz extiende su dominio
          E inundan blancas olas a la tierra,
          Blancas olas temblantes que nos ciegan,
          Y el puño del calor nos niega labios,
          Un fuego verde cerca al henequén,
          Muralla viva que devora y quema
          Al otro fuego que en el aire habita.
          Invisible cadena, mortal soplo
          Que aniquila la sed de que renace.

          Nada sino la luz. No hay nada, nada
          Sino la luz contra la luz rabiosa,
          Donde la luz se rompe, se desangra
          En oleaje estéril, sin espuma.

          El agua suena. Sueña.
          El agua intocable en tu tumba de piedra,
          Sin salida en su tumba de aire.
          El agua ahorcada,
          El agua subterránea,
          De húmeda lengua humilde, encarcelada.
          El agua secreta en su tumba de piedra
          Sueña invisible en su tumba de agua.

          A las seis de la tarde
          Alza la tierra un vaho blanquecino.
          Vuelan pájaros mudos, barro helado.
          Arrasen nubes crueles el cielo sin orillas.

          Pero en la noche el agua gime.
          Un cielo de metal
          Oprime pecho y venas
          Y tiembla en el ahogo el horizonte.
          El agua gime entre sus negros hierros.
          El hombre corre de la muerte al sueño.

          El henequén vigila cielo y tierra.
          Es la venganza de la tierra,
          La mano de los hombres contra el cielo.

          II

          ¿Qué tierra es ésta?,
          ¿Qué extraña violencia alimenta
          En su cáscara pétrea?
          ¿Qué fría obstinación,
          Años de fuego frío,
          Petrificada saliva persistente,
          Acumulando lentamente un jugo,
          Una fibra, una púa?

          Una región que existe
          Antes que sobre el mundo alzara el aire
          Su bandera de fuego y el agua sus cristales;
          Una región de piedra
          Nacida antes del nacimiento mismo de la muerte,
          Una región, un párpado de fiebre,
          Unos labios sin sueño
          Que recorre sin término la sed,
          Como el mar a las lajas en las costas desiertas.

          La tierra sólo da su flor funesta,
          Su espada vegetal.
          Su crecimiento rige
          La vida de los hombres.
          Por sus fibras crueles
          Corre una sed de arena
          Trepando desde sótanos ciegos,
          Duras capas de olvido donde el tiempo no existe.

          Furiosos años lentos, concentrados,
          Como no derramada, oculta lágrima,
          Brotando al fin sombríos
          En un verdor ensimismado,
          Rasgando el aire, pulpa, ahogo,
          Blanda carne invisible y asfixiada.
          Al cabo de veinticinco amargos años
          Alza una flor sola, roja y quieta.
          Una vara sexual la levanta
          Y queda entre los aires, isla inmóvil,
          Petrificada espuma silenciosa.

          Oh esplendor vengativo,
          Única llama de este infierno seco,
          ¿Tanta fiebre acallada,
          Surge en tu llama rígida, desnuda,
          Para cantar, sólo, tu muerte?

          III

          ¡Si yo pudiera,
          En esta orilla que la sed ilumina,
          Cantar al hombre que la habita y la puebla,
          Cantar al hombre que su sed aniquila!

          Al hombre húmedo y persistente como lluvia,
          Al hombre como un árbol hermoso y ultrajado
          Que arranca su nacimiento al llanto,
          Al hombre como un río entre las llamas,
          Como un pájaro semejante a un relámpago.
          Al hombre entre sus fines y sus frutos.

          Los frutos de la tierra son los fines del hombre.
          Mezcla su sal henchida con las sales terrestres
          Y esa sal es más tierna que la sal de los mares:
          Le dio Adán, con su sangre, su orgulloso castigo.

          ¡Si pudiera cantar
          Al hombre que vive bajo esta piel amarga!
          El nacimiento,
          El espanto nocturno,
          La vasta mano que puebla y despuebla la tierra.

          Entre el primer silencio y el postrero,
          Entre la piedra y la flor,
          Tú caminas. Te ciñe un pulso aéreo,
          Un silencio flotante,
          Como fuga de sangre, como humo,
          Como agua que olvida.

          Llamas petrificadas te sostienen.
          Caminas entre espadas,
          Casi invisible
          Bajo el temblor del cielo liso,
          Con un paso, un solo paso tierno,
          Un leve paso de animal que huye.

          Tú caminas. Tú duermes. Tú fornicas.
          Tú danzas, bebes, sueñas.
          Sueñas en otros labios que prolonguen tu sueño.

          Alguien te sueña, solo.
          Tu nombre, polvo, piedra,
          en el polvo sediento precipita su ruina.

          Mas no es el ritmo oscuro del planeta,
          El renacer de cada día,
          El remorir de cada noche,
          Lo que te mueve por la tierra.

          IV

          ¡Oh rueda del dinero,
          Que ni te palpa ni te roza
          Y te deshace cada día!

          Ángel de tierra y sueño,
          Agua remota que se ignora,
          Oh condenado,
          Oh inocente,
          Oh bestia pura entre las horas del dinero,
          Entre esas horas que no son nuestras nunca,
          Por esos pasadizos de tedio devorante
          Donde el tiempo se para y se desangra.

          ¡El mágico dinero!
          Invisible y vacío,
          Es la señal y el signo,
          La palabra y la sangre,
          El misterio y la cifra,
          La espada y el anillo.

          Es el agua y el polvo,
          La lluvia, el sol amargo,
          La nube que crea el mar solitario
          Y el fuego que consume los aires.
          Es la noche y el día:
          La eternidad sola y adusta
          Mordiéndose la cola.

          El hermoso dinero da el olvido,
          Abre las puertas de la música,
          Cierra las puertas al deseo.
          La muerte no es la muerte: es una sombra,
          Un sueño que el dinero no sueña.

          ¡El mágico dinero!
          Sobre los huesos se levanta,
          Sobre los huesos de los hombres se levanta.

          Pasas como una flor por este infierno estéril,
          Hecho sólo del tiempo encadenado,
          Carrera maquinal, rueda vacía
          Que nos exprime y deshabita,
          Y nos seca la sangre,
          Y el lugar de las lágrimas nos mata.

          Porque el dinero es infinito y crea desiertos infinitos.

          V

          Dame, llama invisible, espada fría,
          Tu persistente cólera,
          Para acabar con todo,
          Oh mundo seco,
          Oh mundo desangrado,
          Para acabar con todo.

          Arde, sombrío, arde sin llamas,
          Apagado y ardiente,
          Ceniza y piedra viva,
          Desierto sin orillas.

          Arde en el vasto cielo, laja y nube,
          Bajo la ciega luz que se desploma
          Entre estériles peñas.

          Arde en la soledad que nos deshace,
          Tierra de piedra ardiente,
          De raíces heladas y sedientas.

          Arde, furor oculto,
          Ceniza que enloquece,
          Arde invisible, arde
          Como el mar impotente engendra nubes,
          Olas como el rencor y espumas pétreas.
          Entre mis huesos delirantes, arde;
          Arde dentro del aire hueco,
          Horno invisible y puro;
          Arde como arde el tiempo,
          Como camina el tiempo entre la muerte,
          Con sus mismas pisadas y su aliento;
          Arde como la soledad que te devora,
          Arde en ti mismo, ardor sin llama,
          Soledad sin imagen, sed sin labios.
          Para acabar con todo,
          Oh mundo seco,
          Para acabar con todo.

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        Epitafio para un poeta

          Quiso cantar, cantar
          Para olvidar
          Su vida verdadera de mentiras
          Y recordar
          Su mentirosa vida de verdades.

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        Escrito con tinta verde

          La tinta verde crea jardines, selvas, prados,
          Follajes donde cantan las letras,
          Palabras que son árboles,
          Frases que son verdes constelaciones.

          Deja que mis palabras, oh blanca, desciendan y te cubran
          Como una lluvia de hojas a un campo de nieve,
          Como la yedra a la estatua,
          Como la tinta a esta página.

          Brazos, cintura, cuello, senos,
          La frente pura como el mar,
          La nuca de bosque en otoño,
          Los dientes que muerden una brizna de yerba.

          Tu cuerpo se constela de signos verdes
          Como el cuerpo del árbol de renuevos.
          No te importe tanta pequeña cicatriz luminosa:
          Mira al cielo y su verde tatuaje de estrellas.

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        Espejo

          Hay una noche,
          Un tiempo hueco, sin testigos,
          Una noche de uñas y silencio,
          Páramo sin orillas,
          Isla de hielo entre los días;
          Una noche sin nadie
          Sino su soledad multiplicada.

          Se regresa de unos labios
          Nocturnos, fluviales,
          Lentas orillas de coral y savia,
          De un deseo, erguido
          Como la flor bajo la lluvia, insomne
          Collar de fuego al cuello de la noche,
          O se regresa de uno mismo a uno mismo,
          Y entre espejos impávidos un rostro
          Me repite a mi rostro, un rostro
          Que enmascara a mi rostro.

          Frente a los juegos fatuos del espejo
          Mi ser es pira y es ceniza,
          Respira y es ceniza,
          Y ardo y me quemo y resplandezco y miento
          Un yo que empuña, muerto,
          Una daga de humo que le finge
          La evidencia de sangre de la herida,
          Y un yo, mi yo penúltimo,
          Que sólo pide olvido, sombra, nada,
          Final mentira que lo enciende y quema.

          De una máscara a otra
          Hay siempre un yo penúltimo que pide.
          Y me hundo en mí mismo y no me toco.

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        Escritura

          Yo dibujo estas letras
          Como el día dibuja sus imágenes
          Y sopla sobre ellas y no vuelve.

        Arriba

        Estrella interior

          La noche se abre
          Granada desgranada
          Hay estrellas arriba y abajo
          Unas son peces dormidos en el río
          Otras cantan en un extremo del cielo
          Altas fogatas en los repliegues del monte
          Resplandores partidos
          Hay estrellas falaces que engañan a los viajeros
          La Estrella Polar ardió pura y fría en las noches de mi infancia
          La Estrella del Nacimiento nos llama a la vida
          Es una invitación a renacer porque cada minuto podemos nacer a la nueva vida
          Pero todos preferimos la muerte
          Hay las estrellas del Hemisferio Austral que no conozco
          La Cruz del Sur que aquella muchacha argentina llevaba en su alhajero
          Nunca olvidaré la estrella verde en la noche de Yucatán
          Pero entre todas hay una
          Luz recogida Estrella como una almendra
          Grano de sal
          No brilla en los cuellos de moda
          Ni en el pecho del General
          Va y viene sin ruido por mis recuerdos
          Su ausencia es una forma sutil de estar presente
          Su presencia no pesa
          Su luz no hiere
          Va y viene sin ruido por mis pensamientos
          En el recodo de una conversación brilla como una mirada que no insiste
          Arde en la cima de un silencio imprevisto
          Aparece en un paseo solitario como un sabor olvidado
          Modera con una sonrisa la marea de la vida
          Silenciosa como la arena se extiende
          Como la yedra fantasma sobre una torre abandonada
          Pasan los días pasan los años y su presencia invisible me acompaña
          Pausa de luz entre un año y otro año
          Parpadeo
          Batir de dos alas en un cuarto olvidado
          Su luz como un aceite brilla esta noche en que estoy solo
          Ha de brillar también la última noche

          Aislada en su esplendor
          La mujer brilla como una alhaja
          Como un arma dormida y temible
          Reposa la mujer en la noche
          Como agua fresca con los ojos cerrados
          A la sombra del árbol
          Como una cascada detenida en mitad de su salto
          Como el río de rápida cintura helado de pronto
          Al pie de la gran roca sin facciones
          Al pie de la montaña
          Como el agua del estanque en verano reposa
          En su fondo se enlazan álamos y eucaliptos
          Astros o peces brillan entre sus piernas
          La sombra de los pájaros apenas oscurece su sexo
          Sus pechos son dos aldeas dormidas
          Como una piedra blanca reposa la mujer
          Como el agua lunar en un cráter extinto
          Nada se oye en la noche de musgo y arena
          Sólo el lento brotar de estas palabras
          A la orilla del agua a la orilla de un cuerpo
          Pausado manantial
          Oh transparente monumento
          Donde el instante brilla y se repite
          Y se abisma en sí mismo y nunca se consume

          Llorabas y reías
          Palabras locas peces vivaces frutos rápidos
          Abría la noche sus valles submarinos
          En lo más alto de la hora brillaba el lecho con luz fija
          En la más alta cresta de la noche brillabas
          Atada a tu blancura
          Como la ola antes que se derrame
          Como la dicha al extender las alas
          Reías y llorabas
          Encallamos en arenas sin nadie
          Muros inmensos como un No
          Puertas condenadas mundo sin rostro
          Todo cerrado impenetrable
          Todo daba la espalda
          Salían de sus cuevas los objetos horribles
          La mesa volvía a ser irremediable para siempre mesa
          Sillas las sillas
          Máscara el mundo máscara sin nadie atrás
          Árido lecho a la deriva
          La noche se alejaba sin volverse siquiera
          Llorabas y reías
          La cama era un mar pacífico
          Reverdecía el cuarto
          Nacían árboles nacía el agua
          Había ramos y sonrisas entre las sábanas
          Había anillos a la medida de la dicha
          Pájaros imprevistos entre tus pechos
          Plumas relampagueantes en tus ojos
          Como el oro dormido era tu cuerpo
          Como el oro y su réplica ardiente cuando la luz lo toca
          Como el cable eléctrico que al rozarlo fulmina
          Reías y llorabas
          Dejamos nuestros nombres a la orilla
          Dejamos nuestra forma
          Con los ojos cerrados cuerpo adentro
          Bajo los arcos dobles de tus labios
          No había luz no había sombra
          Cada vez más hacia el fondo
          En el negro velero embarcados.

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        Fábula

          Edades de fuego y de aire
          Mocedades de agua
          Del verde amarillo
          Del amarillo al rojo
          Del sueño a la vigilia
          Del deseo al acto
          Sólo había un paso que tú dabas sin esfuerzo
          Los insectos eran joyas animadas
          El calor reposaba al borde del estanque
          La lluvia era un sauce de pelo suelto
          En la palma de tu mano crecía un árbol
          Aquel árbol cantaba reía y profetizaba
          Sus vaticinios cubrían de alas el espacio
          Había milagros sencillos llamados pájaros
          Todo era de todos
          Todos eran todo
          Sólo había una palabra inmensa y sin revés
          Palabra como un sol
          Un día se rompió en fragmentos diminutos
          Son las palabras del lenguaje que hablamos
          Fragmentos que nunca se unirán
          Espejos rotos donde el mundo se mira destrozado

          Una mujer de movimientos de río
          De transparentes ademanes de agua
          Una muchacha de agua
          Donde leer lo que pasa y no regresa
          Un poco de agua donde los ojos beban
          Donde los labios de un solo sorbo beban
          El árbol la nube el relámpago
          Yo mismo y la muchacha.

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        Fábula de Joan Miró

          El azul estaba inmovilizado entre el rojo y el negro.
          El viento iba y venía por la página del llano,
          Encendía pequeñas fogatas, se revolcaba en la ceniza,
          Salía con la cara tiznada gritando por las esquinas,
          El viento iba y venía abriendo y cerrando puertas y ventanas,
          Iba y venía por los crepusculares corredores del cráneo,
          El viento con mala letra y las manos manchadas de tinta
          Escribía y borraba lo que había escrito sobre la pared del día.
          El sol no era sino el presentimiento del color amarillo,
          Una insinuación de plumas, el grito futuro del gallo.
          La nieve se había extraviado, el mar había perdido el habla,
          Era un rumor errante, unas vocales en busca de una palabra.

          El azul estaba inmovilizado, nadie lo miraba, nadie lo oía:
          El rojo era un ciego, el negro un sordomudo.
          El viento iba y venía preguntando, ¿por dónde anda Joan Miró?
          Estaba ahí desde el principio pero el viento no lo veía:
          Inmovilizado entre el azul y el rojo, el negro y el amarillo,
          Miró era una mirada transparente, una mirada de siete manos.
          Siete manos en forma de orjeas para oír a los siete colores,
          Siete manos en forma de pies para subir los siete escalones del arco iris,
          Siete manos en forma de raíces para estar en todas partes y a la vez en Barcelona.

          Miró era una mirada de siete manos.
          Con la primera mano golpeaba el tambor de la luna,
          Con la segunda sembraba pájaros en el jardín del viento,
          Con la tercera agitaba el cubilete de las constelaciones,
          Con la cuarta escribía la leyenda de los siglos de los caracoles,
          Con la quinta plantaba islas en el pecho del verde,
          Con la sexta hacía una mujer mezclando noche y agua, música y electricidad,
          Con la séptima borraba todo lo que había hecho y comenzaba de nuevo.

          El rojo abrió los ojos, el negro dijo algo incomprensible y el azul se levantó.
          Ninguno de los tres podía creer lo que veía:
          ¿Eran ocho gavilanes o eran ocho paraguas?
          Los ocho abrieron las alas, se echaron a volar y desaparecieron por un vidrio roto.

          Miró empezó a quemar sus telas.
          Ardían los leones y las arañas, las mujeres y las estrellas,
          El cielo se pobló de triángulos, esferas, discos, hexaedros en llamas,
          El fuego consumió enteramente a la granjera planetaria plantada en el centro del espacio,
          Del montón de cenizas brotaron mariposas, peces voladores, roncos fonógrafos,
          Pero entre los agujeros de los cuadros chamuscados
          Volvían el espacio azul y la raya de la golondrina, el follaje de nubes y el bastón florido:
          Era la primavera que insistía, insistía con ademanes verdes.
          Ante tanta obstinación luminosa Miró se rascó la cabeza con su quinta mano,
          Murmurando para sí mismo: "Trabajo como un jardinero".

          ¿Jardín de piedras o de barcas? ¿Jardín de poleas o de bailarinas?
          El azul, el negro y el rojo corrían por los prados,
          Las estrellas andaban desnudas pero las friolentas colinas se habían metido debajo de las sábanas,
          Había volcanes portátiles y fuegos de artificio a domicilio.
          Las dos señoritas que guardan la entrada a la puerta de las percepciones, Geometría y Perspectiva,
          Se habían ido a tomar el fresco del brazo de Miró, cantando Une étoile caresse le sein d’une négresse.

          El viento dio la vuelta a la página del llano, alzó la cara y dijo, ¿pero dónde anda Joan Miró?
          Estaba ahí desde el principio y el viento no lo veía:
          Miró era una mirada transparente por donde entraban y salían atareados abecedarios.

          No eran letras las que entraban y salían por los túneles del ojo:
          Eran cosas vivas que se juntaban y se dividían, se abrazaban y se mordían y se dispersaban,
          Corrían por toda la página en hileras animadas y multicolores, tenían cuernos y rabos,
          Unas estaban cubiertas de escamas, otras de plumas, otras andaban en cueros,
          Y las palabras que formaban eran palpables, audibles y comestibles pero impronunciables:
          No eran letras sino sensaciones, no eran sensaciones sino Transfiguraciones.

          ¿Y todo esto para qué? Para trazar una línea en la celda de un solitario,
          Para iluminar con un girasol la cabeza de luna del campesino,
          Para recibir a la noche que viene con personajes azules y pájaros de fiesta,
          Para saludar a la muerte con una salva de geranios,
          Para decirle buenos días al día que llega sin jamás preguntarle de dónde viene y adónde va,
          Para recordar que la cascada es una muchacha que baja las escaleras muerta de risa,
          Para ver al sol y a sus planetas meciéndose en el trapecio del horizontes,
          Para aprender a mirar y para que las cosas nos miren y entren y salgan por nuestras miradas,
          Abecedarios vivientes que echan raíces, suben, florecen, estallan, vuelan, se disipan, caen.

          Las miradas son semillas, mirar es sembrar, Miró trabaja como un jardinero
          Y con sus siete manos traza incansable —círculo y rabo, ¡oh! y ¡ah!—
          La gran exclamación con que todos los días comienza el mundo.

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        Felicidad en Herat

          A Carlos Pellicer.

          Vine aquí
          Como escribo estas líneas,
          Sin idea fija:
          Una mezquita azul y verde,
          Seis minaretes truncos,
          Dos o tres tumbas,
          Memorias de un poeta santo,
          Los nombres de Timur y su linaje.

          Encontré al viento de los cien días.
          Todas las noches las cubrió de arena,
          Acosó mi frente, me quemó los párpados.
          La madrugada:
          Dispersión de pájaros
          Y ese rumor de agua entre piedras
          Que son los pasos campesinos.
          (Pero el agua sabía a polvo.)
          Murmullos en el llano,
          Apariciones
          Desapariciones,
          Ocres torbellinos
          Insubstanciales como mis pensamientos.
          Vueltas y vueltas
          En un cuarto de hotel o en las colinas:
          La tierra un cementerio de camellos
          Y en mis cavilaciones siempre
          Los mismos rostros que se desmoronan.
          ¿El viento, el señor de las ruinas,
          Es mi único maestro?
          Erosiones:
          El menos crece más y más.

          En la tumba del santo,
          Hondo en el árbol seco,
          Clavé un clavo,
          No,
          Como los otros, contra el mal de ojo:
          Contra mí mismo.
          (Algo dije:
          Palabras que se lleva el viento).

          Una tarde pactaron las alturas.
          Sin cambiar de lugar
          Caminaron los chopos.
          Sol en los azulejos
          Súbitas primaveras.
          En el Jardín de las Señoras
          Subí a la cúpula turquesa.
          Minaretes tatuados de signos:
          La escritura cúbica, más allá de la letra,
          Se volvió transparente.
          No tuve la visión sin imágenes,
          No vi girar las formas hasta desvanecerse
          En claridad inmóvil,
          El ser ya sin substancia del sufí.
          No bebí plenitud en el vacío
          Ni vi las treinta y dos señales
          Del Bodisatva cuerpo de diamante.
          Vi un cielo azul y todos los azules,
          Del blanco al verde
          Todo el abanico de los álamos
          Y sobre el pino, más aire que pájaro,
          El mirlo blanquinegro.
          Vi al mundo reposar en sí mismo.
          Vi las apariencias.
          Y llame a esa media hora:
          Perfección de lo Finito.

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        Frente al mar

          1

          Llueve en el mar:
          Al mar lo que es del mar
          Y que se seque la heredad.

          2

          ¿La ola no tiene forma?
          En un instante se esculpe
          Y en otro se desmorona
          En la que emerge, redonda.
          Su movimiento es su forma.

          3

          Las olas se retiran
          —Ancas, espaldas, nucas—
          Pero vuelven las olas
          —Pechos, bocas, espumas—.

          4

          Muere de sed el mar.
          Se retuerce, sin nadie,
          En su lecho de rocas.
          Muere de sed de aire.

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        Golden lotuses

          Delgada y sinuosa
          Como la cuerda mágica.
          Rubia y rauda:
          Dardo y milano.
          Pero también inexorable rompehielos.
          Senos de niña, ojos de esmalte.
          Bailó en todas las terrazas y sótanos,
          Contempló un atardecer en San José, Costa Rica,
          Durmió en las rodillas de los Himalayas,
          Fatigó los bares y las sabanas de áfrica.
          A los veinte dejó a su marido
          Por una alemana;
          A los veintiuno dejó a la alemana
          Por un afgano;
          A los cuarenta y cinco
          Vive en Proserpina Court, int. 2, Bombay.
          Cada mes, en los días rituales,
          Llueven sapos y culebras en la casa,
          Los criados maldicen a la demonia
          Y su amante parsi apaga el fuego.
          Tempestad en seco.
          El buitre blanco
          Picotea su sombra.

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        Hablo de la ciudad

          A Eliot Weinberger.

          Novedad de hoy y ruina de pasado mañana, enterrada y resucitada cada día,
          Convivida en calles, plazas, autobuses, taxis, cines, teatros, bares, hoteles, Palomares, catacumbas,
          La ciudad enorme que cabe en un cuarto de tres metros cuadrados inacabable Como una galaxia,
          La ciudad que nos sueña a todos y que todos hacemos y deshacemos y Rehacemos mientras soñamos,
          La ciudad que todos soñamos y que cambia sin cesar mientras la soñamos,
          La ciudad que despierta cada cien años y se mira en el espejo de una palabra y No se reconoce y otra vez se echa a dormir,
          La ciudad que brota de los párpados de la mujer que duerme a mi lado y se convierte,
          Con sus monumentos y sus estatuas, sus historias y sus leyendas,
          En un manantial hecho de muchos ojos y cada ojo refleja el mismo paisaje detenido,
          Antes de las escuelas y las prisiones, los alfabetos y los números, el altar y la ley:
          El río que es cuatro ríos, el huerto, el árbol, la Varona y el Varón vestido de viento
          —Volver, volver, ser otra vez arcilla, bañarse en esa luz, dormir bajo esas luminarias,
          Flotar sobre las aguas del tiempo como la hoja llameante del arce que arrastra la corriente,
          Volver, ¿estamos dormidos o despiertos?, estamos, nada más estamos, amanece, es temprano,
          Estamos en la ciudad, no podemos salir de ella sin caer en otra, idéntica aunque sea distinta,
          Hablo de la ciudad inmensa, realidad diaria hecha de dos palabras: los otros,
          Y en cada uno de ellos hay un yo cercenado de un nosotros, un yo a la deriva,
          Hablo de la ciudad construida por los muertos, habitada por sus tercos Fantasmas, regida por su despótica memoria,
          La ciudad con la que hablo cuando no hablo con nadie y que ahora me dicta estas palabras insomnes,
          Hablo de las torres, los puentes, los subterráneos, los hangares, maravillas y desastres,
          El estado abstracto y sus policías concretos, sus pedagogos, sus carceleros, sus predicadores,
          Las tiendas en donde hay de todo y gastamos todo y todo se vuelve humo,
          Los mercados y sus pirámides de frutos, rotación de las cuatro estaciones, las Reses en canal colgando de los garfios, las colinas de especias y las torres de frascos y conservas,
          Todos los sabores y los colores, todos los olores y todas las materias, la marea de Las voces —agua, metal, madera, barro—, el trajín, el regateo y el trapicheo desde el comienzo de los días,
          Hablo de los edificios de cantería y de mármol, de cemento, vidrio, hierro, del Gentío en los vestíbulos y portales, de los elevadores que suben y bajan como el mercurio en los termómetros,
          De los bancos y sus consejos de administración, de las fábricas y sus gerentes, de los obreros y sus máquinas incestuosas,
          Hablo del desfile inmemorial de la prostitución por calles largas como el deseo y como el aburrimiento,
          Del ir y venir de los autos, espejo de nuestros afanes, quehaceres y pasiones (¿Por qué, para qué, hacia dónde?),
          De los hospitales siempre repletos y en los que siempre morimos solos,
          Hablo de la penumbra de ciertas iglesias y de las llamas titubeantes de los cirios en los altares,
          Tímidas lenguas con las que los desamparados hablan con los santos y con las vírgenes en un lenguaje ardiente y entrecortado,
          Hablo de la cena bajo la luz tuerta en la mesa coja y los platos desportillados,
          De las tribus inocentes que acampan en los baldíos con sus mujeres y sus hijos, sus animales y sus espectros,
          De las ratas en el albañal y de los gorriones valientes que anidan en los alambres, en las cornisas y en los árboles martirizados,
          De los gatos contemplativos y de sus novelas libertinas a la luz de la luna, diosa cruel de las azoteas,
          De los perros errabundos, que son nuestros franciscanos y nuestros bhikkus, los perros que desentierran los huesos del sol,
          Hablo del anacoreta y de la fraternidad de los libertarios, de la conjura de los justicieros y de la banda de los ladrones,
          De la conspiración de los iguales y de la sociedad de amigos del Crimen, del club de los suicidas y de Jack el Destripador,
          Del Amigo de los Hombres, afilador de la guillotina, y de César, Delicia del Género Humano,
          Hablo del barrio paralítico, el muro llagado, la fuente seca, la estatua pintarrajeada,
          Hablo de los basureros del tamaño de una montaña y del sol taciturno que se filtra en el polumo,
          De los vidrios rotos y del desierto de chatarra, del crimen de anoche y del banquete del inmortal Trimalción,
          De la luna entre las antenas de la televisión y de una mariposa sobre un bote de inmundicias,
          Hablo de madrugadas como vuelo de garzas en la laguna y del sol de alas Transparentes que se posa en los follajes de piedra de las iglesias y del gorjeo de La luz en los tallos de vidrio de los palacios,
          Hablo de algunos atardeceres al comienzo del otoño, cascadas de oro incorpóreo, Transfiguración de este mundo, todo pierde cuerpo, todo se queda suspenso,
          La luz piensa y cada uno de nosotros se siente pensado por esa luz reflexiva, Durante un largo instante el tiempo se disipa, somos aire otra vez,
          Hablo del verano y de la noche pausada que crece en el horizonte como un Monte de humo que poco a poco se desmorona y cae sobre nosotros como una ola,
          Reconciliación de los elementos, la noche se ha tendido y su cuerpo es un río Poderoso de pronto dormido, nos mecemos en el oleaje de su respiración, la hora Es palpable, la podemos tocar como un fruto,
          Han encendido las luces, arden las avenidas con el fulgor del deseo, en los Parques la luz eléctrica atraviesa los follajes y cae sobre nosotros una llovizna Verde y fosforescente que nos ilumina sin mojarnos, los árboles murmuran, nos dicen algo,
          Hay calles en penumbra que son una insinuación sonriente, no sabemos a dónde Van, tal vez al embarcadero de las islas perdidas,
          Hablo de las estrellas sobre las altas terrazas y de las frases indescifrables que Escriben en la piedra del cielo,
          Hablo del chubasco rápido que azota los vidrios y humilla las arboledad, duró Veinticinco minutos y ahora allá arriba hay agujeros azules y chorros de luz, el Vapor sube del asfalto, los coches relucen, hay charcos donde navegan barcos de reflejos,
          Hablo de nubes nómadas y de una música delgada que ilumina una habitación en Un quinto piso y de un rumor de risas en mitad de la noche como agua remota Que fluye entre raíces y yerbas,
          Hablo del encuentro esperado con esa forma inesperada en la que encarna lo desconocido y se manifiesta a cada uno:
          Ojos que son la noche que se entreabre y el día que despierta, el mar que se tiende y la llama que habla, pechos valientes: marea lunar,
          Labios que dicen sésamo y el tiempo se abra y el pequeño cuarto se vuelve Jardín de metamorfosis y el aire y el fuego se enlazan, la tierra y el agua se confunden,
          O es el advenimiento del instante en que allá, en aquel otro lado que es aquí mismo, la llave se cierra y el tiempo cesa de manar;
          Instante del hasta aquí, fin del hipo, del quejido y del ansia, el alma pierde Cuerpo y se desploma por un agujero del piso, cae en sí misma, el tiempo se ha Desfondado, caminamos por un corredor sin fin, jadeamos en un arenal,
          ¿Esa música se aleja o se acerca, esas luces pálidas se encienden o apagan?, Canta el espacio, el tiempo se disipa: es el boqueo, es la mirada que resbala por la lisa pared, es la pared que se calla, la pared,
          Hablo de nuestra historia pública y de nuestra historia secreta, la tuya y la mía,
          Hablo de la selva de piedra, el desierto del profeta, el hormigüero de almas, la Congregación de tribus, la casa de los espejos, el laberinto de ecos,
          Hablo del gran rumor que viene del fondo de los tiempos, murmullo incoherente De naciones que se juntan o dispersan, rodar de multitudes y sus armas como Peñascos que se despeñan, sordo sonar de huesos cayendo en el hoyo de la historia,
          Hablo de la ciudad, pastora de siglos, madre que nos engendra y nos devora, nos inventa y nos olvida.

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        Hermandad

          Soy hombre: duro poco
          Y es enorme la noche.
          Pero miro hacia arriba:
          Las estrellas escriben.
          Sin entender comprendo:
          También soy escritura
          Y en este mismo instante
          Alguien me deletrea.

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        Hermosura que vuelve

          En un rincón del salón crepuscular
          O al volver una esquina en la hora indecisa y blasfema,
          O una mañana parecida a un navío atado al horizonte,
          O en Morelia, bajo los arcos rosados del antiguo acueducto,
          Ni desdeñosa ni entregada, centelleas.

          El telón de este mundo se abre en dos.
          Cesa la vieja oposición entre verdad y fábula,
          Apariencia y realidad celebran al fin sus bodas,
          Sobre las cenizas de las mentirosas evidencias
          Se levanta una columna de seda y electricidad,
          Un pausado chorro de belleza.
          Tú sonríes, arma blanca a medias desenvainada.
          Niegas al sueño en pleno sueño,
          Desmientes al tacto y a los ojos en pleno día.
          Tú existes de otro modo que nosotros,
          No eres la vida pero tampoco la muerte.
          Tú nada más estás,
          Nada más fulges, engastada en la noche.

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        Intervalo

          Arquitecturas instantáneas
          Sobre una pausa suspendidas,
          Apariciones no llamadas
          Ni pensadas, formas de viento,
          Insubstanciales como tiempo
          Y como tiempo disipadas.

          Hechas de tiempo, no son tiempo;
          Son la hendedura, el intersticio,
          El breve vértigo del entre
          Donde se abre la flor diáfana:
          Alta en el tallo de un reflejo
          Se desvanece mientras gira.

          Nunca tocadas, claridades
          Con los ojos cerrados vistas:
          El nacimiento transparente
          Y la caída cristalina
          En este instante de este instante,
          Interminable todavía.
          Tras la ventana: desoladas
          Azoteas y nubes rápidas.
          El día se apaga, se enciende
          La ciudad, próxima y remota.
          Hora sin peso. Yo respiro
          El instante vacío, eterno.

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        Jardín

          Nubes a la deriva, continentes
          Sonámbulos, países sin substancia
          Ni peso, geografías dibujadas
          Por el sol y borradas por el viento.

          Cuatro muros de adobe. Buganvillas:
          En sus llamas pacíficas mis ojos
          Se bañan. Pasa el viento entre alabanzas
          De follajes y yerbas de rodillas.

          El heliotropo con morados pasos
          Cruza envuelto en su aroma. Hay un profeta:
          El fresno –y un meditabundo: el pino.
          El jardín es pequeño, el cielo inmenso.

          Verdor sobreviviente en mis escombros:
          En mis ojos te miras y te tocas,
          Te conoces en mí y en mí te piensas,
          En mí duras y en mí te desvaneces.

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        Junio

          Bajo del cielo fiel junio corría
          Arrastrando en sus aguas dulces fechas...

          Llegas de nuevo, río transparente,
          Todo cielo y verdor, nubes pasmadas,
          Lluvias o cabelleras desatadas,
          Plenitud, ola inmóvil y fluente.

          Tu luz moja una fecha adolescente:
          Rozan las manos formas vislumbradas,
          Los labios besan sombras ya besadas,
          Los ojos ven, el corazón presiente.

          ¡Hora de eternidad, toda presencia,
          El tiempo en ti se colma y desemboca
          Y todo cobra ser, hasta la ausencia!

          El corazón presiente y se incorpora,
          Mentida plenitud que nadie toca:
          Hoy es ayer y es siempre y es deshora.

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        La arboleda

          Enorme y sólida
          Pero oscilante,
          Golpeada por el viento
          Pero encadenada,
          Rumor de un millón de hojas
          Contra mi ventana.
          Motín de árboles,
          Oleaje de sonidos verdinegros.
          La arboleda,
          Quieta de pronto,
          Es un tejido de ramas y frondas.
          Hay claros llameantes.
          Caída en esas redes
          Se revuelve,
          Respira
          Una materia violenta y resplandeciente,
          Un animal iracundo y rápido,
          Cuerpo de lumbre entre las hojas:
          El día.
          A la izquierda del macizo,
          Más idea que color,
          Poco cielo y muchas nubes,
          El azuleo de una cuenca
          Rodeada de peñones en demolición,
          Arena precipitada
          En el embudo de la arboleda.
          En la región central
          Gruesas gotas de tinta
          Esparcidas
          Sobre un papel que el poniente inflama,
          Negro casi enteramente allá,
          En el extremo sudeste,
          Donde se derrumba el horizonte.
          La enramada,
          Vuelta cobre, relumbra.
          Tres mirlos
          Atraviesan la hoguera y reaparecen
          Ilesos,
          En una zona vacía: ni luz ni sombra.
          Nubes
          En marcha hacia su disolución.

          Encienden luces en las casas.
          El cielo se acumula en la ventana.
          El patio,
          Encerrado en sus cuatro muros,
          Se aísla más y más.
          Así perfecciona su realidad.
          El bote de basura,
          La maceta sin planta,
          Ya no son,
          Sobre el opaco cemento,
          Sino sacos de sombras.
          Sobre sí mismo
          El espacio
          Se cierra
          Poco a poco se petrifican los nombres.

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        La caída

          I

          Abre simas en todo lo creado,
          Abre el tiempo la entraña de lo vivo,
          Y en la hondura del pulso fugitivo
          Se precipita el hombre desangrado.

          ¡Vértigo del minuto consumado!
          En el abismo de mi ser nativo,
          En mi nada primera, me desvivo:
          Yo mismo frente a mí, ya devorado.

          Pierde el alma su sal, su levadura,
          En concéntricos ecos sumergida,
          En sus cenizas anegada, oscura.

          Mana el tiempo su ejército impasible,
          Nada sostiene ya, ni mi caída,
          Transcurre solo, quieto, inextinguible.

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        La calle

          Es una calle larga y silenciosa.
          Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
          Y me levanto y piso con pies ciegos
          Las piedras mudas y las hojas secas
          Y alguien detrás de mí también las pisa:
          Si me detengo, se detiene;
          Si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
          Todo está oscuro y sin salida,
          Y doy vueltas y vueltas en esquinas
          Que dan siempre a la calle
          Donde nadie me espera ni me sigue,
          Donde yo sigo a un hombre que tropieza
          Y se levanta y dice al verme: nadie.

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        La cara y el viento

          Bajo un sol inflexible
          Llanos ocres, colinas leonadas.
          Trepé por un breñal una cuesta de cabras
          Hacia un lugar de escombros:
          Pilastras desgajadas, dioses decapitados.
          A veces, centelleos subrepticios:
          Una culebra, alguna lagartija.
          Agazapados en las piedras,
          Color de tinta ponzoñosa,
          Pueblos de bichos quebradizos.
          Un patio circular, un muro hendido.
          Agarrada a la tierra —nudo ciego,
          Árbol todo raíces— la higuera religiosa.
          Lluvia de luz. Un bulto gris: el Buda.
          Una masa borrosa sus facciones,
          Por las escarpaduras de su cara
          Subían y bajaban las hormigas.
          Intacta todavía,
          Todavía sonrisa, la sonrisa:
          Golfo de claridad pacífica.
          Y fui por un instante diáfano
          Viento que se detiene,
          Gira sobre sí mismo y se disipa.

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        La casa de la mirada

          Caminas adentro de ti mismo y el tenue reflejo serpeante que te conduce
          No es la última mirada de tus ojos al cerrarse ni es el sol tímido golpeando tus párpados:
          Es un arroyo secreto, no de agua sino de latidos: llamadas, respuestas, llamadas,
          Hilo de claridades entre las altas yerbas y las bestias agazapadas de la conciencia a obscuras.
          Sigues el rumor de tu sangre por el país desconocido que inventan tus ojos
          Y subes por una escalera de vidrio y agua hasta una terraza.
          Hecha de la misma materia impalpable de los ecos y los tintineos,
          La terraza, suspendida en el aire, es un cuadrilátero de luz, un ring magnético
          Que se enrolla en sí mismo, se levanta, anda y se planta en el circo del ojo,
          Géiser lunar, tallo de vapor, follaje de chispas, gran árbol que se enciende y apaga y enciende:
          Estás en el interior de los reflejos, estás en la casa de la mirada,
          Has cerrado los ojos y entras y sales de ti mismo a ti mismo por un puente de latidos:
          El corazón es un ojo.

          Estás en la casa de la mirada, los espejos han escondido todos sus espectros,
          No hay nadie ni hay nada que ver, las cosas han abandonado sus cuerpos,
          No son cosas, no son ideas: son disparos verdes, rojos, amarillos, azules,
          Enjambres que giran y giran, espirales de legiones desencarnadas,
          Torbellino de las formas que todavía no alcanzan su forma,
          Tu mirada es la hélice que impulsa y revuelve las muchedumbres incorpóreas,
          Tu mirada es la idea fija que taladra el tiempo, la estatua inmóvil en la plaza del insomnio,
          Tu mirada teje y desteje los hilos de la trama del espacio,
          Tu mirada frota una idea contra otra y enciende una lámpara en la iglesia de tu cráneo,
          Pasaje de la enunciación a la anunciación, de la concepción a la asunción,
          El ojo es una mano, la mano tiene cinco ojos, la mirada tiene dos manos,
          Estamos en la casa de la mirada y no hay nada que ver, hay que poblar otra vez la casa del ojo,
          Hay que poblar el mundo con ojos, hay que ser fieles a la vista, hay que
          Crear para ver.

          La idea fija taladra cada minuto, el pensamiento teje y desteje la trama,
          Vas y vienes entre el infinito de afuera y tu propio infinito,
          Eres un hilo de la trama y un latido del minuto, el ojo que taladra y el ojo tejedor,
          Al entrar en ti mismo no sales del mundo, hay ríos y volcanes en tu cuerpo, planetas y hormigas,
          En tu sangre navegan imperios, turbinas, bibliotecas, jardines,
          También hay animales, plantas, seres de otros mundos, las galaxias circulan en tus neuronas,
          Al entrar en ti mismo entras en este mundo y en los otros mundos,
          Entras en lo que vio el astrónomo en su telescopio, el matemático en sus ecuaciones:
          El desorden y la simetría, el accidente y las rimas, las duplicaciones y las mutaciones,
          El mal de San Vito del átomo y sus partículas, las células reincidentes, las inscripciones estelares.

          Afuera es adentro, caminamos por donde nunca hemos estado,
          El lugar del encuentro entre esto y aquello está aquí mismo y ahora,
          Somos la intersección, la X, el aspa maravillosa que nos multiplica y nos interroga,
          El aspa que al girar dibuja el cero, ideograma del mundo y de cada uno de nosotros.
          Como el cuerpo astral de Bruno y Cornelio Agripa, como las granes transparentes de André Breton,
          Vehículos de materia sutil, cables entre éste y aquel lado,
          Los hombres somos la bisagra entre el aquí el allá, el signo doble y uno, V y ^ ,
          Pirámides superpuestas unidas en un ángulo para formar la X de la Cruz,
          Cielo y tierra, aire y agua, llanura y monte, lago y volcán, hombre y mujer,
          El mapa del cielo se refleja en el espejo de la música,
          Donde el ojo se anula nacen mundos:
          La pintura tiene un pie en la arquitectura y otro en el sueño.

          La tierra es un hombre, dijiste, pero el hombre no es la tierra,
          El hombre no es este mundo ni los otros mundos que hay en este mundo y en los otros,
          El hombre es la boca que empaña el espejo de las semejanzas y dice sí,
          El equilibrista vendado que baila sobre la cuerda floja de una sonrisa,
          El espejo universal que refleja otro mundo al repetir a éste, el que transfigura lo que copia,
          El hombre no es el que es, célula o dios, sino el que está sienpre más allá.
          Nuestras pasiones no son los ayuntamientos de las substancias ciegas pero los Combate y los abrazos de los elementos riman con nuestros deseos y apetitos,
          Pintar es buscar la rima secreta, dibujar al eco, pintar el eslabón:
          El Vértigo de Eros es el vahído de la rosa al mecerse sobre el osario,
          La aparición de la aleta del pez al caer la noche en el mar es el centelleo de la idea,
          Tú has pintado al amor tras una cortina de agua llameante
          Para cubrir la tierra con un nuevo rocío.

          En el espejo de la música las constelaciones se miran antes de disiparse,
          El espejo se abisma en sí mismo anegado de claridad hasta anularse en un reflejo,
          Los espacios fluyen y se despeñan bajo la mirada del tiempo petrificado,
          Las presencias son llamas, las llamas son tigres, los tigres se han vuelto olas,
          Cascada de transfiguraciones, cascada de repeticiones, trampas del tiempo:
          Hay que darle su ración de lumbre a la naturaleza hambrienta,
          Hay que agitar la sonaja de las rimas para engañar al tiempo y despertar al alma,
          Hay que plantar ojos en la plaza, hay que regar los parques con risa solar y lunar,
          Hay que aprender la tonada de Adán, el solo de la flauta del fémur,
          Hay que construir sobre este espacio inestable la casa de la mirada,
          La casa de aire y de agua donde la música duerme, el fuego vela y pinta el poeta.

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        La Dulcinea de Duchamp

          -Metafísica estáis.
          -Hago striptease.

          Ardua pero plausible, la pintura
          Cambia la blanca tela en pardo llano
          Y en Dulcinea al polvo castellano
          Torbellino resuelto en escultura.

          Transeúnte de París, en su figura
          -Molino de ficciones, inhumano
          Rigor y geometría- Eros tirano
          Desnuda en cinco chorros su estatura.

          Mujer en rotación que se disgrega
          Y es surtidor de sesgos y reflejos:
          Mientras más se desviste, más se niega.

          La mente es una cámara de espejos:
          Invisible en el cuadro, Dulcinea
          Perdura: fue mujer y ya es idea.

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        La hora es transparente

          La hora es transparente:
          Vemos, si es invisible el pájaro,
          El color de su canto.

          Mis ojos te descubren
          Desnuda
          Y te cubren
          Con una lluvia cálida
          De miradas.

          Baja
          Desnuda

          La luna
          Por el pozo

          La mujer
          Por mis ojos.

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        La llama, el habla

          En un poema leo:
          Conversar es divino.
          Pero los diosa no hablan:
          Hacen, deshacen mundos
          Mientras los hombres hablan.
          Los dioses, sin palabras,
          Juegan juegos terribles.

          El espíritu baja
          Y desata las lenguas
          Pero no habla palabras:
          Habla lumbre. El lenguaje,
          Por el dios encendido,
          Es una profecía
          De llamas y una torre
          De humo y un desplome
          De sílabas quemadas:
          Ceniza sin sentido.

          La palabra del hombre
          Es hija de la muerte.
          Hablamos porque somos
          Mortales: las palabras
          No son signos, son años.
          Al decir lo que dicen
          Los nombres que decimos
          Dicen tiempo: nos dicen.
          Somos nombres del tiempo.

          Mudos, también los muertos
          Pronuncian las palabras
          Que decimos los vivos.
          El lenguaje es la casa
          De todos en el flanco
          Del abismo colgada.
          Conversar es humano.

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        La palabra dicha

          La palabra se levanta
          De la página escrita.
          La palabra,
          Labrada estalactita,
          Grabada columna,
          Una a una letra a letra.
          El eco se congela
          En la página pétrea.

          Ánima,
          Blanca como la página,
          Se levanta la palabra.
          Anda
          Sobre un hilo tendido
          Del silencio al grito,
          Sobre el filo
          Del decir estricto.
          El oído: nido
          O laberinto del sonido.

          Lo que dice no dice
          Lo que dice: ¿cómo se dice
          Lo que no dice?
          Di
          Tal vez es bestial la vestal.

          Un grito
          En un cráter extinto:
          En otra galaxia
          ¿Cómo se dice ataraxia?
          Lo que se dice se dice
          Al derecho y al revés.
          Lamenta la mente
          De menta demente:
          Cementerio es sementero,
          Simiente no miente.

          Laberinto del oído,
          Lo que dices se desdice
          Del silencio al grito
          Desoído.

          Inocencia y no ciencia:
          Para hablar aprende a callar.

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        La poesía

          Llegas, silenciosa, secreta,
          Y despiertas los furores, los goces,
          Y esta angustia
          Que enciende lo que toca
          Y engendra en cada cosa
          Una avidez sombría.

          El mundo cede y se desploma
          Como metal al fuego.
          Entre mis ruinas me levanto,
          Solo, desnudo, despojado,
          Sobre la roca inmensa del silencio,
          Como un solitario combatiente.

          Verdad abrasadora,
          ¿A qué me empujas?
          No quiero tu verdad,
          Tu insensata pregunta.
          ¿A qué esta lucha estéril?
          No es el hombre criatura capaz de contenerte,
          Avidez que sólo en la sed se sacia,
          Llama que todos los labios consume,
          Espíritu que no vive en ninguna forma
          Mas hace arder todas las formas contra invisibles huestes.

          Subes desde lo más hondo de mí,
          Desde el centro innombrable de mi ser,
          Ejército, marea.
          Creces, tu sed me ahoga,
          Expulsando, tiránica,
          Aquello que no cede
          A tu espada frenética.

          Ya sólo tú me habitas,
          Tú, sin nombre, furiosa substancia,
          Avidez subterránea, delirante.

          Golpean mi pecho tus fantasmas,
          Despiertas a mi tacto,
          Hielas mi frente,
          Abres mis ojos.

          Percibo el mundo y te toco,
          Substancia intocable,
          Unidad de mi alma y de mi cuerpo,
          Y contemplo el combate que combato
          Y mis bodas de tierra.

          Nublan mis ojos imágenes opuestas,
          Y a las mismas imágenes
          Otras, más profundas, las niegan,
          Ardiente balbuceo,
          Aguas que anega un agua más oculta y densa.
          En su húmeda tiniebla vida y muerte,
          Quietud y movimiento, son lo mismo.

          Insiste, vencedora,
          Porque tan solo existo porque existes,
          Y mi boca y mi lengua se formaron
          Para decir tan solo tu existencia
          Y tus secretas sílabas, palabra
          Impalpable y despótica,
          Substancia de mi alma.

          Eres tan solo un sueño,
          Pero en ti sueña el mundo
          Y su mudez habla con tus palabras.
          Rozo al tocar tu pecho
          La eléctrica frontera de la vida,
          La tiniebla de sangre
          Donde pacta la boca cruel y enamorada,
          Ávida aún de destruir lo que ama
          Y revivir lo que destruye,
          Con el mundo, impasible
          Y siempre idéntico a sí mismo,
          Porque no se detiene en ninguna forma
          Ni se demora sobre lo que engendra.

          Llévame, solitaria,
          Llévame entre los sueños,
          Llévame, madre mía,
          Despiértame del todo,
          Hazme soñar tu sueño,
          Unta mis ojos con aceite,
          Para que al conocerte me conozca.

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        La rama

          Canta en la punta del pino
          Un pájaro detenido,
          Trémulo, sobre su trino.

          Se yergue, flecha, en la rama,
          Se desvanece entre alas
          Y en música se derrama.

          El pájaro es una astilla
          Que canta y se quema viva
          En una nota amarilla.

          Alzo los ojos: no hay nada.
          Silencio sobre la rama,
          Sobre la rama quebrada.

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        La sombra

          Ya por cambiar de piel o por tenerla
          Nos acogemos a lo oscuro,
          Que nos viste de sombra
          La carne desollada.

          En los ojos abiertos
          Cae la sombra y luego son los ojos
          Los que en la sombra caen
          Y es unos ojos líquidos la sombra.

          ¡En esos ojos anegarse,
          No ser sino esos ojos
          Que no ven, que acarician
          Como las olas si son alas,
          Como las alas si son labios!

          Pero los ojos de la sombra
          En nuestros ojos se endurecen
          Y arañemos el muro o resbalemos
          Por la roca, la sombra nos rechaza:
          En esa piedra no hay olvido.

          Nos vamos hacia dentro, túnel negro.
          "Muros de cal. Zumba la luz abeja
          Entre el verdor caliente y ya caído
          De las yerbas. Higuera maternal:
          La cicatriz del tronco, entre las hojas,
          Era una boca hambrienta, femenina,
          Viva en la primavera. Al mediodía
          Era dulce trepar entre las ramas
          Y en el verde vacío suspendido
          En un higo comer el sol, ya negro".

          Nada fue ayer, nada mañana,
          Todo es presente, todo está presente,
          Y cae y no sabemos en qué pozos,
          Ni si detrás de ese sinfín
          Aguarda Dios, o el Diablo,
          O simplemente Nadie.

          Huimos a la luz que no nos miente
          Y en un papel cualquiera
          Escribimos palabras sin respuesta.
          Y enrojecen a veces
          Las líneas azules, y nos duelen.

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        La vida sencilla

          Llamar al pan el pan y que aparezca
          Sobre el mantel el pan de cada día;
          Darle al sudor lo suyo y darle al sueño
          Y al breve paraíso y al infierno
          Y al cuerpo y al minuto lo que piden;
          Reír como el mar ríe, el viento ríe,
          Sin que la risa suene a vidrios rotos;
          Beber y en la embriaguez asir la vida,
          Bailar el baile sin perder el paso,
          Tocar la mano de un desconocido
          En un día de piedra y agonía
          Y que esa mano tenga la firmeza
          Que no tuvo la mano del amigo;
          Probar la soledad sin que el vinagre
          Haga torcer mi boca, ni repita
          Mis muecas el espejo, ni el silencio
          Se erice con los dientes que rechinan:
          Estas cuatro paredes —papel, yeso,
          Alfombra rala y foco amarillento—
          No son aún el prometido infierno;
          Que no me duela más aquel deseo,
          Helado por el miedo, llaga fría,
          Quemadura de labios no besados:
          El agua clara nunca se detiene
          Y hay frutas que se caen de maduras;
          Saber partir el pan y repartirlo,
          El pan de una verdad común a todos,
          Verdad de pan que a todos nos sustenta,
          Por cuya levadura soy un hombre,
          Un semejante entre mis semejantes;
          Pelear por la vida de los vivos,
          Dar la vida a los vivos, a la vida,
          Y enterrar a los muertos y olvidarlos
          Como la tierra los olvida: en frutos…
          Y que a la hora de mi muerte logre
          Morir como los hombres y me alcance
          El perdón y la vida perdurable
          Del polvo, de los frutos, y del polvo.

          Envío.

          Tal sobre el muro rotas uñas graban
          Un nombre, una esperanza, una blasfemia,
          Sobre el papel, sobre la arena, escribo
          Estas palabras mal encadenadas.
          Entre sus secas sílabas acaso
          Un día te detengas: pisa el polvo,
          Esparce la ceniza, sé ligera
          Como la luz ligera y sin memoria
          Que brilla en cada hoja, en cada piedra,
          Dora la tumba y dora la colina
          Y nada la detiene ni apresura.

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        La vista, el tacto

          La luz sostiene —ingrávidos, reales—
          El cerro blanco y las encinas negras,
          El sendero que avanza,
          El árbol que se queda;

          La luz naciente busca su camino,
          Río titubeante que dibuja
          Sus dudas y las vuelve certidumbres,
          Río del alba sobre unos párpados cerrados;

          La luz esculpe al viento en la cortina,
          Hace de cada hora un cuerpo vivo,
          Entra en el cuarto y se desliza,
          Descalza, sobre el filo del cuchillo;

          La luz nace mujer en un espejo,
          Desnuda bajo diáfanos follajes
          Una mirada la encadena,
          La desvanece un parpadeo;

          La luz palpa los frutos y palpa lo invisible,
          Cántaro donde beben claridades los ojos,
          Llama cortada en flor y vela en vela
          Donde la mariposa de alas negras se quema:

          La luz abre los pliegues de la sábana
          Y los repliegues de la pubescencia,
          Arde en la chimenea, sus llamas vueltas sombras
          Trepan los muros, yedra deseosa;

          La luz no absuelve ni condena,
          No es justa ni es injusta,
          La luz con manos invisibles alza
          Los edificios de la simetría;

          La luz se va por un pasaje de reflejos
          Y regresa a sí misma:
          Es una mano que se inventa,
          Un ojo que se mira en sus inventos.

          La luz es tiempo que se piensa.

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        Lámpara

          Contra la noche sin cuerpo
          Se desgarra y se abraza
          La pena sola.

          Negro pensar y encendida semilla
          Pena de fuego amargo y agua dulce
          La pena en guerra.

          Claridad de latidos secretos
          Planta de talle transparente
          Vela la pena.

          Calla en el día, canta en la noche

          Habla conmigo y habla sola

          Alegre pena.

          Ojos de sed, pechos de sal
          Entra en mi cama y entra en mi sueño
          Amarga pena.

          Bebe mi sangre la pena pájaro
          Puebla la espera mata la noche
          La pena viva.

          Sortija de la ausencia
          Girasol de la espera y amor en vela
          Torre de pena.

          Contra la noche la sed y la ausencia
          Gran puñado de vida
          Fuente de pena.

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        Las armas del verano

          Oye la palpitación del espacio
          Son los pasos de la estación en celo
          Sobre las brasas del año

          Rumor de alas y de crótalos
          Tambores lejanos del chubasco
          Crepitación y jadeo de la tierra
          Bajo su vestidura de insectos y raíces

          La sed despierta y construye
          Sus grandes jaulas de vidrio
          Donde tu desnudez es agua encadenada
          Agua que canta y se desencadena

          Armada con las armas del verano
          Entras en mi cuarto entras en mi frente
          Y desatas el río del lenguaje
          Mírate en esas rápidas palabras

          El día se quema poco a poco
          Sobre el paisaje abolido
          Tu sombra es un país de pájaros
          Que el sol disipa con un gesto.

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        Lauda

          1

          Ojos médulas sombras blanco día
          Ansias afán lisonjas horas cuerpos
          Memoria todo Dios ardieron todos
          Polvo de los sentidos sin sentido
          Ceniza lo sentido y el sentido

          Este cuarto, esta cama, el sol del broche,
          Su caída de fruto, los dos ojos,
          La llamada al vacío, la fijeza,
          Los dos ojos feroces, los dos ojos
          Atónitos, los dos ojos vacíos,
          La no vista presencia presentida,
          La visión sin visiones entrevista,
          Los dos ojos cubriéndose de hormigas,
          ¿Pasan aquí, suceden hoy? Son hoy,
          Pasan allá, su aquí es allá, sin fecha.

          Itálica famosa madriguera de ratas
          Y lugares comunes, muladar de motores
          Víboras en Uxmal anacoretas,
          Emporio de centollas o imperio de los pólipos
          Sobre los lomos del acorazado,
          Dédalos, catedrales, bicicletas,
          Dioses descalabrados, invenciones
          De ayer o del decrépito mañana,
          Basureros: no tiene edad la vida,
          Volvió a ser árbol la columna Dafne.

          2

          Entre la vida inmortal de la vida
          Y la muerte inmortal de la historia
          Hoy es cualquier día
          En un cuarto cualquiera
          Festín de dos cuerpos a solas
          Fiesta de ignorancia saber de presencia
          Hoy (conjunción señalada
          Y abrazo precario)
          Esculpimos un Dios instantáneo
          Tallamos el vértigo

          Fuera de mi cuerpo
          En tu cuerpo fuera de tu cuerpo
          En otro cuerpo
          Cuerpo a cuerpo creado
          Por tu cuerpo y mi cuerpo
          Nos buscamos perdidos
          Dentro de ese cuerpo instantáneo
          Nos perdemos buscando
          Todo un Dios todo cuerpo y sentido
          Otro cuerpo perdido

          Olfato gusto vista oído tacto
          El sentido anegado en lo sentido
          Los cuerpos abolidos en el cuerpo
          Memorias desmemorias de haber sido
          Antes después ahora nunca siempre.

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        Los viejos*

          Sobre las aguas,
          Sobre el desierto de las horas
          Pobladas sólo por el sol sin nombre y la noche sin rostro,
          Van los maderos tristes,
          Van los hierros, la sal y los carbones,
          La flor del fuego, los aceites.
          Con los maderos sollozantes,
          Con los despojos turbios y las verdes espumas,
          Van los hombres.

          Los hombres con su tos, sus venenos lentísimos
          Y su sangre en destierro
          De ese lugar de pinos, agua y rocas
          Desde su nacimiento señalado
          Como sepulcro suyo por la muerte.

          Van los hombres partidos por la guerra,
          Empujados de sus tierras a otras,
          Hombres que sólo llevan ya a la muerte su diminuta muerte,
          Vagos semblantes sementeras,
          Deslavadas colinas y descuajados árboles.
          La guerra los avienta,
          Campesinos de voces de naranja,
          Pechos de piedra, arroyos, torrenteras,
          Viejos hermosos como el silencio de altas torres,
          Torres aún en pie,
          Indefensa ternura hundida en las bodegas.

          Al terrón cejijunto lo ablandaron sus manos,
          Sus anchos pies danzantes
          Alzaron los sonidos nupciales del viñedo,
          La tierra estremecida bajo sus pies cantaba
          Como tambor o vientre delirante,
          Tal la pradera bajo los toros ciegos y violentos,
          De huracanado luto rodeados.

          A la borda acodados,
          Por los pasillos, la cubierta,
          Sacos de huesos o racimos negros.
          No dicen nada, callan,
          Oyen a sus mujeres (brujas
          De afiladas miradas alfileres,
          Llenas de secretos ya secos como añosos armarios,
          Historias que se sacan del pecho entre suspiros)
          Contar con voz rugosa
          Las minucias terribles de la guerra.

          Los hombres son la espuma de la tierra,
          La flor del llanto, el fruto de la sangre;
          Hijos de la ternura son de llanto,
          Son de piedra y estrella, son de sol,
          Son planetas que cantan mientras viven.
          ¿No hay agua, llanto, oh ramo
          De soles apagados?

          Los hombres son la espuma de la tierra.
          Hijos de la ternura son de llanto
          Y renacen del llanto, diluviales,
          Y se esparcen por siglos como campos.

          Bebe del agua de la muerte,
          Bebe del agua sin memoria, deja tu nombre,
          Olvídate de ti, bebe del agua,
          El agua de los muertos ya sin nombre,
          El agua de los pobres.
          En esas aguas sin facciones
          También está tu rostro.
          Allí te reconoces y recobras,
          Allí pierdes tu nombre,
          Allí ganas tu nombre
          Y el poder de nombrarlos con su nombre más cierto.

          *Barco de carga con evacuados, durante la guerra civil española.

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        Madrugada al raso

          Los labios y las manos del viento
          El corazón del agua
          Un eucalipto
          El campamento de las nubes
          La vida que nace cada día
          La muerte que nace cada vida

          Froto mis párpados:
          El cielo anda en la tierra.

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        Manantial

          Habla deja caer una palabra
          Buenos días he dormido todo el invierno y ahora despierto
          Habla
          Una piragua enfila hacia la luz
          Una palabra ligera avanza a toda vela
          El día tiene forma de río
          En sus riberas brillan las plumas de tus cantos
          Dulzura del agua en la hierba dormida
          Agua clara vocales para beber
          vocales para adornar una frente unos tobillos
          Habla
          Toca la cima de una pausa dichosa
          Y luego abre las alas y habla sin parar
          Pasa un rostro olvidado
          Pasas tú misma con tu andar de viento en un campo de maíz
          La infancia con sus flechas y su ídolo y su higuera
          Rompe amarras y pasa con la torre y el jardín
          Pasan futuro y pasado
          Horas ya vividas y horas por matar
          Pasan relámpagos que llevan en el pico pedazos de tiempo todavía vivos
          Bandadas de cometas que se pierden en mi frente
          ¡Y escriben tu nombre en la espalda desnuda del espejo!
          Habla
          Moja los labios en la piedra partida que mana inagotable
          Hunde tus brazos blancos en el agua grávida de profecías inminentes

          Un día se pierde
          En el cielo hecho de prisa
          La luz no deja huellas en la nieve
          Un día se pierde
          Abrir y cerrar de puertas
          La semilla del sol se abre sin ruido
          Un día comienza
          La niebla asciende la colina
          Un hombre baja por el río
          Los dos se encuentran en tus ojos
          Y tú te pierdes en el día
          Cantando en el follaje de la luz
          Tañen campanas allá lejos
          Cada llamada es una ola
          Cada ola sepulta para siempre
          Un gesto una palabra la luz contra la nube
          Tú ríes y te peinas distraída
          Un día comienza a tus pies
          Pelo mano blancura no son nombres
          Para este pelo esta mano esta blancura
          Lo visible y palpable que está afuera
          Lo que está adentro y sin nombre
          A tientas se buscan en nosotros
          Siguen la marcha del lenguaje
          Cruzan el puente que les tiende esta imagen
          Como la luz entre los dedos se deslizan
          Como tú misma entre mis manos
          Como tu mano entre mis manos se entrelazan
          Un día comienza en mis palabras
          Luz que madura hasta ser cuerpo
          Hasta ser sombra de tu cuerpo luz de tu sombra
          Malla de calor piel de tu luz
          Un día comienza en tu boca
          El día que se pierde en nuestros ojos
          El día que se abre en nuestra noche

          Espacioso cielo de verano
          Lunas veloces de frente obstinada
          Astros desnudos como el oro y la plata
          Animales de luz corriendo en pleno cielo
          Nubes de toda condición
          Alto espacio
          Noche derramada
          Como el vino en la piedra sagrada
          Como un mar ya vencido que inclina sus banderas
          Como un sabor desmoronado

          Hay jardines en donde el viento mismo se demora
          Por oírse correr entre las hojas
          Hablan con voz tan clara las acequias
          Que se ve al través de sus palabras
          Alza el jazmín su torre inmaculada
          He aquí que llega la palabra almendra
          Mis pensamientos se deslizan como agua
          Inmóvil yo los veo alejarse entre los chopos
          Frente a la noche idéntica otro que no conozco
          También los piensa y los mira perderse

          Como la enredadera de mil manos
          Como el incendio y su voraz plumaje
          Como la primavera al asalto del año
          Los dedos de la música
          Las garras de la música
          La yedra de fuego de la música
          Cubre los cuerpos cubre las almas
          Cuerpos tatuados por sonidos ardientes
          Como el cuerpo del dios constelado de signos
          Como el cuerpo del cielo tatuado por astros coléricos
          Cuerpos quemados almas quemadas
          Llegó la música y nos arrancó los ojos
          (No vimos sino el relámpago
          No oímos sino el chocar de espadas de la luz)
          Llegó la música y nos arrancó la lengua
          La gran boca de la música devoró los cuerpos
          Se quemó el mundo
          Ardió su nombre y los nombres que eran su atavío
          No queda nada sino un alto sonido
          Torre de vidrio donde anidan pájaros de vidrio
          Pájaros invisibles
          Hechos de la misma sustancia de la luz.

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        Mar de día

          Por un cabello solo
          Parte sus blancas venas,
          Su dulce pecho bronco,
          Y muestra labios verdes,
          Frenéticos, nupciales,
          La espuma deslumbrada.
          Por un cabello solo.

          Por esa luz en vuelo
          Que parte en dos al día,
          El viento suspendido;
          El mar, dos mares fijos,
          Gemelos enemigos;
          El universo roto
          Mostrando sus entrañas,
          Las sonámbulas formas
          Que nadan hondas, ciegas,
          Por las espesas olas
          Del agua y de la tierra:
          Las algas submarinas
          De lentas cabelleras,
          El pulpo vegetal,
          Raíces, tactos ciegos,
          Carbones inocentes,
          Candores enterrados
          En la primer ceguera.

          Por esa sola hebra,
          Entre mis dedos llama,
          Vibrante, esbelta espada
          Que nace de mis yemas
          Y ya se pierde, sola,
          Relámpago en desvelo,
          Entre la luz y yo.

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        Mar por la tarde

          Altos muros del agua, torres altas,
          Aguas de pronto negras contra nada,
          Impenetrables, verdes, grises aguas,
          Aguas de pronto blancas, deslumbradas.

          Aguas como el principio de las aguas,
          Como el principio mismo antes del agua,
          Las aguas inundadas por el agua,
          Aniquilando lo que finge el agua.

          El resonante tigre de las aguas,
          Las uñas resonantes de cien tigres,
          Las cien manos del agua, los cien tigres
          Con una sola mano contra nada.

          Desnudo mar, sediento mar de mares,
          Hondo de estrellas si de espumas alto,
          Prófugo blanco de prisión marina
          Que en estelares límites revienta,

          ¿Qué memorias, qué rocas, yelos, islas,
          Informe confusión de aguas y nada,
          Qué mares, encendidos prisioneros,
          Dentro de ti, bajo tu pecho, cantan?

          ¿Qué violencias recónditas, qué labios,
          Conmueven a tu piel de verdes llamas?,
          ¿Qué desoladas aguas, costas solas,
          Qué mares invisibles, mar, alías?,

          ¿Dónde principias, mar, dónde te viertes?,
          ¿Dónde principias, tiempo, vida mía,
          Ejército de humo y de mentira,
          A dónde vas, latido, carne, sueño?

          ¿Dónde te viertes, avidez de nada?
          No soy la piedra que se precipita,
          Soy su caída, y más, soy el abismo,
          El círculo de sombra en que se ahonda.

          Tiempo que se congela, mar y témpano,
          Vampiro de la luna —o se despeña:
          Madre furiosa, inmensa res hendida,
          Mar que te comes vivas las entrañas.

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        Más allá del amor

          Todo nos amenaza:
          El tiempo, que en vivientes fragmentos divide
          Al que fui
          Del que seré,
          Como el machete a la culebra;
          La conciencia, la transparencia traspasada,
          La mirada ciega de mirarse mirar;
          Las palabras, guantes grises, polvo mental sobre la yerba,
          El agua, la piel:
          Nuestros nombres, que entre tú y yo se levantan,
          Murallas de vacío que ninguna trompeta derrumba.
          Ni el sueño y su pueblo de imágenes rotas,
          Ni el delirio y su espuma profética,
          Ni el amor con sus dientes y uñas, no bastan.
          Más allá de nosotros,
          En las fronteras del ser y el estar,
          Una vida más vida nos reclama.

          Afuera la noche respira, se extiende,
          Llena de grandes hojas calientes,
          De espejos que combaten:
          Frutos, garras, ojos, follajes,
          Espaldas que relucen,
          Cuerpos que se abren paso entre otros cuerpos.

          Tiéndete aquí a la orilla de tanta espuma,
          De tanta vida que se ignora y se entrega:
          Tú también perteneces a la noche.
          Extiéndete, blancura que respira,
          Late, oh estrella repartida, copa,
          Pan que inclinas la balanza del lado de la aurora,
          Pausa de sangre entre este tiempo y otro sin medida.

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        Mediodía

          Un quieto resplandor me inunda y ciega,
          Un deslumbrado círculo vacío,
          Porque a la misma luz su luz la niega.

          Cierro los ojos y a mi sombra fío
          Esta inasible gloria, este minuto,
          Y a su voraz eternidad me alío.

          Dentro de mí palpita, flor y fruto,
          La aprisionada luz, ruina quemante,
          Vivo carbón, pues lo encendido enluto.

          Ya entraña temblorosa su diamante,
          En mí se funde el día calcinado,
          Brasa interior, coral agonizante.

          En mi párpado late, traspasado,
          El resplandor del mundo y sus espinas
          Me ciegan, paraíso clausurado.

          Sombras del mundo, cálidas ruinas,
          Sueñan bajo mi piel y su latido
          Anega, sordo, mis desiertas minas.

          Lento y tenaz, el día sumergido
          Es una sombra trémula y caliente,
          Un negro mar que avanza sin sonido,

          Ojo que gira ciego y que presiente
          Formas que ya no ve y a las que llega
          Por mi tacto, disuelto en mi corriente.

          Cuerpo adentro la sangre nos anega
          Y ya no hay cuerpo más, sino un deshielo,
          Una onda, vibración que se disgrega.

          Medianoche del cuerpo, toda cielo,
          Bosque de pulsaciones y espesura,
          Nocturno mediodía del subsuelo,

          ¿Este caer en una entraña obscura
          Es de la misma luz del mediodía
          Que erige lo que toca en escultura?

          —El cuerpo es infinito y melodía.

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        Misterio

          Relumbra el aire, relumbra,
          El mediodía relumbra,
          Pero no veo al sol.

          Y de presencia en presencia
          Todo se me transparenta,
          Pero no veo al sol.

          Perdido en las transparencias
          Voy de reflejo a fulgor,
          Pero no veo al sol.

          Y él en la luz se desnuda
          Y a cada esplendor pregunta,
          Pero no ve al sol.

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        Monólogo

          Bajo las rotas columnas,
          Entre la nada y el sueño,
          Cruzan mis horas insomnes
          Las sílabas de tu nombre.

          Tu largo pelo rojizo,
          Relámpago del verano,
          Vibra con dulce violencia
          En la espalda de la noche.

          Corriente oscura del sueño
          Que mana entre ruinas
          Y te construye de nada:
          Amargas trenzas, olvido,
          Húmeda costa nocturna
          Donde se tiende y golpea
          Un mar sonámbulo, ciego.

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        Movimiento

          Si tú eres la yegua de ámbar
          Yo soy el camino de sangre
          Si tú eres la primera nevada
          Yo soy el que enciende el brasero del alba
          Si tú eres la torre de la noche
          Yo soy el clavo ardiendo en tu frente
          Si tú eres la marea matutina
          Yo soy el grito del primer pájaro
          Si tú eres la cesta de naranjas
          Yo soy el cuchillo de sol
          Si tú eres el altar de piedra
          Yo soy la mano sacrílega
          Si tú eres la tierra acostada
          Yo soy la caña verde
          Si tú eres el salto del viento
          Yo soy el fuego enterrado
          Si tú eres la boca del agua
          Yo soy la boca del musgo
          Si tú eres el bosque de las nubes
          Yo soy el hacha que las parte
          Si tú eres la ciudad profanada
          Yo soy la lluvia de consagración
          Si tú eres la montaña amarilla
          Yo soy los brazos rojos del liquen
          Si tú eres el sol que se levanta
          Yo soy el camino de la sangre.

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        Ni el cielo ni la tierra

          Atrás el cielo,
          Atrás la luz y su navaja,
          Atrás los muros de salitre,
          Atrás las calles que dan siempre a otras calles.

          Atrás mi piel de vidrios erizados,
          Atrás mis uñas y mis dientes
          Caídos en el pozo del espejo.
          Atrás la puerta que se cierra,
          El cuerpo que se abre.
          Atrás, amor encarnizado,
          Pureza que destruye,
          Garras de seda, labios de ceniza.

          Atrás, tierra o cielo.

          Sentados a las mesas
          Donde beben la sangre de los pobres:
          La mesa del dinero,
          La mesa de la gloria y la de la justicia,
          La mesa del poder y la mesa de Dios
          —La Sagrada Familia en su Pesebre,
          La Fuente de la Vida,
          El espejo quebrado en que Narciso
          A sí mismo se bebe y no se sacia
          Y el hígado, alimento de profetas y buitres…

          Atrás, tierra o cielo.

          Las sábanas conyugales
          Insomnes,
          Cubren cuerpos entrelazados,
          Piedras entre cenizas
          Cuando la luz los toca.
          Cada uno en su cárcel de palabras,
          Y todos atareados construyendo
          La Torre de Babel en comandita.
          Y el cielo que bosteza
          Y el infierno mordiéndose la cola
          Y la resurrección
          Y el día de la vida perdurable,
          El día sin crepúsculo,
          El paraíso visceral del feto.

          Creía en todo esto.
          Hoy duermo a la orilla del llanto.
          También el llanto sirve de almohada.

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        Niña

          A Laura Elena.

          Nombras el árbol, niña.
          Y el árbol crece, lento,
          Alto deslumbramiento,
          Hasta volvernos verde la mirada.

          Nombras el cielo, niña.
          Y las nubes pelean con el viento
          Y el espacio se vuelve
          Un transparente campo de batalla.

          Nombras el agua, niña.
          Y el agua brota, no sé dónde,
          Brilla en las hojas, habla entre las piedras
          Y en húmedos vapores nos convierte.

          No dices nada, niña.
          Y la ola amarilla,
          La marea de sol,
          En su cresta nos alza,
          En los cuatro horizontes nos dispersa
          Y nos devuelve, intactos,
          En el centro del día, a ser nosotros.

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        Noche de verano

          Pulsas, palpas el cuerpo de la noche,
          Verano que te bañas en los ríos,
          Soplo en el que se ahogan las estrellas,
          Aliento de una boca,
          De unos labios de tierra.

          Tierra de labios, boca
          Donde un infierno agónico jadea,
          Labios en donde el cielo llueve
          Y el agua canta y nacen paraísos.

          Se incendia el árbol de la noche
          Y sus astillas son estrellas,
          Son pupilas, son pájaros.
          Fluyen ríos sonámbulos.
          Lenguas de sal incandescente
          Contra una playa oscura.

          Todo respira, vive, fluye:
          La luz en su temblor,
          El ojo en el espacio,
          El corazón en su latido,
          La noche en su infinito.

          Un nacimiento oscuro, sin orillas,
          Nace en la noche de verano,
          En tu pupila nace todo el cielo.

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        Nocturno

          Sombra, trémula sombra de las voces.
          Arrastra el río negro mármoles ahogados.
          ¿Cómo decir del aire asesinado,
          De los vocablos huérfanos,
          Cómo decir del sueño?

          Sombra, trémula sombra de las voces.
          Negra escala de lirios llameantes.
          ¿Cómo decir los nombres, las estrellas,
          Los albos pájaros de los pianos nocturnos
          Y el obelisco del silencio?

          Sombra, trémula sombra de las voces.
          Estatuas derribadas en la luna.
          ¿Cómo decir, camelia,
          La menos flor entre las flores,
          Cómo decir tus blancas geometrías?

          ¿Cómo decir, oh sueño, tu silencio en voces?

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        Nubes

          Islas del cielo, soplo en un soplo suspendido,
          ¡Con pie ligero, semejante al aire,
          Pisar sus playas sin dejar más huella
          Que la sombra del viento sobre el agua!

          ¡Y como el aire entre las hojas
          Perderse en el follaje de la bruma
          Y como el aire ser labios sin cuerpo,
          Cuerpo sin peso, fuerza sin orillas!

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        Nuevo rostro

          La noche borra noches en tu rostro,
          Derrama aceites en tus secos párpados,
          Quema en tu frente el pensamiento
          Y atrás del pensamiento la memoria.

          Entre las sombras que te anegan
          Otro rostro amanece.
          Y siento que a mi lado
          No eres tú la que duerme,
          Sino la niña aquella que fuiste
          Y que esperaba sólo que durmieras
          Para volver y conocerme.

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        Objetos y apariciones

          Hexaedros de madera y de vidrio
          Apenas más grandes que una caja de zapatos.
          En ellos caben la noche y sus lámparas.

          Monumentos a cada momento
          Hechos con los desechos de cada momento:
          Jaulas de infinito.

          Canicas, botones, dedales, dados,
          Alfileres, timbres, cuentas de vidrio:
          Cuentos del tiempo.

          Memoria teje y destejo los ecos:
          En las cuatro esquinas de la caja
          Juegan al aleleví damas sin sombra.

          El fuego enterrado en el espejo,
          El agua dormida en el ágata:
          Solos de Jenny Lind y Jenny Colon.

          "Hay que hacer un cuadro", dijo Degas,
          "Como se comete un crimen". Pero tú construiste
          Cajas donde las cosas se aligeran de sus nombres.

          Slot machine de visiones,
          Vaso de encuentro de las reminiscencias,
          Hotel de grillos y de constelaciones.

          Fragmentos mínimos, incoherentes:
          Al revés de la Historia, creadora de ruinas,
          Tú hiciste con tus ruinas creaciones.

          Teatro de los espíritus:
          Los objetos juegan al aro
          Con las leyes de la identidad.

          Grand Hotel Couronne: en una redoma
          El tres de tréboles y, toda ojos,
          Almendrita en los jardines de un reflejo.

          Un peine es un harpa
          Pulsada por la mirada de una niña
          Muda de nacimiento.

          El reflector del ojo mental
          Disipa el espectáculo:
          Dios solitario sobre un mundo extinto.

          Las apariciones son patentes.
          Sus cuerpos pesan menos que la luz.
          Duran lo que dura esta frase.

          Joseph Cornell: en el interior de tus cajas
          Mis palabras se volvieron visibles un instante.

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        Olvido

          Cierra los ojos y a oscuras piérdete
          Bajo el follaje rojo de tus párpados.
          Húndete en esas espirales
          Del sonido que zumba y cae
          Y suena allí, remoto,
          Hacia el sitio del tímpano,
          Como una catarata ensordecida.

          Hunde tu ser a oscuras,
          Anégate la piel,
          Y más, en tus entrañas;
          Que te deslumbre y ciegue
          El hueso, lívida centella,
          Y entre simas y golfos de tiniebla
          Abra su azul penacho al fuego fatuo.

          En esa sombra líquida del sueño
          Moja tu desnudez;
          Abandona tu forma, espuma
          Que no sabe quién dejó en la orilla;
          Piérdete en ti, infinita,
          En tu infinito ser,
          Ser que se pierde en otro mar:
          Olvídate y olvídame.

          En ese olvido sin edad ni fondo,
          Labios, besos, amor, todo renace:
          Las estrellas son hijas de la noche.

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        Otoño

          En llamas, en otoños incendiadas,
          Arde a veces mi corazón,
          Puro y solo. El viento lo despierta,
          Toca su centro y lo suspende
          En luz que sonríe para nadie:
          ¡Cuánta belleza suelta!

          Busco unas manos,
          Una presencia, un cuerpo,
          Lo que rompe los muros
          Y hace nacer las formas embriagadas,
          Un roce, un son, un giro, un ala apenas,
          Celestes frutos de luz desnuda.

          Busco dentro mí,
          Huesos, violines intocados,
          Vértebras delicadas y sombrías,
          Labios que sueñan labios,
          Manos que sueñan pájaros...

          Y algo que no se sabe y dice "nunca"
          Cae del cielo,
          De ti, mi Dios y mi adversario.

        Arriba

        Palpar

          Mis manos
          Abren las cortinas de tu ser
          Te visten con otra desnudez
          Descubren los cuerpos de tu cuerpo
          Mis manos
          Inventan otro cuerpo a tu cuerpo.

        Arriba

        Pasado en claro

          Oídos con el alma,
          Pasos mentales más que sombras,
          Sombras del pensamiento más que pasos,
          Por el camino de ecos
          Que la memoria inventa y borra:
          Sin caminar caminan
          Sobre este ahora, puente
          Tendido entre una letra y otra.
          Como llovizna sobre brasas
          Dentro de mí los pasos pasan
          Hacia lugares que se vuelven aire.
          Nombres: en una pausa
          Desaparecen, entre dos palabras.
          El sol camina sobre los escombros
          De lo que digo, el sol arrasa los parajes
          Confusamente apenas
          Amaneciendo en esta página,
          El sol abre mi frente,
          Balcón al voladero
          Dentro de mí.

          Me alejo de mí mismo,
          Sigo los titubeos de esta frase,
          Senda de piedras y de cabras.
          Relumbran las palabras en la sombra.
          Y la negra marea de las sílabas
          cubre el papel y entierra
          Sus raíces de tinta
          En el subsuelo del lenguaje.
          Desde mi frente salgo a un mediodía
          Del tamaño del tiempo.
          El asalto de siglos del baniano
          Contra la vertical paciencia de la tapia
          Es menos largo que esta momentánea
          Bifurcación del pensamiento
          Entre lo presentido y lo sentido.
          Ni allá ni aquí: por esa linde
          De duda, transitada
          Sólo por espejeos y vislumbres,
          Donde el lenguaje se desdice,
          Voy al encuentro de mí mismo.
          La hora es bola de cristal.
          Entro en un patio abandonado:
          Aparición de un fresno.
          Verdes exclamaciones
          Del viento entre las ramas.
          Del otro lado está el vacío.
          Patio inconcluso, amenazado
          Por la escritura y sus incertidumbres.
          Ando entre las imágenes de un ojo
          Desmemoriado. Soy una de sus imágenes.
          El fresno, sinuosa llama líquida,
          Es un rumor que se levanta
          Hasta volverse torre hablante.
          Jardín ya matorral: su fiebre inventa bichos
          Que luego copian las mitologías.
          Adobes, cal y tiempo:
          Entre ser y no ser los pardos muros.
          Infinitesimales prodigios en sus grietas:
          El hongo duende, vegetal Mitrídates,
          La lagartija y sus exhalaciones.
          Estoy dentro del ojo: el pozo
          Donde desde el principio un niño
          Está cayendo, el pozo donde cuento
          Lo que tardo en caer desde el principio,
          El pozo de la cuenta de mi cuento
          Por donde sube el agua y baja
          Mi sombra.

          El patio, el muro, el fresno, el pozo
          En una claridad en forma de laguna
          Se desvanecen. Crece en sus orillas
          Una vegetación de transparencias.
          Rima feliz de montes y edificios,
          Se desdobla el paisaje en el abstracto
          Espejo de la arquitectura.
          Apenas dibujada,
          Suerte de coma horizontal (-)
          Entre el cielo y la tierra,
          Una piragua solitaria.
          Las olas hablan nahua.
          Cruza un signo volante las alturas.
          Tal vez es una fecha, conjunción de destinos:
          El haz de cañas, prefiguración del brasero.
          El pedernal, la cruz, esas llaves de sangre
          ¿Alguna vez abrieron las puertas de la muerte?
          La luz poniente se demora,
          Alza sobre la alfombra simétricos incendios,
          Vuelve llama quimérica
          Este volumen lacre que hojeo
          (Estampas: los volcanes, los cúes y, tendido,
          Manto de plumas sobre el agua,
          Tenochtitlán todo empapado en sangre).
          Los libros del estante son ya brasas
          Que el sol atiza con sus manos rojas.
          Se rebela el lápiz a seguir el dictado.
          En la escritura que la nombra
          Se eclipsa la laguna.
          Doblo la hoja. Cuchicheos:
          Me espían entre los follajes
          De las letras.

          Un charco es mi memoria.
          Lodoso espejo: ¿dónde estuve?
          Sin piedad y sin cólera mis ojos
          Me miran a los ojos
          Desde las aguas turbias de ese charco
          Que convocan ahora mis palabras.
          No veo con los ojos: las palabras
          Son mis ojos. vivimos entre nombres;
          Lo que no tiene nombre todavía
          No existe: Adán de lodo,
          No un muñeco de barro, una metáfora.
          Ver al mundo es deletrearlo.
          Espejo de palabras: ¿dónde estuve?
          Mis palabras me miran desde el charco
          De mi memoria. Brillan,
          Entre enramadas de reflejos,
          Nubes varadas y burbujas,
          Sobre un fondo del ocre al brasilado,
          Las sílabas de agua.
          Ondulación de sombras, visos, ecos,
          No escritura de signos: de rumores.
          Mis ojos tienen sed. El charco es senequista:
          El agua, aunque potable, no se bebe: se lee.
          Al sol del altiplano se evaporan los charcos.
          Queda un polvo desleal
          Y unos cuantos vestigios intestados.
          ¿Dónde estuve?

          Yo estoy en donde estuve:
          Entre los muros indecisos
          Del mismo patio de palabras.
          Abderramán, Pompeyo, Xicoténcatl,
          Batallas en el Oxus o en la barda
          Con Ernesto y Guillermo. La mil hojas,
          Verdinegra escultura del murmullo,
          Jaula del sol y la centella
          Breve del chupamirto: la higuera primordial,
          Capilla vegetal de rituales
          Polimorfos, diversos y perversos.
          Revelaciones y abominaciones:
          El cuerpo y sus lenguajes
          Entretejidos, nudo de fantasmas
          Palpados por el pensamiento
          Y por el tacto disipados,
          Argolla de la sangre, idea fija
          En mi frente clavada.
          El deseo es señor de espectros,
          Somos enredaderas de aire
          En árboles de viento,
          Manto de llamas inventado
          Y devorado por la llama.
          La hendedura del tronco:
          Sexo, sello, pasaje serpentino
          Cerrado al sol y a mis miradas,
          Abierto a las hormigas.

          La hendedura fue pórtico
          Del más allá de lo mirado y lo pensado:
          Allá dentro son verdes las mareas,
          La sangre es verde, el fuego verde,
          Entre las yerbas negras arden estrellas verdes:
          Es la música verde de los élitros
          En la prístina noche de la higuera;
          -Allá dentro son ojos las yemas de los dedos,
          El tacto mira, palpan las miradas,
          Los ojos oyen los olores;
          -Allá dentro es afuera,
          Es todas partes y ninguna parte,
          Las cosas son las mismas y son otras,
          Encarcelado en un icosaedro
          Hay un insecto tejedor de música
          Y hay otro insecto que desteje
          Los silogismos que la araña teje
          Colgada de los hilos de la luna;
          -Allá dentro el espacio
          En una mano abierta y una frente
          Que no piensa ideas sino formas
          Que respiran, caminan, hablan, cambian
          Y silenciosamente se evaporan;
          -Allá dentro, país de entretejidos ecos,
          Se despeña la luz, lenta cascada,
          Entre los labios de las grietas:
          La luz es agua, el agua tiempo diáfano
          Donde los ojos lavan sus imágenes;
          -Allá dentro los cables del deseo
          Fingen eternidades de un segundo
          Que la mental corriente eléctrica
          Enciende, apaga, enciende,
          Resurrecciones llameantes
          Del alfabeto calcinado;
          -No hay escuela allá dentro,
          Siempre es el mismo día, la misma noche siempre,
          No han inventado el tiempo todavía,
          No ha envejecido el sol,
          Esta nieve es idéntica a la yerba,
          Siempre y nunca es lo mismo,
          Nunca ha llovido y llueve siempre,
          Todo está siendo y nunca ha sido,
          Pueblo sin nombre de las sensaciones,
          Nombres que buscan cuerpo,
          Impías transparencias,
          Jaulas de claridad donde se anulan
          La identidad entre sus semejanzas,
          La diferencia en sus contradicciones.
          La higuera, sus falacias y su sabiduría:
          Prodigios de la tierra
          -Fidedignos, puntuales, redundantes-
          Y la conversación con los espectros.
          Aprendizajes con la higuera:
          Hablar con vivos y con muertos.
          También conmigo mismo.

          La procesión del año:
          Cambios que son repeticiones.
          El paso de las horas y su peso.
          La madrugada: más que luz, un vaho
          De claridad cambiada en gotas grávidas
          Sobre los vidrios y las hojas:
          El mundo se atenúa
          En esas oscilantes geometrías
          Hasta volverse el filo de un reflejo.
          Brota el día, prorrumpe entre las hojas
          Gira sobre sí mismo
          Y de la vacuidad en que se precipita
          Surge, otra vez corpóreo.
          El tiempo es luz filtrada.
          Revienta el fruto negro
          En encarnada florescencia,
          La rota rama escurre savia lechosa y acre.
          Metamorfosis de la higuera:
          Si el otoño la quema, su luz la transfigura.
          Por los espacios diáfanos
          Se eleva descarnada virgen negra.
          El cielo es giratorio lapizlázuli:
          Viran al ralentí, sus continentes,
          Insubstanciales geografías.
          Llamas entre las nieves de las nubes.
          La tarde más y más es miel quemada.
          Derrumbe silencioso de horizontes:
          La luz se precipita de las cumbres,
          La sombra se derrama por el llano.

          A la luz de la lámpara –la noche
          Ya dueña de la casa y el fantasma
          De mi abuelo ya dueño de la noche-
          Yo penetraba en el silencio,
          Cuerpo sin cuerpo, tiempo
          Sin horas. Cada noche,
          Máquinas transparentes del delirio,
          Dentro de mí los libros levantaban
          Arquitecturas sobre una sima edificadas.
          Las alza un soplo del espíritu,
          Un parpadeo las deshace.
          Yo junté leña con los otros
          Y lloré con el humo de la pira
          Del domador de potros;
          Vagué por la arboleda navegante
          Que arrastra el Tajo turbiamente verde:
          La líquida espesura se encrespaba
          Tras de la fugitiva Galatea;
          Vi en racimos las sombras agolpadas
          Para beber la sangre de la zanja:
          Mejor quebrar terrones
          Por la ración de perro del labrador avaro
          Que regir las naciones pálidas de los muertos;
          Tuve sed, vi demonios en el Gobi;
          En la gruta nadé con la sirena
          (Y después, en el sueño purgativo,
          Fendendo i drappi, e mostravami’l ventre,
          Quel mí svegliò col puzzo che n’nuscia);
          Grabé sobre mi tumba imaginaria:
          No muevas esta lápida,
          Soy rico sólo en huesos;
          Aquellas memorables
          Pecosas peras encontradas
          En la cesta verbal de Villaurrutia;
          Carlos Garrote, eterno medio hermano,
          Dios te salve, me dijo al derribarme
          Y era, por los espejos del insomnio
          Repetido, yo mismo el que me hería;
          Isis y el asno Lucio; el pulpo y Nemo;
          Y los libros marcados por las armas de Príapo,
          Leídos en las tardes diluviales
          El cuerpo tenso, la mirada intensa.
          Nombres anclados en el golfo
          De mi frente: yo escribo porque el druida,
          Bajo el rumor de sílabas del himno,
          Encina bien plantada en una página,
          Me dio el gajo de muérdago, el conjuro
          Que hace brotar palabras de la peña.
          Los nombres acumulan sus imágenes.
          Las imágenes acumulan sus gaseosas,
          Conjeturales confederaciones.
          Nubes y nubes, fantasmal galope
          De las nubes sobre las crestas
          De mi memoria. Adolescencia,
          País de nubes.

          Casa grande,
          Encallada en un tiempo
          Azolvado. La plaza, los árboles enormes
          Donde anidaba el sol, la iglesia enana
          -Su torre les llegaba a las rodillas
          Pero su doble lengua de metal
          A los difuntos despertaba.
          Bajo la arcada, en garbas militares,
          Las cañas, lanzas verdes,
          Carabinas de azúcar;
          En el portal, el tendejón magenta:
          Frescor de agua en penumbra,
          Ancestrales petates, luz trenzada,
          Y sobre el zinc del mostrador,
          Diminutos planetas desprendidos
          Del árbol meridiano,
          Los tejocotes y las mandarinas,
          Amarillos montones de dulzura.
          Giran los años en la plaza,
          Rueda de Santa Catalina,
          Y no se mueven.

          Mis palabras,
          Al hablar de la casa, se agrietan.
          Cuartos y cuartos, habitados
          Sólo por sus fantasmas,
          Sólo por el rencor de los mayores
          Habitados. Familias,
          Criaderos de alacranes:
          Como a los perros dan con la pitanza
          Vidrio molido, nos alimentan con sus odios
          Y la ambición dudosa de ser alguien.
          También me dieron pan, me dieron tiempo,
          Claros en los recodos de los días,
          Remansos para estar solo conmigo.
          Niño entre adultos taciturnos
          Y sus terribles niñerías,
          Niño por los pasillos de altas puertas,
          Habitaciones con retratos,
          Crepusculares cofradías de los ausentes,
          Niño sobreviviente
          De los espejos sin memoria
          Y su pueblo de viento:
          El tiempo y sus encarnaciones
          Resuelto en simulacros de reflejos.
          En mi casa los muertos eran más que los vivos.
          Mi madre, niña de mil años,
          Madre del mundo, huérfana de mí,
          Abnegada, feroz, obtusa, providente,
          Jilguera, perra, hormiga, jabalina,
          Carta de amor con faltas de lenguaje,
          Mi madre: pan que yo cortaba
          Con su propio cuchillo cada día.
          Los fresnos me enseñaron,
          Bajo la lluvia, la paciencia,
          A cantar cara al viento vehemente.
          Virgen somnílocua, una tía
          Me enseñó a ver con los ojos cerrados,
          Ver hacia dentro y a través del muro.
          Mi abuelo a sonreír en la caída
          Y a repetir en los desastres: al hecho, pecho.
          (Esto que digo es tierra
          Sobre tu nombre derramada: blanda te sea).
          Del vómito a la sed,
          Atado al potro del alcohol,
          Mi padre iba y venía entre las llamas.
          Por los durmientes y los rieles
          De una estación de moscas y de polvo
          Una tarde juntamos sus pedazos.
          Yo nunca pude hablar con él.
          Lo encuentro ahora en sueños,
          Esa borrosa patria de los muertos.
          Hablamos siempre de otras cosas.
          Mientras la casa se desmoronaba
          Yo crecía. Fui (soy) yerba, maleza
          Entre escombros anónimos.

          Días
          Como una frente libre, un libro abierto.
          No me multiplicaron los espejos
          Codiciosos que vuelven
          Cosas los hombres, número las cosas:
          Ni mando ni ganancia. La santidad tampoco:
          El cielo para mí pronto fue un cielo
          Deshabitado, una hermosura hueca
          Y adorable. Presencia suficiente,
          Cambiante: el tiempo y sus epifanías.
          No me habló dios entre las nubes:
          Entre las hojas de la higuera
          Me habló el cuerpo, los cuerpos de mi cuerpo.
          Encarnaciones instantáneas:
          Tarde lavada por la lluvia,
          Luz recién salida del agua,
          El vaho femenino de las plantas
          Piel a mi piel pegada: ¡súcubo!
          -Como si al fin el tiempo coincidiese
          Consigo mismo y yo con él,
          Como si el tiempo y sus dos tiempos
          Fuesen un solo tiempo
          Que ya no fuese tiempo, un tiempo
          Donde siempre es ahora y a todas horas siempre,
          Como si yo y mi doble fuesen uno
          Y yo no fuese ya.
          Granada de la hora: bebí sol, comí tiempo.
          Dedos de luz abrían los follajes.
          Zumbar de abejas en mi sangre:
          El blanco advenimiento.
          Me arrojó la descarga
          A la orilla más sola. Fui un extraño
          Entre las vastas ruinas de la tarde.
          Vértigo abstracto: hablé conmigo,
          Fui doble, el tiempo se rompió.

          Atónita en lo alto del minuto
          La carne se hace verbo –y el verbo se despeña.
          Saberse desterrado en la tierra, siendo tierra,
          Es saberse mortal. Secreto a voces
          Y también secreto vacío, sin nada adentro:
          No hay muertos, sólo hay muerte, madre nuestra.
          Lo sabía el azteca, lo adivinaba el griego:
          El agua es fuego y en su tránsito
          Nosotros somos sólo llamaradas.
          La muerte es madre de las formas…
          El sonido, bastón de ciego del sentido:
          Escribo muerte y vivo en ella
          Por un instante. Habito su sonido:
          Es un cubo neumático de vidrio,
          Vibra sobre esta página,
          Desaparece entre sus ecos.
          Paisajes de palabras:
          Los despueblan mis ojos al leerlos.
          No importa: los propagan mis oídos.
          Brotan allá, en las zonas indecisas
          Del lenguaje, palustres poblaciones.
          Son criaturas anfibias, con palabras.
          Pasan de un elemento a otro,
          Se bañan en el fuego, reposan en el aire.
          Están del otro lado. No las oigo, ¿qué dicen?
          No dicen: hablan, hablan.

          Salto de un cuento a otro
          Por un puente colgante de once sílabas.
          Un cuerpo vivo aunque intangible el aire,
          En todas partes siempre y en ninguna.
          Duerme con los ojos abiertos,
          Se acuesta entre las yerbas y amanece rocío,
          Se persigue a sí mismo y habla solo en los túneles,
          Es un tornillo que perfora montes,
          Nadador en la mar brava del fuego
          Es invisible surtidor de ayes
          Levanta a pulso dos océanos,
          Anda perdido por las calles
          Palabra en pena en busca de sentido,
          Aire que se disipa en aire.
          ¿Y para qué digo todo esto?
          Para decir que en pleno mediodía
          El aire se poblaba de fantasmas,
          Sol acuñado en alas,
          Ingrávidas monedas, mariposas.
          Anochecer. En la terraza
          Oficiaba la luna silenciaria.
          La cabeza de muerto, mensajera
          De las ánimas, la fascinante fascinada
          Por las camelias y la luz eléctrica,
          Sobre nuestras cabezas era un revoloteo
          De conjuros opacos. ¡Mátala!
          Gritaban las mujeres
          Y la quemaban como bruja.
          Después, con un suspiro feroz, se santiguaban.
          Luz esparcida, Psiquis…

          ¿Hay mensajeros? Sí,
          Cuerpo tatuado de señales
          Es el espacio, el aire es invisible
          Tejido de llamadas y respuestas.
          Animales y cosas se hacen lenguas,
          A través de nosotros habla consigo mismo
          El universo. Somos un fragmento
          -Pero cabal en su inacabamiento-
          De su discurso. Solipsismo
          Coherente y vacío:
          Desde el principio del principio
          ¿Qué dice? Dice que nos dice.
          Se lo dice a sí mismo. Oh madness of discourse,
          That cause sets up with and against itself!

          Desde lo alto del minuto
          Despeñado en la tarde plantas fanerógamas
          Me descubrió la muerte.
          Y yo en la muerte descubrí al lenguaje.
          El universo habla solo
          Pero los hombres hablan con los hombres:
          Hay historia. Guillermo, Alfonso, Emilio:
          El corral de los juegos era historia
          Y era historia jugar a morir juntos.
          La polvareda, el grito, la caída:
          Algarabía, no discurso.
          En el vaivén errante de las cosas,
          Por las revoluciones de las formas
          Y de los tiempos arrastradas,
          Cada una pelea con las otras,
          Cada una se alza, ciega, contra sí misma.
          Así, según la hora cae desen-
          Lazada, su injusticia pagan. (Anaximandro).
          La injusticia de ser: las cosas sufren
          Unas con otras y consigo mismas
          Por ser un querer más, siempre ser más que más.
          Ser tiempo es la condena, nuestra pena es la historia.
          Pero también es el lugar de prueba:
          Reconocer en el borrón de sangre
          Del lienzo de Verónica la cara
          Del otro-siempre el otro es nuestra víctima.
          Túneles, galerías de la historia
          ¿Sólo la muerte es puerta de salida?
          El escape, quizás, es hacia dentro.
          Purgación del lenguaje, la historia se consume
          En la disolución de los pronombres:
          Ni yo soy ni yo más sino más ser sin yo.
          En el centro del tiempo ya no hay tiempo,
          Es movimiento hecho fijeza, círculo
          Anulado en sus giros.

          Mediodía:
          Llamas verdes los árboles del patio.
          Crepitación de brasas últimas
          Entre la yerba: insectos obstinados.
          Sobre los prados amarillos
          Claridades: los pasos de vidrio del otoño.
          Una congregación fortuita de reflejos,
          Pájaro momentáneo,
          Entra por la enramada de estas letras.
          El sol en mi escritura bebe sombra.
          Entre muros –de piedra no:
          Por la memoria levantados-
          Transitoria arboleda:
          Luz reflexiva entre los troncos
          Y la respiración del viento.
          El dios sin cuerpo, el dios sin nombre
          Que llamamos con nombres
          Vacíos –con los nombres del vacío-,
          El dios del tiempo, el dios que es tiempo,
          Pasa entre los ramajes
          Que escribo. Dispersión de nubes
          Sobre un espejo neutro:
          En la disipación de las imágenes
          El alma es ya, vacante, espacio puro.
          En quietud se resuelve el movimiento.
          Insiste el sol, se clava
          En la corola de la hora absorta.
          Llama en el tallo de agua
          De las palabras que la dicen,
          La flor es otro sol.
          La quietud en sí misma
          Se disuelve. Transcurre el tiempo
          Sin transcurrir. Pasa y se queda. Acaso,
          Aunque todos pasamos, no pasa ni se queda:
          Hay un tercer estado.

          Hay un estar tercero:
          El ser sin ser, la plenitud vacía,
          Hora sin horas y otros nombres
          Con que se muestra y se dispersa
          En las confluencias del lenguaje
          No la presencia: su presentimiento.
          Los nombres que la nombran dicen: nada,
          Palabras de dos filos, palabra entre dos huecos.
          Su casa, edificada sobre el aire
          Con ladrillos de fuego y muros de agua,
          Se hace y se deshace y es la misma
          Desde el principio. Es dios:
          Habita nombres que lo niegan.
          En las conversaciones con la higuera
          O entre los blancos del discurso,
          En la conjuración de las imágenes
          Contra mis párpados cerrados
          El desvarío de las simetrías,
          Los arenales del insomnio,
          El dudoso jardín de la memoria
          O en los senderos divagantes
          Era el eclipse de las claridades.
          Aparecía en cada forma
          De desvanecimiento.

          Dios sin cuerpo,
          Con lenguajes de cuerpo lo nombraban
          Mis sentidos. Quise nombrarlo
          Con un nombre solar,
          Una palabra sin revés.
          Fatigué el cubilete y el ars combinatoria.
          Una sonaja de semillas secas
          Las letras rotas de los nombres:
          Hemos quebrantado a los nombres
          Hemos deshonrado a los nombres.
          Ando en busca del nombre desde entonces.
          Me fui tras un murmullo de lenguajes,
          Ríos entre los pedregales
          Color ferrigno de estos tiempos.
          Pirámides de huesos, pudrideros verbales:
          Nuestros señores son gárrulos y feroces.
          Alcé con las palabras y sus sombras
          Una casa ambulante de reflejos
          Torre que anda, construcción en viento.
          El tiempo y sus combinaciones:
          Los años y los muertos y las sílabas,
          Cuentos distintos de la misma cuenta.
          Espiral de los ecos, el poema
          Es aire que se esculpe y se disipa,
          Fugaz alegoría de los nombres
          Verdaderos. A veces la página respira:
          Los enjambres de signos, las repúblicas
          Errantes de sonidos y sentidos,
          En rotación magnética se enlazan y dispersan
          Sobre el papel.

          Estoy en donde estuve:
          Voy detrás del murmullo,
          Pasos dentro de mí, oídos con los ojos,
          El murmullo es mental, yo soy mis pasos,
          Oigo las voces que yo pienso,
          Las voces que me piensan al pensarlas.
          Soy la sombra que arrojan mis palabras.

        Arriba

        Pequeño monumento

          Fluye el tiempo inmortal y en su latido
          Sólo palpita estéril insistencia,
          Sorda avidez de nada, indiferencia,
          Pulso de arena, azogue sin sentido.

          Resuelto al fin en fechas lo vivido
          Veo, ya edad, el sueño y la inocencia,
          Puñado de aridez en mi conciencia,
          Sílabas que disperso sin ruido.

          Vuelvo el rostro: no soy sino la estela
          De mí mismo, la ausencia que deserto,
          El eco del silencio de mi grito.

          Mirada que al mirarse se congela,
          Haz de reflejos, simulacro incierto:
          Al penetrar en mí me deshabito.

        Arriba

        Piedra de sol

          La treizième revient... c'est encor la première;
          Et c'est toujours la seule-ou c'est le seul moment;
          Car es-tu reine, ô toi, la première ou dernière?
          Es-tu roi, toi le seul ou le dernier amant?
          Gérard de Nerval (Arthémis)

          Un sauce de cristal, un chopo de agua,
          Un alto surtidor que el viento arquea,
          Un árbol bien plantado más danzante,
          Un caminar de río que se curva,
          Avanza, retrocede, da un rodeo
          Y llega siempre:
          Un caminar tranquilo
          De estrella o primavera sin premura,
          Agua que con los párpados cerrados
          Mana toda la noche profecías,
          Unánime presencia en oleaje,
          Ola tras ola hasta cubrirlo todo,
          Verde soberanía sin ocaso
          Como el deslumbramiento de las alas
          Cuando se abren en mitad del cielo,

          Un caminar entre las espesuras
          De los días futuros y el aciago
          Fulgor de la desdicha como un ave
          Petrificando el bosque con su canto
          Y las felicidades inminentes
          Entre las ramas que se desvanecen,
          Horas de luz que pican ya los pájaros,
          Presagios que se escapan de la mano,

          Una presencia como un canto súbito,
          Como el viento cantando en el incendio,
          Una mirada que sostiene en vilo
          Al mundo con sus mares y sus montes,
          Cuerpo de luz filtrado por un ágata,
          Piernas de luz, vientre de luz, bahías,
          Roca solar, cuerpo color de nube,
          Color de día rápido que salta,
          La hora centellea y tiene cuerpo,
          El mundo ya es visible por tu cuerpo,
          Es transparente por tu transparencia,

          Voy entre galerías de sonidos,
          Fluyo entre las presencias resonantes,
          Voy por las transparencias como un ciego,
          Un reflejo me borra, nazco en otro,
          Oh bosque de pilares encantados,
          Bajo los arcos de la luz penetro
          Los corredores de un otoño diáfano,

          Voy por tu cuerpo como por el mundo,
          Tu vientre es una plaza soleada,
          Tus pechos dos iglesias donde oficia
          La sangre sus misterios paralelos,
          Mis miradas te cubren como yedra,
          Eres una ciudad que el mar asedia,
          Una muralla que la luz divide
          En dos mitades de color durazno,
          Un paraje de sal, rocas y pájaros
          Bajo la ley del mediodía absorto,

          Vestida del color de mis deseos
          Como mi pensamiento vas desnuda,
          Voy por tus ojos como por el agua,
          Los tigres beben sueño de esos ojos,
          El colibrí se quema en esas llamas,
          Voy por tu frente como por la luna,
          Como la nube por tu pensamiento,
          Voy por tu vientre como por tus sueños,

          Tu falda de maíz ondula y canta,
          Tu falda de cristal, tu falda de agua,
          Tus labios, tus cabellos, tus miradas,
          Toda la noche llueves, todo el día
          Abres mi pecho con tus dedos de agua,
          Cierras mis ojos con tu boca de agua,
          Sobre mis huesos llueves, en mi pecho
          Hunde raíces de agua un árbol líquido,

          Voy por tu talle como por un río,
          Voy por tu cuerpo como por un bosque,
          Como por un sendero en la montaña
          Que en un abismo brusco se termina
          Voy por tus pensamientos afilados
          Y a la salida de tu blanca frente
          Mi sombra despeñada se destroza,
          Recojo mis fragmentos uno a uno
          Y prosigo sin cuerpo, busco a tientas,

          Corredores sin fin de la memoria,
          Puertas abiertas a un salón vacío
          Donde se pudren todos los veranos,
          Las joyas de la sed arden al fondo,
          Rostro desvanecido al recordarlo,
          Mano que se deshace si la toco,
          Cabelleras de arañas en tumulto
          Sobre sonrisas de hace muchos años,

          A la salida de mi frente busco,
          Busco sin encontrar, busco un instante,
          Un rostro de relámpago y tormenta
          Corriendo entre los árboles nocturnos,
          Rostro de lluvia en un jardín a obscuras,
          Agua tenaz que fluye a mi costado,

          Busco sin encontrar, escribo a solas,
          No hay nadie, cae el día, cae el año,
          Caigo en el instante, caigo al fondo,
          Invisible camino sobre espejos
          Que repiten mi imagen destrozada,
          Piso días, instantes caminados,
          Piso los pensamientos de mi sombra,
          Piso mi sombra en busca de un instante,

          Busco una fecha viva como un pájaro,
          Busco el sol de las cinco de la tarde
          Templado por los muros de tezontle:
          La hora maduraba sus racimos
          Y al abrirse salían las muchachas
          De su entraña rosada y se esparcían
          Por los patios de piedra del colegio,
          Alta como el otoño caminaba
          Envuelta por la luz bajo la arcada
          Y el espacio al ceñirla la vestía
          De un piel más dorada y transparente,

          Tigre color de luz, pardo venado
          Por los alrededores de la noche,
          Entrevista muchacha reclinada
          En los balcones verdes de la lluvia,
          Adolescente rostro innumerable,
          He olvidado tu nombre, Melusina,
          Laura, Isabel, Perséfona, María,
          Tienes todos los rostros y ninguno,
          Eres todas las horas y ninguna,
          Te pareces al árbol y a la nube,
          Eres todos los pájaros y un astro,
          Te pareces al filo de la espada
          Y a la copa de sangre del verdugo,
          Yedra que avanza, envuelve y desarraiga
          Al alma y la divide de sí misma,

          Escritura de fuego sobre el jade,
          Grieta en la roca, reina de serpientes,
          Columna de vapor, fuente en la peña,
          Circo lunar, peñasco de las águilas,
          Grano de anís, espina diminuta
          Y mortal que da penas inmortales,
          Pastora de los valles submarinos
          Y guardiana del valle de los muertos,
          Liana que cuelga del cantil del vértigo,
          Enredadera, planta venenosa,
          Flor de resurrección, uva de vida,
          Señora de la flauta y del relámpago,
          Terraza del jazmín, sal en la herida,
          Ramo de rosas para el fusilado,
          Nieve en agosto, luna del patíbulo,
          Escritura del mar sobre el basalto,
          Escritura del viento en el desierto,
          Testamento del sol, granada, espiga,

          Rostro de llamas, rostro devorado,
          Adolescente rostro perseguido
          Años fantasmas, días circulares
          Que dan al mismo patio, al mismo muro,
          Arde el instante y son un solo rostro
          Los sucesivos rostros de la llama,
          Todos los nombres son un solo nombre
          Todos los rostros son un solo rostro,
          Todos los siglos son un solo instante
          Y por todos los siglos de los siglos
          Cierra el paso al futuro un par de ojos,

          No hay nada frente a mí, sólo un instante
          Rescatado esta noche, contra un sueño
          De ayuntadas imágenes soñado,
          Duramente esculpido contra el sueño,
          Arrancado a la nada de esta noche,
          A pulso levantado letra a letra,
          Mientras afuera el tiempo se desboca
          Y golpea las puertas de mi alma
          El mundo con su horario carnicero,

          Sólo un instante mientras las ciudades,
          Los nombres, los sabores, lo vivido,
          Se desmoronan en mi frente ciega,
          Mientras la pesadumbre de la noche
          Mi pensamiento humilla y mi esqueleto,
          Y mi sangre camina más despacio
          Y mis dientes se aflojan y mis ojos
          Se nublan y los días y los años
          Sus horrores vacíos acumulan,

          Mientras el tiempo cierra su abanico
          Y no hay nada detrás de sus imágenes
          El instante se abisma y sobrenada
          Rodeado de muerte, amenazado
          Por la noche y su lúgubre bostezo,
          Amenazado por la algarabía
          De la muerte vivaz y enmascarada
          El instante se abisma y se penetra,
          Como un puño se cierra, como un fruto
          Que madura hacia dentro de sí mismo
          Y a sí mismo se bebe y se derrama
          El instante translúcido se cierra
          Y madura hacia dentro, echa raíces,
          Crece dentro de mí, me ocupa todo,
          Me expulsa su follaje delirante,
          Mis pensamientos sólo son sus pájaros,
          Su mercurio circula por mis venas,
          Árbol mental, frutos sabor de tiempo,

          Oh vida por vivir y ya vivida,
          Tiempo que vuelve en una marejada
          Y se retira sin volver el rostro,
          Lo que pasó no fue pero está siendo
          Y silenciosamente desemboca
          En otro instante que se desvanece:

          Frente a la tarde de salitre y piedra
          Armada de navajas invisibles
          Una roja escritura indescifrable
          Escribes en mi piel y esas heridas
          Como un traje de llamas me recubren,
          Ardo sin consumirme, busco el agua
          Y en tus ojos no hay agua, son de piedra,
          Y tus pechos, tu vientre, tus caderas
          Son de piedra, tu boca sabe a polvo,
          Tu boca sabe a tiempo emponzoñado,
          Tu cuerpo sabe a pozo sin salida,
          Pasadizo de espejos que repiten
          Los ojos del sediento, pasadizo
          Que vuelve siempre al punto de partida,
          Y tú me llevas ciego de la mano
          Por esas galerías obstinadas
          Hacia el centro del círculo y te yergues
          Como un fulgor que se congela en hacha,
          Como luz que desuella, fascinante
          Como el cadalso para el condenado,
          Flexible como el látigo y esbelta
          Como un arma gemela de la luna,
          Y tus palabras afiladas cavan
          Mi pecho y me despueblan y vacían,
          Uno a uno me arrancas los recuerdos,
          He olvidado mi nombre, mis amigos
          Gruñen entre los cerdos o se pudren
          Comidos por el sol en un barranco,

          No hay nada en mí sino una larga herida,
          Una oquedad que ya nadie recorre,
          Presente sin ventanas, pensamiento
          Que vuelve, se repite, se refleja
          Y se pierde en su misma transparencia,
          Conciencia traspasada por un ojo
          Que se mira mirarse hasta anegarse
          De claridad:
          Yo vi tu atroz escama,
          Melusina, brillar verdosa al alba,
          Dormías enroscada entre las sábanas
          Y al despertar gritaste como un pájaro
          Y caíste sin fin, quebrada y blanca,
          Nada quedó de ti sino tu grito,
          Y al cabo de los siglos me descubro
          Con tos y mala vista, barajando
          Viejas fotos:
          No hay nadie, no eres nadie,
          Un montón de ceniza y una escoba,
          Un cuchillo mellado y un plumero,
          Un pellejo colgado de unos huesos,
          Un racimo ya seco, un hoyo negro
          Y en el fondo del hoyo los dos ojos
          De una niña ahogada hace mil años,

          Miradas enterradas en un pozo,
          Miradas que nos ven desde el principio,
          Mirada niña de la madre vieja
          Que ve en el hijo grande un padre joven,
          Mirada madre de la niña sola
          Que ve en el padre grande un hijo niño,
          Miradas que nos miran desde el fondo
          De la vida y son trampas de la muerte
          ¿O es al revés: caer en esos ojos
          Es volver a la vida verdadera?,

          ¡Caer, volver, soñarme y que me sueñen
          Otros ojos futuros, otra vida,
          Otras nubes, morirme de otra muerte!
          Esta noche me basta, y este instante
          Que no acaba de abrirse y revelarme
          Dónde estuve, quién fui, cómo te llamas,
          Cómo me llamo yo:
          ¿Hacía planes
          Para el verano? ¿Y todos los veranos
          En Christopher Street, hace diez años,
          Con Filis que tenía dos hoyuelos
          Donde bebían luz los gorriones?,
          ¿Por la Reforma Carmen me decía
          "No pesa el aire, aquí siempre es octubre",
          O se lo dijo a otro que he perdido
          O yo lo invento y nadie me lo ha dicho?,
          ¿Caminé por la noche de Oaxaca,
          Inmensa y verdinegra como un árbol,
          Hablando solo como el viento loco
          Y al llegar a mi cuarto? ¿Siempre un cuarto?
          ¿No me reconocieron los espejos?,
          ¿Desde el hotel Vernet vimos al alba
          Bailar con los castaños? ¿"Ya es muy tarde"
          Decías al peinarte y yo veía
          Manchas en la pared, sin decir nada?,
          ¿Subimos juntos a la torre, vimos
          Caer la tarde desde el arrecife?
          ¿Comimos uvas en Bidart?, ¿compramos
          Gardenias en Perote?,
          Nombres, sitios,
          Calles y calles, rostros, plazas, calles,
          Estaciones, un parque, cuartos solos,
          Manchas en la pared, alguien se peina,
          Alguien canta a mi lado, alguien se viste,
          Cuartos, lugares, calles, nombres, cuartos,

          Madrid, 1937,
          En la Plaza del Ángel las mujeres
          Cosían y cantaban con sus hijos,
          Después sonó la alarma y hubo gritos,
          Casas arrodilladas en el polvo,
          Torres hendidas, frentes esculpidas
          Y el huracán de los motores, fijo:
          Los dos se desnudaron y se amaron
          Por defender nuestra porción eterna,
          Nuestra ración de tiempo y paraíso,
          Tocar nuestra raíz y recobrarnos,
          Recobrar nuestra herencia arrebatada
          Por ladrones de vida hace mil siglos,
          Los dos se desnudaron y besaron
          Porque las desnudeces enlazadas
          Saltan el tiempo y son invulnerables,
          Nada las toca, vuelven al principio,
          No hay tú ni yo, mañana, ayer ni nombres,
          Verdad de dos en sólo un cuerpo y alma,
          Oh ser total...
          Cuartos a la deriva
          Entre ciudades que se van a pique,
          Cuartos y calles, nombres como heridas,
          El cuarto con ventanas a otros cuartos
          Con el mismo papel descolorido
          Donde un hombre en camisa lee el periódico
          O plancha una mujer; el cuarto claro
          Que visitan las ramas de un durazno;
          El otro cuarto: afuera siempre llueve
          Y hay un patio y tres niños oxidados;
          Cuartos que son navíos que se mecen
          En un golfo de luz; o submarinos:
          El silencio se esparce en olas verdes,
          Todo lo que tocamos fosforece;
          Mausoleos de lujo, ya roídos
          Los retratos, raídos los tapetes;
          Trampas, celdas, cavernas encantadas,
          Pajareras y cuartos numerados,
          Todos se transfiguran, todos vuelan,
          Cada moldura es nube, cada puerta
          Da al mar, al campo, al aire, cada mesa
          Es un festín; cerrados como conchas
          El tiempo inútilmente los asedia,
          No hay tiempo ya, ni muro: ¡espacio, espacio,
          Abre la mano, coge esta riqueza,
          Corta los frutos, come de la vida,
          Tiéndete al pie del árbol, bebe el agua!,

          Todo se transfigura y es sagrado,
          Es el centro del mundo cada cuarto,
          Es la primera noche, el primer día,
          El mundo nace cuando dos se besan,
          Gota de luz de entrañas transparentes
          El cuarto como un fruto se entreabre
          O estalla como un astro taciturno
          Y las leyes comidas de ratones,
          Las rejas de los bancos y las cárceles,
          Las rejas de papel, las alambradas,
          Los timbres y las púas y los pinchos,
          El sermón monocorde de las armas,
          El escorpión meloso y con bonete,
          El tigre con chistera, presidente
          Del Club Vegetariano y la Cruz Roja,
          El burro pedagogo, el cocodrilo
          Metido a redentor, padre de pueblos,
          El jefe, el tiburón, el arquitecto
          Del porvenir, el cerdo uniformado,
          El hijo predilecto de la Iglesia
          Que se lava la negra dentadura
          Con el agua bendita y toma clases
          De inglés y democracia, las paredes
          Invisibles, las máscaras podridas
          Que dividen al hombre de los hombres,
          Al hombre de sí mismo,
          Se derrumban
          Por un instante inmenso y vislumbramos
          Nuestra unidad perdida, el desamparo
          Que es ser hombres, la gloria que es ser hombres
          Y compartir el pan, el sol, la muerte,
          El olvidado asombro de estar vivos;

          Amar es combatir, si dos se besan
          El mundo cambia, encarnan los deseos,
          El pensamiento encarna, brotan las alas
          En las espaldas del esclavo, el mundo
          Es real y tangible, el vino es vino,
          El pan vuelve a saber, el agua es agua,
          Amar es combatir, es abrir puertas,
          Dejar de ser fantasma con un número
          A perpetua cadena condenado
          Por un amo sin rostro;
          El mundo cambia
          Si dos se miran y se reconocen,
          Amar es desnudarse de los nombres:
          "Déjame ser tu puta", son palabras
          De Eloísa, mas él cedió a las leyes,
          La tomó por esposa y como premio
          Lo castraron después;
          Mejor el crimen,
          Los amantes suicidas, el incesto
          De los hermanos como dos espejos
          Enamorados de su semejanza,
          Mejor comer el pan envenenado,
          El adulterio en lechos de ceniza,
          Los amores feroces, el delirio,
          Su yedra ponzoñosa, el sodomita
          Que lleva por clavel en la solapa
          Un gargajo, mejor ser lapidado
          En las plazas que dar vuelta a la noria
          Que exprime la substancia de la vida,
          Cambia la eternidad en horas huecas,
          Los minutos en cárceles, el tiempo
          En monedas de cobre y mierda abstracta;

          Mejor la castidad, flor invisible
          Que se mece en los tallos del silencio,
          El difícil diamante de los santos
          Que filtra los deseos, sacia al tiempo,
          Nupcias de la quietud y el movimiento,
          Canta la soledad en su corola,
          Pétalo de cristal en cada hora,
          El mundo se despoja de sus máscaras
          Y en su centro, vibrante transparencia,
          Lo que llamamos Dios, el ser sin nombre,
          Se contempla en la nada, el ser sin rostro
          Emerge de sí mismo, sol de soles,
          Plenitud de presencias y de nombres;

          Sigo mi desvarío, cuartos, calles,
          Camino a tientas por los corredores
          Del tiempo y subo y bajo sus peldaños
          Y sus paredes palpo y no me muevo,
          Vuelvo donde empecé, busco tu rostro,
          Camino por las calles de mí mismo
          Bajo un sol sin edad, y tú a mi lado
          Caminas como un árbol, como un río
          Caminas y me hablas como un río,
          Creces como una espiga entre mis manos,
          Lates como una ardilla entre mis manos,
          Vuelas como mil pájaros, tu risa
          Me ha cubierto de espumas, tu cabeza
          Es un astro pequeño entre mis manos,
          El mundo reverdece si sonríes
          Comiendo una naranja,
          El mundo cambia
          Si dos, vertiginosos y enlazados,
          Caen sobre la yerba, el cielo baja,
          Los árboles ascienden, el espacio
          Sólo es luz y silencio, sólo espacio
          Abierto para el águila del ojo,
          Pasa la blanca tribu de las nubes,
          Rompe amarras el cuerpo, zarpa el alma,
          Perdemos nuestros nombres y flotamos
          A la deriva entre el azul y el verde,
          Tiempo total donde no pasa nada
          Sino su propio transcurrir dichoso,

          No pasa nada, callas, parpadeas
          (Silencio: cruzó un ángel este instante
          Grande como la vida de cien soles),
          ¿No pasa nada, sólo un parpadeo?
          Y el festín, el destierro, el primer crimen,
          La quijada del asno, el ruido opaco
          Y la mirada incrédula del muerto
          Al caer en el llano ceniciento,
          Agamenón y su mugido inmenso
          Y el repetido grito de Casandra
          Más fuerte que los gritos de las olas,
          Sócrates en cadenas (el sol nace,
          Morir es despertar: "Critón, un gallo
          A Esculapio, ya sano de la vida"),
          El chacal que diserta entre las ruinas
          De Nínive, la sombra que vio Bruto
          Antes de la batalla, Moctezuma
          En el lecho de espinas de su insomnio,
          El viaje en la carretera hacia la muerte
          ¿El viaje interminable más contado
          Por Robespierre minuto tras minuto,
          La mandíbula rota entre las manos?,
          Churruca en su barrica como un trono
          Escarlata, los pasos ya contados
          De Lincoln al salir hacia el teatro,
          El estertor de Trotsky y sus quejidos
          De jabalí, Madero y su mirada
          Que nadie contestó: "¿por qué me matan?",
          Los carajos, los ayes, los silencios
          Del criminal, el santo, el pobre diablo,
          Cementerio de frases y de anécdotas
          Que los perros retóricos escarban,
          El delirio, el relincho, el ruido obscuro
          Que hacemos al morir y ese jadeo
          Que la vida que nace y el sonido
          De huesos machacados en la riña
          Y la boca de espuma del profeta
          Y su grito y el grito del verdugo
          Y el grito de la víctima...
          Son llamas
          Los ojos y son llamas lo que miran,
          Llama la oreja y el sonido llama,
          Brasa los labios y tizón la lengua,
          El tacto y lo que toca, el pensamiento
          Y lo pensado, llama el que lo piensa,
          Todo se quema, el universo es llama,
          Arde la misma nada que no es nada
          Sino un pensar en llamas, al fin humo:
          No hay verdugo ni víctima...
          ¿Y el grito
          En la tarde del viernes?, y el silencio
          Que se cubre de signos, el silencio
          Que dice sin decir, ¿no dice nada?,
          ¿No son nada los gritos de los hombres?,
          ¿No pasa nada cuando pasa el tiempo?

          No pasa nada, sólo un parpadeo
          Del sol, un movimiento apenas, nada,
          No hay redención, no vuelve atrás el tiempo,
          Los muertos están fijos en su muerte
          Y no pueden morirse de otra muerte,
          Intocables, clavados en su gesto,
          Desde su soledad, desde su muerte
          Sin remedio nos miran sin mirarnos,
          Su muerte ya es la estatua de su vida,
          Un siempre estar ya nada para siempre,
          Cada minuto es nada para siempre,
          Un rey fantasma rige sus latidos
          Y tu gesto final, tu dura máscara
          Labra sobre tu rostro cambiante:
          El monumento somos de una vida
          Ajena y no vivida, apenas nuestra,

          ¿La vida, cuándo fue de veras nuestra?,
          ¿Cuando somos de veras lo que somos?,
          Bien mirado no somos, nunca somos
          A solas sino vértigo y vacío,
          Muecas en el espejo, horror y vómito,
          Nunca la vida es nuestra, es de los otros,
          La vida no es de nadie, todos somos
          La vida, ¿pan de sol para los otros,
          Los otros todos que nosotros somos?,
          Soy otro cuando soy, los actos míos
          Son más míos si son también de todos,
          Para que pueda ser he de ser otro,
          Salir de mí, buscarme entre los otros,
          Los otros que no son si yo no existo,
          Los otros que me dan plena existencia,
          No soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
          La vida es otra, siempre allá, más lejos,
          Fuera de ti, de mí, siempre horizonte,
          Vida que nos desvive y enajena,
          Que nos inventa un rostro y lo desgasta,
          Hambre de ser, oh muerte, pan de todos,

          Eloísa, Perséfona, María,
          Muestra tu rostro al fin para que vea
          Mi cara verdadera, la del otro,
          Mi cara de nosotros siempre todos,
          Cara de árbol y de panadero,
          De chófer y de nube y de marino,
          Cara de sol y arroyo y Pedro y Pablo,
          Cara de solitario colectivo,
          Despiértame, ya nazco:
          Vida y muerte
          Pactan en ti, señora de la noche,
          Torre de claridad, reina del alba,
          Virgen lunar, madre del agua madre,
          Cuerpo del mundo, casa de la muerte,
          Caigo sin fin desde mi nacimiento,
          Caigo en mí mismo sin tocar mi fondo,
          Recógeme en tus ojos, junta el polvo
          Disperso y reconcilia mis cenizas,
          Ata mis huesos divididos, sopla
          Sobre mi ser, entiérrame en tu tierra,
          Tu silencio dé paz al pensamiento
          Contra sí mismo airado;
          Abre la mano,
          Señora de semillas que son días,
          El día es inmortal, asciende, crece,
          Acaba de nacer y nunca acaba,
          Cada día es nacer, un nacimiento
          Es cada amanecer y yo amanezco,
          Amanecemos todos, amanece
          El sol cara de sol, Juan amanece
          Con su cara de Juan, cara de todos,

          Puerta del ser, despiértame, amanece,
          Déjame ver el rostro de este día,
          Déjame ver el rostro de esta noche,
          Todo se comunica y transfigura,
          Arco de sangre, puente de latidos,
          Llévame al otro lado de esta noche,
          Adonde yo soy tú, somos nosotros,
          Al reino de pronombres enlazados,

          Puerta del ser: abre tu ser, despierta,
          Aprende a ser también, labra tu cara,
          Trabaja tus facciones, ten un rostro
          Para mirar mi rostro y que te mire,
          Para mirar la vida hasta la muerte,
          Rostro de mar, de pan, de roca y fuente,
          Manantial que disuelve nuestros rostros
          En el rostro sin nombre, el ser sin rostro,
          Indecible presencia de presencias...

          Quiero seguir, ir más allá, y no puedo:
          Se despeñó el instante en otro y otro,
          Dormí sueños de piedra que no sueña
          Y al cabo de los años como piedras
          Oí cantar mi sangre encarcelada,
          Con un rumor de luz el mar cantaba,
          Una a una cedían las murallas,
          Todas las puertas se desmoronaban
          Y el sol entraba a saco por mi frente,
          Despegaba mis párpados cerrados,
          Desprendía mi ser de su envoltura,
          Me arrancaba de mí, me separaba
          De mi bruto dormir siglos de piedra
          Y su magia de espejos revivía
          Un sauce de cristal, un chopo de agua,
          Un alto surtidor que el viento arquea,
          Un árbol bien plantado mas danzante,
          Un caminar de río que se curva,
          Avanza, retrocede, da un rodeo
          Y llega siempre.

          México, 1957.

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        Piedra de toque

          Aparece
          Ayúdame a existir
          Ayúdate a existir
          Oh inexistente por la que existo
          Oh presentida que me presiente
          Soñada que me sueña
          Aparecida desvanecida
          Ven vuela adviene despierta
          Rompe diques avanza
          Maleza de blancuras
          Marea de armas blancas
          Mar sin brida galopando en la noche
          Estrella en pie
          Esplendor que te clavas en el pecho
          (Canta herida ciérrate boca)
          Aparece
          Hoja en blanco tatuada de otoño
          Bello astro de pausados movimientos de tigre
          Perezoso relámpago
          Águila fija parpadeante
          Cae pluma flecha engalanada cae
          Da al fin la hora del encuentro
          Reloj de Sangre
          Piedra de toque de esta vida.

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        Piedra nativa

          La luz devasta las alturas
          Manadas de imperios en derrota
          El ojo retrocede cercado de reflejos

          Países vastos como el insomnio
          Pedregales de hueso

          Otoño sin confines
          Alza la sed sus invisibles surtidores
          Un último pirú predica en el desierto

          Cierra los ojos y oye cantar la luz:
          El mediodía anida en tu tímpano

          Cierra los ojos y ábrelos:
          No hay nadie ni siquiera tú mismo
          Lo que no es piedra es luz

          Como las piedras del Principio
          Como el principio de la Piedra
          Como al Principio piedra contra piedra
          Los fastos de la noche:
          El poema todavía sin rostro
          El bosque todavía sin árboles
          Los cantos todavía sin nombre

          Mas ya la luz irrumpe con pasos de leopardo
          Y la palabra se levanta ondula cae
          Y es una larga herida y un silencio sin mácula

          La alegría madura como un fruto
          El fruto madura hasta ser sol
          El sol madura hasta ser hombre
          El hombre madura hasta ser astro
          Nunca la luz se repartió en tantas luces
          Los árboles las calles las montañas
          Se despliegan en olas transparentes
          Una muchacha ríe a la entrada del día
          Es una pluma ardiendo el canto del canario
          La música muestra sus brazos desnudos
          Su espalda desnuda su pensamiento desnudo
          En el calor se afila el instante dichoso
          Agua tierra y sol son un solo cuerpo
          La hora y su campana se disuelven
          Las piedras los paisajes se evaporan
          Todos se han ido sin volver el rostro
          Los amigos las bellas a la orilla del vértigo
          Zarpan las casas la iglesia los tranvías
          El mundo emprende el vuelo
          También mi cuerpo se me escapa
          Y entre las claridades se me pierde
          El sol lo cubre todo lo ve todo
          Y en su mirada fija nos bañamos
          Y en su pupila largamente nos quemamos
          Y en los abismos de su luz caemos
          Música despeñada
          Y ardemos y no dejamos huella.

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        Pilares

          And whilst our souls negotiate there
          We like sepulchral statues lay.
          John Donne

          La plaza es diminuta.
          Cuatro muros leprosos,
          Una fuente sin agua,
          Dos bancas de cemento
          Y fresnos malheridos.
          El estruendo, remoto,
          De ríos ciudadanos.
          Indecisa y enorme,
          Rueda la noche y borra
          Graves arquitecturas.
          Ya encendieron las lámparas.
          En los golfos de sombra,
          En esquinas y quicios,
          Brotan columnas vivas
          E inmóviles: parejas.
          Enlazadas y quietas,
          Entretejen murmullos:
          Pilares de latidos.

          En el otro hemisferio
          La noche es femenina,
          Abundante y acuática.
          Hay islas que llamean
          En las aguas del cielo.
          Las hojas del banano
          Vuelven verde la sombra.
          En mitad del espacio
          Ya somos, enlazados,
          Un árbol que respira.
          Nuestros cuerpos se cubren
          De una yedra de sílabas.

          Follajes de rumores,
          Insomnio de los grillos
          En la yerba dormida,
          Las estrellas se bañan
          En un charco de ranas,
          El verano acumula
          Allá arriba sus cántaros,
          Con manos visibles
          El aire abre una puerta.
          Tu frente es la terraza
          Que prefiere la luna.

          El instante es inmenso,
          El mundo ya es pequeño.
          Yo me pierdo en tus ojos
          Y al perderme te miro
          En mis ojos perdida.
          Se quemaron los nombres,
          Nuestros cuerpos se han ido.
          Estamos en el centro
          Imantado de dónde.

          Inmóviles parejas
          En un parque de México
          O en un jardín asiático:
          Bajo estrellas distintas
          Diarias eucaristías.
          Por la escala del tacto
          Bajamos ascendemos
          Al arriba de abajo,
          Reino de las raíces,
          República de alas.

          Los cuerpos anudados
          Son el libro del alma:
          Con los ojos cerrados,
          Con mi tacto y mi lengua,
          Deletreo en tu cuerpo
          La escritura del mundo.
          Un saber ya sin nombres:
          El sabor de esta tierra.

          Breve luz suficiente
          Que ilumina y nos ciega
          Como el súbito brote
          De la espiga y el semen.
          Entre el fin y el comienzo
          Un instante sin tiempo
          Frágil arco de sangre,
          Puente sobre el vacío.

          Al trabarse los cuerpos
          Un relámpago esculpen.

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        Por la calle de Galeana

          Golpean martillos allá arriba
          Voces pulverizadas
          Desde la punta de la tarde bajan
          Verticalmente los albañiles

          Estamos entre azul y buenas noches
          Aquí comienzan los baldíos
          Un charco anémico de pronto llamea
          La sombra de un colibrí lo incendia

          Al llegar a las primeras casas
          El verano se oxida
          Alguien ha cerrado la puerta alguien
          Habla con su sombra

          Pardea ya no hay nadie en la calle
          Ni siquiera este perro
          Asustado de andar solo por ella
          Da miedo cerrar los ojos.

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        Pregunta

          Déjame, sí, déjame, dios o ángel, demonio.
          Déjame a solas, turba angélica,
          Solo conmigo, con mi multitud.
          Estoy con uno como yo,
          Que no me reconoce y me muestra mis armas;
          Con uno que me abraza y me hiere
          —Y se dice mi hijo—;
          Con uno que huye con mi cuerpo;
          Con uno que me odia porque yo soy él mismo.

          Mira, tú que huyes,
          Aborrecible hermano mío,
          Tú que enciendes las hogueras terrestres,
          Tú, el de las islas y el de las llamaradas,
          Mírate y dime:
          Ése que corre,
          Ése que alza lenguas y antorchas
          Para llamar al cielo y lo incendia;
          Ése que es una estrella lenta que desciende;
          Aquel que es como un arma resonante,
          ¿Es el tuyo, tu ser, hecho de horas
          Y voraces minutos?

          ¿Quién sabe lo que es un cuerpo,
          Un alma,
          Y el sitio en que se juntan
          Y cómo el cuerpo se ilumina
          Y el alma se obscurece,
          Hasta fundirse, carne y alma,
          En una sola y viva sombra?
          ¿Y somos esa imagen que soñamos,
          Sueños al tiempo hurtados,
          Sueños del tiempo por burlar al tiempo?

          En soledad pregunto,
          A soledad pregunto.
          Y rasgo mi boca amante de palabras
          Y me arranco los ojos
          Henchidos de mentiras y apariencias,
          Y arrojo lo que el tiempo
          Deposita en mi alma,
          Miserias deslumbrantes,
          Ola que se retira…

          Bajo del cielo puro,
          Metal de tranquilos, absortos resplandores,
          Pregunto, ya desnudo:
          Me voy borrando todo,
          Me voy haciendo un vago signo sobre el agua,
          Espejo en un espejo.

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