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    Información biográfica
  1. A Asunción
  2. A CH
  3. A la patria
  4. A Rosario
  5. A un arroyo
  6. A una flor
  7. Adiós
  8. Adiós a México
  9. Al ruiseñor mexicano
  10. Amor
  11. Ante un cadáver
  12. El giro
  13. El reo a muerte
  14. Historia del pensamiento
  15. Hojas secas
  16. Inscripción en un cráneo
  17. La ausencia del olvido
  18. La brisa
  19. La felicidad
  20. Lágrimas
  21. Mentiras de la existencia
  22. Misterio
  23. Nada sobre nada
  24. Nocturno a Rosario
  25. Oda
  26. Pobre flor
  27. Por eso
  28. Resignación
  29. Soneto
  30. Un sueño
  31. Una limosna
  32. Ya sé por qué es
  33. Ya verás


      Información biográfica

        Nombre: Manuel Acuña Narro
        Lugar y fecha nacimiento: Saltillo, Coahuila (México), 27 de agosto de 1849
        Lugar y fecha defunción: México D.F. (México), 6 de diciembre de 1873 (24 años)

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        A Asunción

          Mire usted, Asunción: aunque algún ángel
          Metiéndose envidioso,
          Conciba allá en el cielo el mal capricho
          De venir por la noche a hacerle el oso
          Y en un acto glorioso
          Llevársela de aquí, como le ha dicho
          No sé qué nigromante misterioso,
          No vaya usted, por Dios, a hacerle caso,
          Ni a dar con el tal ángel un mal paso;
          Estése usted dormida,
          Debajo de las sábanas metida,
          Y deje usted que la hable
          Y que la vuelva a hablar y que se endiable,
          Que entonces con un dedo
          Puesto sobre otro en cruz, ¡afuera miedo!

          No vaya ustéd a rendirse
          Ante el ruego o las lágrimas y a irse...
          Que donde usted nos deje
          Por seguir en el vuelo a su Tenorio,
          Después irá a llorar al purgatorio
          Sin tener quien la mime, aunque se queje...

          Conque mucho cuidado
          Si siente usted un ángel a su lado,
          Que yo, como su amigo,
          Con tal que usted, Asunción, me lo permita,
          Le aconsejo y le digo
          Que después de Rosario y Margarita
          No admita usted más ángeles consigo.

          Estése usted con ellas
          Compartiendo delicias e ilusiones
          Todas las horas tienen que ser bellas;
          Viva usted muchos años
          (Como un humilde criado le diría)
          Y mañana que sola o entre extraños
          Se encuentre por desgracia en este día,
          Si busca usted una alma que la ame,
          Llame usted a mi pecho, y conque llame,
          Si no estoy muerto encontrará la mía.

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        A CH.

          Si supieras, niña ingrata,
          Lo que mi pecho te adora;
          Si supieras que me mata
          La pasión que por ti abrigo;
          Tal vez, niña encantadora,
          No fueras tan cruel conmigo.

          Si supieras que del alma
          Con tu desdén ha volado
          Fugaz y triste la calma,
          Y que te amo más mil veces,
          Que las violetas al prado
          Y que a los mares los peces;

          Tal vez entonces, hermosa,
          Oyeras el triste acento
          De mi querella amorosa;
          Y atendiendo a mi reclamo,
          Mitigaras mi tormento
          Con un beso y un "yo te amo".

          Si supieras, dulce dueño,
          Que tú eres del alma mía
          El solo y único sueño;
          Y que al mirar tus enojos,
          La ruda melancolía
          Baña en lágrimas mis ojos;

          Tal vez entonces me amaras,
          Y con tus labios de niño
          Mis labios secos besaras;
          Y cariñosa y sonriente
          A mi constante cariño
          No fueras indiferente.

          Ámame, pues, niña pura
          Ya que has oído el acento
          Del que idolatrarte jura;
          Y atendiendo a mi reclamo,
          Ven y calma mi tormento
          Con un beso y un "yo te amo".

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        A la patria

          Ante el recuerdo bendito
          De aquella noche sagrada
          En que la patria alherrojada
          Rompió al fin su esclavitud;
          Ante la dulce memoria
          De aquella hora y de aquel día,
          Yo siento que en el alma mía
          Canta algo como un laúd.

          Yo siento que brota en flores
          El huerto de mi ternura,
          Que tiembla entre su espesura
          La estrofa de una canción;
          Y al sonoroso y ardiente
          Murmurar de cada nota,
          Siendo algo grande que brota
          Dentro de mi corazón.

          ¡Bendita noche de gloria
          Que así mi espíritu agitas,
          Bendita entre benditas
          Noche de la libertad!
          Hora del triunfo en que el pueblo
          Vio al fin en su omnipotencia,
          Al sol de la independencia
          Rompiendo la oscuridad.

          Yo te amo... y al acercarme
          Ante este altar de victoria
          Donde la patria y la historia
          Contemplan nuestro placer,
          Yo vengo a unir al tributo
          Que en darte el pueblo se afana
          Mi canto de mexicana,
          Mi corazón de mujer.

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        A Rosario

          Esta hoja arrebatada a una corona
          Que la fortuna colocó en mi frente
          Entre el aplauso fácil e indulgente
          Con que el primer ensayo se perdona.

          Esta hoja de un laurel que aún me emociona
          Como en aquella noche, dulcemente,
          Por más que mi razón comprende y siente
          Que es un laurel que el mérito no abona.

          Tú la viste nacer, y dulce y buena
          Te estremeciste como yo al encanto
          Que produjo al rodar sobre la escena;

          Guárdala y de la ausencia en el quebranto,
          Que te recuerde de mis besos, llena,
          Al buen amigo que te quiere tanto.

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        A un arroyo

          Cuando todo era flores tu camino,
          Cuando todo era pájaros tu ambiente,
          Cediendo de tu curso a la pendiente
          Todo era en ti fugaz y repentino.

          Vino el invierno con sus nieblas vino
          El hielo que hoy estanca tu corriente,
          Y en situación tan triste y diferente
          Ni aún un pálido sol te da el destino.

          Y así en la vida el incesante vuelo
          Mientras que todo es ilusión, avanza
          En sólo una hora cuanto mide un cielo;

          Y cuando el duelo asoma en lontananza
          Entonces como tú cambiada en hielo
          No puede reflejar ni la esperanza.

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        A una flor

          Cuando tu broche apenas se entreabría
          Para aspirar la dicha y el contento
          ¿Te doblas ya y cansada y sin aliento,
          Te entregas al dolor y a la agonía?

          ¿No ves, acaso, que esa sombra impía
          Que ennegrece el azul del firmamento
          Nube es tan sólo que al soplar el viento,
          Te dejará de nuevo ver el día?...

          ¡Resucita y levántate! Aún no llega
          La hora de que en el fondo de tu broche
          Des cabida al pesar que te doblega.

          Injusto para el sol es tu reproche,
          Que esa sombra que pasa y que te ciega,
          Es una sombra, pero aún no es la noche.

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        Adiós

          Después de que el destino
          Me ha hundido en las congojas
          Del árbol que se muere
          Crujiendo de dolor,
          Truncando una por una
          Las flores y las hojas
          Que al beso de los cielos
          Brotaron de mi amor.

          Después de que mis ramas
          Se han roto bajo el peso
          De tanta y tanta nieve
          Cayendo sin cesar,
          Y que mi ardiente savia
          Se ha helado con el beso
          Que el ángel del invierno
          Me dio al atravesar.

          Después... es necesario
          Que tú también te alejes
          En pos de otras florestas
          Y de otro cielo en pos;
          Que te alces de tu nido,
          Que te alces y me dejes
          Sin escuchar mis ruegos
          Y sin decirme adiós.

          Yo estaba solo y triste
          Cuando la noche te hizo
          Plegar las blancas alas
          Para acogerte a mí,
          Entonces mi ramaje
          Doliente y enfermizo
          Brotó sus flores todas
          Tan solo para ti.

          En ellas te hice el nido
          Risueño en que dormías
          De amor y de ventura
          Temblando en su vaivén,
          Y en él te hallaban siempre
          Las noches y los días
          Feliz con mi cariño
          Y amándote también...

          ¡Ah! Nunca en mis delirios
          Creí que fuera eterno
          El sol de aquellas horas
          De encanto y frenesí;
          Pero jamás tampoco
          Que el soplo del invierno
          Llegara entre tus cantos,
          Y hallándote tú aquí...

          Es fuerza que te alejes...
          Rompiéndome en astillas;
          Ya siento entre mis ramas
          Crujir el huracán,
          Y heladas y temblando
          Mis hojas amarillas
          Se arrancan y vacilan
          Y vuelan y se van...

          Adiós, paloma blanca
          Que huyendo de la nieve
          Te vas a otras regiones
          Y dejas tu árbol fiel;
          Mañana que termine
          Mi vida oscura y breve
          Ya sólo tus recuerdos
          Palpitarán sobre él.

          Es fuerza que te alejes
          Del cántico y del nido
          Tú sabes bien la historia
          Paloma que te vas...
          El nido es el recuerdo
          Y el cántico el olvido,
          El árbol es el siempre
          Y el ave es el jamás.

          Adiós mientras que puedes
          Oír bajo este cielo
          El último ¡ay!, del himno
          Cantado por los dos...
          Te vas y ya levantas
          El ímpetu y el vuelo,
          Te vas y ya me dejas,
          ¡Paloma, adiós, adiós!

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        Adiós a México

          Pues que del destino en pos
          Débil contra su cadena,
          Frente al deber que lo ordena
          Tengo que decirte adiós;

          Antes que mi boca se abra
          Para dar paso a este acento,
          La voz de mi sentimiento
          Quiere hablarte una palabra.

          Que muy bien pudiera ser
          Que cuando de aquí me aleje,
          Al decirte adiós, te deje
          Para no volverte a ver.

          Y así entre el mal con que lucho
          Y que en el dolor me abisma,
          Quiero decirte yo misma,
          Sepas que te quiero mucho.

          Que enamorada de ti
          Desde antes de conocerte,
          Yo vine sólo por verte,
          Y al verte te puse aquí.

          Que mi alma reconocida
          Te adora con loco empeño,
          Porque tu amor era el sueño
          Más hermoso de mi vida.

          Que del libro de mi historia
          Te dejo la hoja más bella,
          Porque en esa hoja destella
          Tu gloria más que mi gloria.

          Que soñaba en no dejarte
          Sino hasta el postrer momento,
          Partiendo mi pensamiento
          Entre tu amor y el del arte.

          Y que hoy ante esa ilusión
          Que se borra y se deshace,
          Siento ¡ay de mí! que se hace
          Pedazos mi corazón...

          Tal vez ya nunca en mi anhelo
          Podré endulzar mi tristeza
          Con ver sobre mi cabeza
          El esplendor de tu cielo.

          Tal vez ya nunca a mi oído
          Resonará en la mañana,
          La voz del ave temprana
          Que canta desde su nido.

          Y tal vez en los amores
          Con que te adoro y admiro
          Estas flores que hoy aspiro
          Serán las últimas flores...

          Pero si afectos tan tiernos
          Quiere el destino que deje,
          Y que me aparte y me aleje
          Para no volver a vernos;

          Bajo la luz de este día
          De encanto inefable y puro
          Al darte mi adiós te juro,
          ¡Oh dulce México mío!

          Que si él con sus fuerzas trunca
          Todos los humanos lazos,
          Te arrancará de mis brazos
          ¡Pero de mi pecho, nunca!

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        Al ruiseñor mexicano

          Hubo una selva y un nido
          Y en ese nido un jilguero
          Que alegre y estremecido,
          Tras de un ensueño querido
          Cruzó por el mundo entero.

          Que de su paso en las huellas
          Sembró sus notas mejores,
          Y que recogió con ellas
          Al ir por el cielo, estrellas,
          Y al ir por el mundo; flores.

          Del nido y de la enramada
          Ninguno la historia sabe;
          Porque la tierra admirada
          Dejó esa historia olvidada
          Por escribir la del ave.

          La historia de la que un día
          Al remontarse en su vuelo,
          Fue para la patria mía
          La estrella de mas valía
          De todas las de su cielo.

          La de aquella a quien el hombre
          Robara el nombre galano
          Que no hay a quien no le asombre
          Para cambiarlo en el nombre
          De Ruiseñor Mexicano.

          Y de la que al ver perdido
          Su nido de flores hecho,
          Halló en su suelo querido
          En vez de las de su nido
          Las flores de nuestro pecho.

          Su historia... que el pueblo ardiente
          En su homenaje mas justo
          Viene a adorar reverente
          Con el laurel esplendente
          Que hoy ciñe sobre su busto.

          Sobre esa piedra bendita
          Que grande entre las primeras
          Es la página en que escrita
          Leerán tu gloria infinita
          Las edades venideras.

          Y que unida a la memoria
          De tus hechos soberanos,
          Se alzará como una historia
          Hablándoles de tu gloria
          A todos los mexicanos.

          Hoy al mirar tus destellos
          Resplandecer de ese modo
          Bien puede decirse de ellos
          Que el nombre tuyo es de aquellos,
          Que nunca muere del todo.

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        Amor

          ¡Amar a una mujer, sentir su aliento,
          Y escuchar a su lado
          Lo dulce y armonioso de su acento;
          Tener su boca a nuestra boca unida
          Y su cuello en el nuestro reclinado,
          Es el placer más grato de la vida,
          El goce más profundo
          Que puede disfrutarse sobre el mundo!

          Porque el amor al hombre es tan preciso,
          Como el agua a las flores,
          Como el querube ardiente al paraíso;
          Es el prisma de mágicos colores
          Que transforma y convierte
          Las espinas en rosas,
          Y que hace bella hasta la misma muerte
          A pesar de sus formas espantosas.

          Amando a una mujer, olvida el hombre
          Hasta su misma esencia,
          Sus deberes más santos y su nombre;
          No cambia por el cielo su existencia;
          Y con su afán y su delirio, loco,
          Acaricia sonriendo su creencia,
          Y el mundo entero le parece poco...
          Quitadle al zenzontle la armonía,
          Y al águila su vuelo,
          Y al iluminar espléndido del día
          El azul pabellón del ancho cielo,
          Y el mundo seguirá... Mas la criatura,
          Del amor separada
          Morirá como muere marchitada
          La rosa blanca y pura
          Que el huracán feroz deja tronchada;
          Como muere la nube y se deshace
          En perlas cristalinas
          Cuando le hace falta un sol que la sostenga
          En la etérea región de las ondinas.

          ¡Amor es Dios!, a su divino fíat
          Brotó la tierra con sus gayas flores
          Y sus selvas pobladas
          De abejas y de pájaros cantores,
          Y con sus blancas y espumosas fuentes
          Y sus limpias cascadas
          Cayendo entre las rocas a torrentes;
          Brotó sin canto ni armonía...

          Hasta que el beso puro de Adán y Eva,
          Resonando en el viento,
          Enseñó a las criaturas ese idioma,
          Ese acento magnífico y sublime
          Con que suspira el cisne cuando canta
          Y la tórtola dulce cuando gime,
          ¡Amor es Dios!, y la mujer la forma
          En que encarna su espíritu fecundo;
          Él es el astro y ella su reflejo,
          Él es el paraíso y ella el mundo...

          Y vivir es amar. A quien no ha sentido
          Latir el corazón dentro del pecho
          Del amor al impulso,
          No comprende las quejas de la brisa
          Que vaga entre los lirios de la loma,
          Ni de la virgen casta la sonrisa
          Ni el suspiro fugaz de la paloma.

          ¡Existir es amar! Quien no comprende
          Esa emoción dulcísima y suave,
          Esa tierna fusión de dos criaturas
          Gimiendo en un gemido,
          En un goce gozando
          Y latiendo en unísono latido...
          Quien no comprende ese placer supremo,
          Purísimo y sonriente,
          Ese miente si dice que ha vivido;
          Si dice que ha gozado, miente.

          Y el amor no es el goce de un instante
          Que en su lecho de seda
          Nos brinda la ramera palpitante;
          No es el deleite impuro
          Que hallamos al brillar una moneda
          Del cieno y de la infamia entre lo oscuro;
          No es la miel que provoca
          Y que deja, después que la apuramos,
          Amargura en el alma y en la boca...

          Pureza y armonía,
          Ángeles bellos y hadas primorosas
          En un Edén de luz y de poesía,
          En un pénsil de nardos y de rosas,
          Todo es el amor.
          Mundo en que nadie
          Llora o suspira sin hallar un eco;
          Fanal de bienandanza
          Que hace que siempre ante los ojos radie
          La viva claridad de una esperanza.

          El amor es la gloria,
          La corona esplendente
          Con que sueña el genio de alma grande
          Que pulsa el arpa o el acero blande,
          La virgen sonriente.
          El Petrarca sin Laura,
          No fuera el vate del sentido canto
          Que hace brotar suspiros en el pecho
          Y en la pupila llanto.
          Y el Dante sin Beatriz no fuera el poeta
          A veces dulce y tierno,
          Y a veces grande, aterrador y ronco
          Como el cantor salido del infierno...

          Y es que el amor encierra
          En su forma infinita
          Cuanto de bello el universo habita,
          Cuanto existe de ideal sobre la tierra.
          Amor es Dios, el lazo que mantiene
          En constante armonía
          Los seres mil de la creación inmensa;
          Y la mujer, la diosa,
          La encarnación sublime y sacrosanta
          Que la pradera con su olor inciensa
          Y que la orquesta del Supremo canta,
          ¡Y salve, amor!, emanación divina...

          ¡Tú, más blanca y más pura
          Que la luz de la estrella matutina!
          ¡Salve, soplo de Dios!...
          Y cuando mi alma
          Deje de ser un templo a la hermosura,
          Ven a arrancarme el corazón del pecho
          Ven a abrir a mis pies la sepultura.

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        Ante un cadáver

          ¡Y bien! Aquí estás ya... sobre la plancha
          Donde el gran horizonte de la ciencia
          La extensión de sus límites ensancha.

          Aquí, donde la rígida experiencia
          Viene a dictar las leyes superiores
          A que está sometida la existencia.

          Aquí, donde derrama sus fulgores
          Ese astro a cuya luz desaparece
          La distinción de esclavos y señores.

          Aquí, donde la fábula enmudece
          Y la voz de los hechos se levanta
          Y la superstición se desvanece.

          Aquí, donde la ciencia se adelanta
          A leer la solución de ese problema
          Que sólo al anunciarse nos espanta.

          Ella, que tiene la razón por lema,
          Y que en tus labios escuchar ansía
          La augusta voz de la verdad suprema.

          Aquí está ya... tras de la lucha impía
          En que romper al cabo conseguiste
          La cárcel que al dolor te retenía.

          La luz de tus pupilas ya no existe,
          Tu máquina vital descansa inerte
          Y a cumplir con su objeto se resiste.

          ¡Miseria y nada más!, dirán al verte
          Los que creen que el imperio de la vida
          Acaba donde empieza el de la muerte.

          Y suponiendo tu misión cumplida
          Se acercarán a ti, y en su mirada
          Te mandarán la eterna despedida.

          ¡Pero no!, tu misión no está acabada,
          Que ni es la nada el punto en que nacemos,
          Ni el punto en que morimos es la nada.

          Círculo es la existencia, y mal hacemos
          Cuando al querer medirla le asignamos
          La cuna y el sepulcro por extremos.

          La madre es solo el molde en que tomamos
          Nuestra forma, la forma pasajera
          Con que la ingrata vida atravesamos.

          Pero ni es esa forma la primera
          Que nuestro ser reviste, ni tampoco
          Será su última forma cuando muera.

          Tú sin aliento ya, dentro de poco
          Volverás a la tierra y a su seno
          Que es de la vida universal el foco.

          Y allí, a la vida, en apariencia ajeno,
          El poder de la lluvia y del verano
          Fecundará de gérmenes tu cieno.

          Y al ascender de la raíz al grano,
          Irás del vergel a ser testigo
          En el laboratorio soberano.

          Tal vez para volver cambiado en trigo
          Al triste hogar, donde la triste esposa,
          Sin encontrar un pan sueña contigo.

          En tanto que las grietas de tu fosa
          Verán alzarse de su fondo abierto
          La larva convertida en mariposa,

          Que en los ensayos de su vuelo incierto
          Irá al lecho infeliz de tus amores
          A llevarle tus ósculos de muerto.

          Y en medio de esos cambios interiores
          Tu cráneo, lleno de una nueva vida,
          En vez de pensamientos dará flores,

          En cuyo cáliz brillará escondida
          La lágrima tal vez con que tu amada
          Acompañó el adiós de tu partida.

          La tumba es el final de la jornada,
          Porque en la tumba es donde queda muerta
          La llama en nuestro espíritu encerrada.

          Pero en esa mansión a cuya puerta
          Se extingue nuestro aliento, hay otro aliento
          Que de nuevo a la vida nos despierta.

          Allí acaban la fuerza y el talento,
          Allí acaban los goces y los males
          Allí acaban la fe y el sentimiento.

          Allí acaban los lazos terrenales,
          Y mezclados el sabio y el idiota
          Se hunden en la región de los iguales.

          Pero allí donde el ánimo se agota
          Y perece la máquina, allí mismo
          El ser que muere es otro ser que brota.

          El poderoso y fecundante abismo
          Del antiguo organismo se apodera
          Y forma y hace de él otro organismo.

          Abandona a la historia justiciera
          Un nombre sin cuidarse, indiferente,
          De que ese nombre se eternice o muera.

          Él recoge la masa únicamente,
          Y cambiando las formas y el objeto
          Se encarga de que viva eternamente.

          La tumba sólo guarda un esqueleto
          Mas la vida en su bóveda mortuoria
          Prosigue alimentándose en secreto.

          Que al fin de esta existencia transitoria
          A la que tanto nuestro afán se adhiere,
          La materia, inmortal como la gloria,
          Cambia de formas; pero nunca muere.

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        El giro

          Romancero de la Guerra de Independencia

          I

          Medio oculta entre la selva
          Como un nido entre las ramas,
          Y medio hundido en el fondo
          Tranquilo de una cañada,
          Allá por aquellos tiempos
          Hubo en Landín una casa
          Que no por ser tan sencilla
          Ni de un fecha tan larga,
          Era menos pintoresca,
          Ni tampoco menos blanca.
          Sombreaba su puerta un olmo
          De hojosas y verdes ramas,
          Punto de citas de todas
          Las aves de las montañas;
          Y en uno de sus costados,
          Brotando límpida y clara,
          Estaba entre los terrones
          Y entre las hierbas el agua,
          De noche siempre tranquila
          Y eternamente callada.
          Apenas el sol naciente
          Filtraba por sus ventanas,
          Cuando estremeciendo el aire,
          Sonaban dulces y claras,
          La voz de una cuna hablando
          De cuanto los niños hablan;
          La voz de una madre, rica
          De sentimientos y de alma,
          Y la voz de un hombres que era
          La eterna voz de la patria,
          Soñando ya con sus glorias
          Y ya con sus esperanzas.
          Tez cobriza como aquellos
          Primeros hijos de Anáhuac,
          Que tantas veces hicieron
          Temblar de miedo a la España,
          Cuando la España atrevida
          Midió con ellos sus armas;
          Fuerte y ágil como todos
          Los hijos de las montañas;
          Como un labriego, robusto;
          Como un patriota, entusiasta;
          Como un valiente, atrevido,
          Y como un joven, todo alma,
          El hombre de aquellas selvas,
          El hombre de aquella casa,
          Era el eterno modelo
          De esas figuras sagradas
          Que en el altar de los siglos
          Hacen un Dios de una estatua.
          Veinticinco años apenas
          Por ese tiempo contaba,
          Y de sus nobles heridas
          La suma aún era más larga,
          Que no hubo por el Bajío
          Ningún combate ni hazaña
          Donde su ardor no estuviera
          Donde faltara su lanza,
          Ni donde al grito de muerte
          Sus huellas no señalara
          Con el licor de sus venas
          O el de las venas extrañas.
          Y allí tranquilo y oculto
          Su triste vida pasaba,
          Lamentando en su impotencia
          La esclavitud de la patria
          Que renunciando a la lucha,
          Renunciaba a la esperanza:
          Cuando una mañana, a la hora
          Que el último sueño marca,
          Despertó oyendo a lo lejos
          Un ruido confuso de armas;
          Y adivinando al instante
          La suerte que le amagaba,
          Bajó del lecho al influjo
          De una decisión extraña;
          Besa en los labios a su hijo,
          Besa en la frente a su amada,
          Clava los ojos ardientes
          En la entreabierta ventana,
          Y al ver por sus enemigos
          Ya casi envuelta su casa,
          Salta a las rocas, y entre ellos
          Se escapa por la montaña.

          II

          Aún no se alzaba del todo
          La niebla de la mañana,
          Y aún no acertaban a darse
          Cuenta de tamaña audacia
          Los sitiadores furiosos
          Que sorprenderle esperaban,
          Cuando al galope y bajando
          Camino de la cañada,
          Vieron venir a lo lejos
          Un grupo de gente armada,
          Compuesto de ocho jinetes
          Y el hombre que los mandaba;
          En mayor número que ellos
          Y con superiores armas,
          Seguros de la victoria
          Fácil que se les aguarda,
          Todos empuñan las riendas,
          Todos afirman la lanza,
          Todos ven al enemigo
          Todos miden la distancia,
          Y en silencio y todos ellos
          Prontos a ponerse en marcha,
          Sólo esperan a que llegue
          La hora de entrar en batalla.
          Los insurgentes en tanto
          Viendo las huestes contrarias,
          Más de coraje la encienden
          Y más de amor la entusiasman,
          Y ansiosos de dar su sangre
          Por la salud de la patria,
          Sobre el caballo inclinan,
          La floja rienda adelantan,
          Y fijos los barboquejos
          Y el sombrero hacia la espalda,
          Entre la niebla y el polvo
          Corren, y vuelan y avanzan,
          Siguiendo entre los peñascos
          Al hombre de la cañada.
          Y ya los de Bustamante
          Su primer paso avanzaban,
          Anhelando en su impaciencia
          Cómo acortar la distancia
          Que la interpuesta colina
          Con un recodo aumentaba;
          Cuando de pie en lo más alto
          De las rocas escarpadas,
          Vieron alzarse a un jinete
          Que con voz sonora y clara,
          "Yo soy el Giro –les dijo,
          -Si al Giro es a quien aguardan;
          Y el que lo busque que venga
          Si tiene honor y tiene alma,
          Que a todos espera el Giro
          Frente a frente y cara a cara"-
          Dijo: y los fieros dragones
          Al grito de "¡Viva España!"
          Como un solo hombre treparon
          Hasta donde el Giro estaba
          Dispuesto como los suyos
          A sucumbir por la patria...
          Y fue la lucha, y terribles
          Al dar la espantosa carga,
          Insurgentes y realistas
          Ardiendo en cólera y rabia,
          Se entremezclaron sedientos
          De victoria y de matanza...
          Quiso la triste fortuna
          Favorecer a la España,
          El brillo de sus fulgores
          Negándole a nuestras armas,
          Que ya de los insurgentes
          Uno tan sólo quedaba
          A caballo todavía,
          Pero ya herido y sin armas.
          Era el Giro, que entre doce
          Dragones que le rodeaban,
          Sin rendirse al desaliento
          Ni inclinarse a la desgracia,
          Luchaba y arremetía
          Contra el que más se acercaba,
          Convirtiendo a su caballo,
          A un tiempo en escudo y arma.
          Por fin un brazo atrevido
          Clavó en su pecho una lanza,
          Perder haciéndole el poco
          Aliento que le quedaba;
          Pero él aunque ya en el suelo,
          Con fuerza siempre y con alma,
          Coge la lanza, del pecho
          Sin vacilar se la arranca,
          Y estremecido y al grito
          De independencia y de patria,
          De pie sobre los peñascos
          A sus contrarios aguarda;
          Y después de herir a todos
          Los que acercársele ensayan,
          Hace huir a los restantes
          Que ante heroicidad tamaña
          Se alejan, y desde lejos
          Lo rematan a pedradas.

          III

          Mártir, que toda tu sangre
          Supiste dar por la patria;
          Tú, de los desconocidos
          Que murieron por salvarla,
          ¡Gracias por tu fortaleza,
          Por tu sacrificio, gracias!

        Arriba

        El reo a muerte

          Al eminente actor D. José Valero.

          Esa noche, ardiendo el pueblo
          De animación y entusiasmo
          Bajo el influjo sublime
          De tu genio soberano,
          Todo era bravos y dianas,
          Todo era vivas y aplausos,
          Todo cariño en los ojos
          Todo cariño en los labios,
          Y todo flores, laureles,
          Admiración y... entretanto,
          Allá muy lejos, muy lejos,
          Sonando lento y pausado,
          Se alzaba entre las tinieblas
          Y entre el silencio un cadalso,
          Sin otro eco que el latido
          Del pecho del condenado
          Que en diálogo con la muerte
          Velaba en un subterráneo.
          Aquel cadalso se alzaba
          Cada vez más y más alto,
          Como un espectro, sombrío
          Como un vampiro, callado,
          Como una tumba implacable,
          Y como un monstruo, inhumano;
          Se alzaba y, sin que ninguno
          Oyera aquel ruido amargo,
          Por los sollozos de un hombre
          Solamente acompañado,
          La humanidad impasible
          Bajo su mudo letargo,
          Miraba crecer y alzarse
          Las formas de aquel cadalso,
          Cuando tú, tú que escuchaste
          Sus ecos tristes y vagos
          Te levantaste por ella
          Con la voz del entusiasmo,
          Y en presencia de aquel pueblo
          Y enfrente de aquel tablado
          Ceñida con tus laureles
          La hiciste hablar por tus labios,
          Salvando al sol de aquel día
          Del rubor de aquel cadalso.

          * * *

          Aquel que es su desamparo,
          Y aún más que unos pocos días
          Y aún más que unos pocos años
          Pudo gozar la dulzura
          De ver a su hijo en los brazos,
          Libre del infame nombre
          De hijo del ajusticiado;
          Pero yo que desde niño
          Aprendí lleno de espanto
          A aborrecer los verdugos
          Y a maldecir los cadalsos
          Dejo a la gloria que entonces
          Para ensalzarte su canto,
          Y del condenado a muerte
          Bajo los recuerdos gratos,
          En nombre suyo, las gracias
          De la humanidad te mando.

        Arriba

        Historia del pensamiento

          Cuando a su nido vuela el ave pasajera
          A quien amparo disteis, abrigo y amistad
          Es justo que os dirija su cántiga postrera,
          Antes que triste deje, vuestra natal ciudad.

          Al pájaro viajero que abandonó su nido
          Le disteis un abrigo, calmando su inquietud;
          ¡Oh!, tantos beneficios, jamás daré al olvido
          Durable cual mi vida será mi gratitud.

          En prueba de ella os dejo lo que dejaros puedo,
          Mis versos, siempre tristes, pero los dejo así;
          Porque pienso, a veces que entre sus letras quedo,
          Porque al leerlos creo que os acordáis de mí.

          Voy, pues, a referiros una sencilla historia,
          Que en mi alma desolada, honda impresión dejó;
          Me la contaron... ¿Dónde?... es frágil mi memoria...
          Acaso el héroe de ella... o bien, la soñé yo.

          Era una linda rosa, brillante enredadera,
          Tan pura, tan graciosa, espléndida y gentil.
          Que era el mejor adorno de la feliz pradera,
          La joya más valiosa del floreciente abril.

          Al pie de ella crecía un pobre pensamiento,
          Pequeño, solitario, sin gracia ni color;
          Pero miró a la rosa y respiró su aliento
          Y concibió por ella el más profundo amor.

          Mirando a su querida pasaba noche y día.
          Mil veces ¡ay! le quiso su pena declarar;
          Pero tan lejos siempre, tan lejos la veía,
          Que devoraba a solas su pena y su pesar.

          A veces le mandaba sus tímidos olores,
          Pensando que llegaba hasta su amada flor;
          Pero la brisa, al columpiar las flores,
          Llevábase muy lejos la pena de su amor.

          El pobre pensamiento mil lágrimas vertía,
          Desoladoras lágrimas, de acíbar y de hiel,
          Mientras la joven rosa, sin ver a otras crecía,
          Y mientras más crecía, más se alejaba de él.

          Llega un jazmín en tanto a la pradera bella,
          También él a la rosa al punto que la vio;
          Pero él fue mas dichoso, pudo llegar hasta ella,
          Le declaró su pena, y al fin la rosa amó...

          ¿Comprenderéis ahora al pobre pensamiento,
          Al ver correspondido a su feliz rival?
          ¿No comprendéis su horrible, su bárbaro tormento
          Al verse condenado a suerte tan fatal?

          Después lo trasplantaron; vivió en otras praderas
          Indiferencia, olvido y hasta placer fingió:
          Miraba flores lindas, brillantes y hechiceras,
          Pero su amor constante y fiel compareció.

          Por fin una mañana, estando muy distante,
          El céfiro contóle las bodas del jazmín;
          Él escuchó sonriente, y ciego y delirante,
          Loco placer fingiendo, creyó olvidar al fin.

          Pero al siguiente día con lágrimas le vieron
          Las flores, e ignorando su oculto padecer,
          "Tú lloras, pensamiento, tú lloras", le dijeron:
          "No es nada, contestóles, es llanto de placer".

          Ved la sencilla historia que os ofrecí contaros,
          Acaso os entristezca pero la dejo así;
          Adiós, adiós, ya parto; me atrevo a suplicaros
          Que la leáis a solas y os acordéis de mí.

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        Hojas secas

          I

          Mañana que ya no puedan
          Encontrarse nuestros ojos,
          Y que vivamos ausentes,
          Muy lejos uno del otro,
          Que te hable de mí este libro
          Como de ti me habla todo.

          II

          Cada hoja es un recuerdo
          Tan triste como tierno
          De que hubo sobre ese árbol
          Un cielo y un amor;
          Reunidas forman todas
          El canto del invierno,
          La estrofa de las nieves
          Y el himno del dolor.

          III

          Mañana a la misma hora
          En que el sol te besó por vez primera,
          Sobre tu frente pura y hechicera
          Caerá otra vez el beso de la aurora;
          Pero ese beso que en aquel oriente
          Cayó sobre tu frente solo y frío,
          Mañana bajará dulce y ardiente,
          Porque el beso del sol sobre tu frente
          Bajará acompañado con el mío.

          IV

          En Dios le exiges a mi fe que crea,
          Y que le alce un altar dentro de mí.
          ¡Ah! ¡Si basta no más con que te vea
          Para que yo ame a Dios, creyendo en ti!

          V

          Si hay algún césped blando
          Cubierto de rocío
          En donde siempre se alce
          Dormida alguna flor,
          Y en donde siempre puedas
          Hallar, dulce bien mío,
          Violetas y jazmines
          Muriéndose de amor;

          Yo quiero ser el césped
          Florido y matizado
          Donde se asienten, niña,
          Las huellas de tus pies;
          Yo quiero ser la brisa
          Tranquila de ese prado
          Para besar tus labios
          Y agonizar después.

          Si hay algún pecho amante
          Que de ternura lleno
          Se agite y se estremezca
          No más para el amor,
          Yo quiero ser, mi vida,
          Yo quiero ser el seno
          Donde tu frente inclines
          Para dormir mejor.

          Yo quiero oír latiendo
          Tu pecho junto al mío,
          Yo quiero oír qué dicen
          Los dos en su latir,
          Y luego darte un beso
          De ardiente desvarío,
          Y luego... arrodillarme
          Mirándote dormir.

          VI

          Las doce... ¡adiós! Es fuerza que me vaya
          Y que te diga adiós...
          Tu lámpara está ya por extinguirse,
          Y es necesario.
          -Aún no-.
          Las sombras son traidoras, y no quiero
          Que al asomar el sol,
          Se detengan sus rayos a la entrada
          De nuestro corazón...
          -Y, ¿qué importan las sombras cuando entre ellas
          Queda velando Dios?
          -¿Dios? ¿Y qué puede Dios entre las sombras
          Al lado del amor?
          -Cuando te duermas, ¿me enviarás un beso?
          -¡Y mi alma!
          -¡Adiós...!
          -¡Adiós...!

          VII

          Lo que siente el árbol seco
          Por el pájaro que cruza
          Cuando plegando las alas
          Baja hasta sus ramas mustias,
          Y con sus cantos alegra
          Las horas de su amargura;
          Lo que siente por el día
          La desolación nocturna
          Que en medio de sus angustias,
          Ve asomar con la mañana
          De sus esperanzas una;
          Lo que sienten los sepulcros
          Por la mano buena y pura
          Que solamente obligada
          Por la piedad que la impulsa,
          Riega de flores y de hojas
          La blanca lápida muda,
          Eso es al amarte mi alma
          Lo que siente por la tuya,
          Que has bajado hasta mi invierno,
          Que has surgido entre mi angustia
          Y que has regado de flores
          La soledad de mi tumba.

          Mi hojarasca son mis creencias,
          Mis tinieblas son la duda,
          Mi esperanza es el cadáver,
          Y el mundo mi sepultura...
          Y como de entre esas hojas
          Jamás retoña ninguna;
          Como la duda es el cielo
          De una noche siempre oscura,
          Y como la fe es un muerto
          Que no resucita nunca,
          Yo no puedo darte un nido
          Donde recojas tus plumas,
          Ni puedo darte un espacio
          Donde enciendas tu luz pura,
          Ni hacer que mi alma de muerto
          Palpite unida a la tuya;
          Pero si gozar contigo
          No ha de ser posible nunca,
          Cuando estés triste, y en el alma
          Sientas alguna amargura,
          Yo te ayudaré a que llores,
          Yo te ayudaré a que sufras,
          Y te prestaré mis lágrimas
          Cuando se acaben las tuyas.

          VIII

          1

          Aún más que con los labios
          Hablamos con los ojos;
          Con los labios hablamos de la tierra,
          Con los ojos del cielo y de nosotros.

          2

          Cuando volví a mi casa
          De tanta dicha loco,
          Fue cuando comprendí muy lejos de ella
          Que no hay cosa más triste que estar solo.

          3

          Radiante de ventura,
          Frenético de gozo,
          Cogí una pluma, le escribí a mi madre,
          Y al escribirle se lo dije todo.

          4

          Después, a la fatiga
          Cediendo poco a poco,
          Me dormí y al dormirme sentí en sueños
          Que ella me daba un beso y mi madre otro.

          5

          ¡Oh sueño, el de mi vida
          Más santo y más hermoso!
          ¡Qué dulce has de haber sido cuando aún muerto
          Gozo con tu recuerdo de este modo!

          IX

          Cuando yo comprendí que te quería
          Con toda la lealtad de mi corazón,
          Fue aquella noche en que al abrirme tu alma
          Miré hasta su interior.
          Rotas estaban tus virgíneas alas
          Que ocultaban en sus pliegues un crespón
          Y un ángel enlutado cerca de ellas
          Lloraba como yo.
          Otro tal vez te hubiera aborrecido
          Delante de aquel cuadro aterrador;
          Pero yo no miré en aquel instante
          Más que mi corazón;
          Y te quise tal vez por tus tinieblas,
          Y te adoré tal vez por tu dolor,
          ¡Que es muy bello poder decir que el alma
          Ha servido de sol...!

          X

          Las lágrimas del niño
          La madre enjuga,
          Las lágrimas del hombre
          Las seca la mujer...
          ¡Qué tristes las que brotan
          Y bajan por la arruga,
          Del hombre que está solo,
          Del hijo que está ausente,
          Del ser abandonado
          Que llora y que no siente
          Ni el beso de la cuna,
          Ni el beso del placer!

          XI

          ¡Cómo quieres que tan pronto
          Olvide el mal que me has hecho,
          Si cuando me toco el pecho
          La herida me duele más!
          Entre el perdón y el olvido
          Hay una distancia inmensa;
          Yo perdonaré la ofensa;
          Pero olvidarla... ¡jamás!

          XII

          ¡Ah, gloria! ¡De qué me sirve
          Tu laurel mágico y santo,
          Cuando ella no enjuga el llanto
          Que estoy vertiendo sobre él!
          ¡De qué me sirve el reflejo
          De tu soñada corona!
          ¡Cuando ella no me perdona
          Ni en nombre de ese laurel!

          XIII

          La que a la luz de sus ojos
          Despertó mi pensamiento,
          La que al amor de su acento
          Encendió en mí la pasión;
          Muerta para el mundo entero
          Y aún para ella misma muerta,
          Solamente está despierta
          Dentro de mi corazón.

          XIV

          El cielo muy negro, y como un velo
          Lo envuelve en su crespón la oscuridad;
          Con una sombra más sobre ese cielo
          El rayo puede desatar su vuelo
          Y la nube cambiarse en tempestad.

          XV

          Oye, ven a ver las naves,
          Están vestidas de luto,
          Y en vez de las golondrinas
          Están graznando los búhos...
          El órgano está callado,
          El templo solo y oscuro,
          Sobre el altar... ¿y la virgen
          Por qué tiene el rostro oculto?
          ¿Ves?... en aquellas paredes
          Están cavando un sepulcro,
          Y parece como que alguien
          Solloza allí, junto al muro.
          ¿Por qué me miras y tiemblas?
          ¿Por qué tienes tanto susto?
          ¿Tú sabes quién es el muerto?
          ¿Tú sabes quién fue el verdugo?

        Arriba

        Inscripción en un cráneo

          Página en que la esfinge de la muerte
          Con su enigma de sombrea nos provoca:
          ¿Cómo poderte descifrar, si es poca
          Toda la luz del sol para leerte?

        Arriba

        La ausencia del olvido

          Iba llorando la Ausencia
          Con el semblante abatido
          Cuando se encontró en presencia
          Del Olvido,
          Que al ver su faz marchitada,
          Le dijo con voz turbada:
          Sin colores,
          -"Ya no llores niña bella,
          Ya no llores.
          Que si tu contraria estrella
          Te oprime incansable y ruda
          Yo te prometo mi ayuda
          Contra tu mal y contra ella".

          Oyó la Ausencia llorando
          La propuesta cariñosa,
          Y los ojos enjugando
          Ruborosa,
          -"Admito desde el momento
          Buen anciano".
          Le dijo con dulce acento.
          "Admito lo que me ofreces
          Y que en vano
          He buscado tantas veces,
          Yo que triste y sin ventura,
          La copa de la amargura
          He apurado hasta las heces".

          Desde entonces, Lola bella,
          Cariñosa y anhelante
          Vive el Olvido con ella,
          Siempre amante;
          Y la Ausencia ya ni gime,
          Ni doliente
          Recuerda el mal que la oprime;
          Que un amor ha concebido
          Tan ardiente
          Por el anciano querido,
          Que si sus penas resiste,
          Suspira y llora muy triste
          Cuando la deja el Olvido.

        Arriba

        La brisa

          Aliento de la mañana
          Que vas robando en tu vuelo
          La esencia pura y temprana
          Que la violeta lozana
          Despide en vapor al cielo.

          Dime, soplo de la aurora,
          Brisa inconstante y ligera,
          ¿Vas por ventura a esta hora
          Al valle que te enamora
          Y que gimiendo te espera?

          ¿O vas acaso a los nidos
          De los jilgueros cantores
          Que en la espesura escondidos
          Te aguardan medio adormidos
          Sobre sus lechos de flores?

          ¿O vas anunciando acaso,
          Sopla del alba naciente,
          Al murmurar de tu paso,
          Que el muerto sol del ocaso
          Se alza un niño en Oriente?

          Recoge tus leves alas,
          Brisa pura del estío,
          Que los perfumes que exhalas
          Vas robando entre las galas
          De las violetas del río.

          Detén tu fugaz carrera
          Sobre las risueñas flores
          De la loma y la pradera,
          Y ve a despertar ligera
          Al ángel de mis amores.

          Y dile, brisa aromada,
          Con tu murmullo sonoro,
          Que ella es mi ilusión dorada,
          Y que en mi pecho grabada
          Como a mi vida la adoro.

        Arriba

        La felicidad

          Un cielo azul de estrellas
          Brillando en la inmensidad;
          Un pájaro enamorado
          Cantando en el florestal;
          Por ambiente los aromas
          Del jardín y el azahar;
          Junto a nosotros el agua
          Brotando del manantial
          Nuestros corazones cerca,
          Nuestros labios mucho más,
          Tú levantándote al cielo
          Y yo siguiéndote allá,
          Ese es el amor mi vida,
          ¡Esa es la felicidad!

          Cruza con las mismas alas
          Los mundos de lo ideal;
          Apurar todos los goces,
          Y todo el bien apurar;
          De los sueños y la dicha
          Volver a la realidad,
          Despertando entre las flores
          De un césped primaveral;
          Los dos mirándonos mucho,
          Los dos besándonos más,
          Ese es el amor, mi vida,
          ¡Esa es la felicidad!

        Arriba

        Lágrimas

          Quum subit illius tristissima noctis imago
          quae mihi supremum tempus in urbe fuit;
          quum respeto noctem qui a tot mihi cara reliquie
          labitur es oculis nuc quoque gutta meis.

          Ovidio (Elegías III)

          Aún era yo muy niño, cuando un día,
          Cogiendo mi cabeza entre sus manos
          Y llorando a la vez que me veía
          "¡Adiós! ¡Adiós!" me dijo;
          "Desde este instante un horizonte nuevo
          Se presenta a tus ojos;
          Vas a buscar la fuente
          Donde apagar la sed que te devora;
          Marcha... y cuando mañana
          Al mal que aún no conoces
          Ofrezca de tu llanto las primicias,
          Ten valor y esperanza,
          Anima el paso tardo,
          Y mientras llega de tu vuelta la hora,
          Ama un poco a tu padre que te adora,
          Y ten valor y... marcha... yo te aguardo".
          Así me dijo, y confundiendo en uno
          Su sollozo y el mío,
          Me dio un beso en la frente...
          Sus brazos me estrecharon...
          Y después a los pálidos reflejos
          Del sol que en el crepúsculo se hundía
          Sólo vi una ciudad que se perdía
          Con mi cuna y mis padres a lo lejos.

          El viento de la noche
          Saturado de arrullos y de esencias,
          Soplaba en mi redor, tranquilo y dulce
          Como aliento de niño;
          Tal vez llevando en sus ligeras alas
          Con la tibia embriaguez de sus aromas,
          El acento fugaz y enamorado
          Del silencioso beso de mi madre
          Sobre el blanco lecho abandonado...

          Las campanas distantes repetían
          El toque de oraciones... una estrella
          Apareció en el seno de una nube;
          Tras de mi oscura huella
          La inmensidad se alzaba...
          Y haciendo estremecer el infinito
          De mi dolor supremo con el grito;
          "¡Adiós, mi santo hogar!", clamé llorando,
          "¡Adiós, hogar bendito!,
          En cuyo seno viven los recuerdos
          Más queridos de mi alma...
          Pedazo de ese azul en donde anidan
          Mis ilusiones cándidas de niño...

          ¡Quién sabe si mis ojos
          No volverán a verte!
          ¡Quién sabe si hoy te envío
          El adiós de la muerte!
          Mas si el destino rudo
          Ha de darme el morir bajo tu techo,
          Si el ave de la selva
          Ha de plegar las alas en su nido,
          ¡guárdame mi tesoro, hogar querido,
          guárdame mi tesoro hasta que vuelva!"

          Las lágrimas brotaron
          A mis hinchados párpados... las sombras
          Espesas y agrupadas de repente
          Se abrieron de los astros a la huella...
          Cruzó una luz por lo alto, alcé la frente,
          El cielo era una página y en ella
          Vi esta cifra -¡Detente!
          Detente... y a mi oído
          Llegó como un arrullo de paloma
          La nota de un gemido;
          Algo como un suspiro de la noche
          Rompiendo del silencio la honda calma;
          Algo como la queja
          Algo como el adiós con que los muertos,
          Del amor al esfuerzo soberano,
          Saludan desde el fondo de sus tumbas
          Al recuerdo lejano.

          Al despertar de aquel supremo instante
          De letargo sombrío
          La noche de la ausencia desplegaba
          Su impenetrable velo,
          Sus sombras sin estrellas,
          Su atmósfera de hielo...
          Esa odiosa ceguez en que el ausente
          Proscrito del cariño
          Cumple con su destierro, suspirando
          Por sus recuerdos vírgenes de niño;
          Ese inmenso dolor que hace del alma
          En el terrible y solitario viaje,
          Un árido desierto
          En donde es un miraje cada punto
          Y en donde es un amor cada miraje...

          Y así de la ampolleta de mi vida
          Se deslizaban las eternas horas
          Sobre mi frente mustia y abatida,
          Soñando al extenderse en lontananza,
          Como una dulce estrofa desprendida
          Del arpa celestial de la esperanza;
          Así, cuando una vez, en el instante
          En que la blanca flor de mi delirio
          Desplegaba en los aires su capullo;
          Cuando mi muerta fe se estremecía
          Bajo sus ropas fúnebres del duelo
          Al ver flotando en el azul del cielo
          El alma de mi hogar sobre la mía;
          Cuando iba ya a sonar para mis ojos
          La última hora de llanto,
          Y se cambiaba en música de salve
          La música elegíaca de mi canto;
          Mi corazón como la flor marchita
          Que se abre a las sonrisas de la aurora
          Esperando la vida de sus rayos
          También se abrió... para plegar su broche,
          Y las caricias del amor abierto,
          Encerrando en el fondo de su noche
          ¡Las caricias de un muerto!

          En el espacio blanco y encendido
          Por los trémulos rayos de la luna
          Yo vi asomar su sombra...
          La gasa del sepulcro lo envolvía
          Con sus espesos pliegues...

          En su frente espectral se dibujaba
          Una aureola de angustia, lo que dijo
          Se perdió en la región donde flotaba...
          Su mano me bendijo...
          Su pecho sollozaba...

          La sombra se elevó como la niebla
          Que en la mañana se alza de los campos;
          Cerró los ojos, suspirando y luego...
          Oí un adiós en la profunda calma
          De aquella inmensidad muda y tranquila,
          Y al levantar de nuevo la pupila
          ¡El cielo estaba negro como mi alma!

          En el reloj terrible
          Donde cada dolor marca su instante,
          El destino inflexible
          Señalaba la cifra palpitante
          De aquella hora imposible;
          Hora triste en que el íntimo santuario
          De mis sueños de gloria,
          Vio su altar solitario,
          Convertido su sol en tenebrario,
          Y su culto en memoria...
          Hora negra en que la urna consagrada
          Para envolverlo, ¡oh padre!
          Del cariño en la esencia perfumada,
          Fue un sepulcro sombrío
          Donde sólo dejaste tu recuerdo
          Para hacer más inmenso su vacío.

          ¡Padre... perdón porque te amaba tanto,
          Que en el orgullo de mi amor creía
          Darte en él un escudo!
          ¡Perdón porque luché contra la suerte,
          Y desprenderme de tus lazos pudo!
          ¡Perdón porque a tu muerte
          Le arrebaté mis últimas caricias
          Y te dejé morir sin que rompiendo
          Mi alma los densos nublos de la ausencia,
          Fuera a unirse en un beso con la tuya
          Y a escuchar tu postrera confidencia!

          Sobre la blanca cuna en que de niño
          Me adurmieron los cantos de la noche,
          El cielo azul flotaba,
          Y siempre que mis párpados se abrían,
          Hallé en ese cielo dos estrellas
          Que al verme desde allí se sonreían;
          Mañana que mis ojos
          Se alcen de nuevo hacia el espacio umbrío
          Que se mece fugaz sobre mi cuna,
          Tú sabes, padre mío,
          Que sobre aquella cuna hay un vacío,
          De esas dos estrellas falta una.

          Caíste... de los libros de la noche
          Yo no tengo la ciencia ni la clave;
          En la tumba en que duermes
          Yo no sé si el amor tiene cabida...
          Yo no sé si el sepulcro
          Puede amar a la vida;
          Pero en la densa oscuridad que envuelve
          Mi corazón para sufrir cobarde,
          Yo sé que existe el germen de una hoguera
          Que a tu memoria se estremece y arde...
          Yo sé que es el más dulce de los nombres
          El nombre que te doy cuando te llamo,
          Y que en la religión de mis recuerdos
          Tú eres el dios que amo.

          Caíste de tu abismo impenetrable
          La helada niebla arroja
          Su negra proyección sobre mi frente,
          Crepúsculo que avanza
          Derramando en el aire transparente,
          Las sombras de una noche sin oriente
          Yy el capuz de un dolor sin esperanza.

          Padre... duérmete... mi alma estremecida
          Te manda su cantar y sus adioses;
          Vuela hacia ti, y flotando
          Sobre la piedra fúnebre que sella
          Tu huesa solitaria,
          Mi amor la enciende, y sobre ti, sobre ella
          En la noche sin fin de tu sepulcro
          Mi alma será una estrella.

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        Mentiras de la existencia

          Dolora.

          ¡Qué triste es vivir soñando
          En un mundo que no existe!
          Y qué triste
          Ir viviendo y caminando,
          Sin fe en nuestros delirios,
          De la razón con los ojos,
          Que si hay en la vida lirios,
          Son muchos más los abrojos.

          Nace el hombre, y al momento
          Se lanza tras la esperanza,
          Que no alcanza
          Porque no se alcanza el viento;
          Y corre, corre, y no mira
          Al ir en pos de la gloria
          Que es la gloria una mentira
          Tan bella como ilusoria.

          ¡No ve al correr como loco
          Tras la dicha y los amores,
          Que son flores
          Que duran poco, muy poco!
          ¡No ve cuando se entusiasma
          Con la fortuna que anhela,
          Que es la fortuna un fantasma
          Que cuando se toca vuela!

          Y que la vida es un sueño
          Del que, si al fin despertamos,
          Encontramos
          El mayor placer pequeño;
          Pues son tan fuertes los males
          De la existencia en la senda,
          Que corren allí a raudales
          Las lágrimas en ofrenda.

          Los goces nacen y mueren
          Como puras azucenas,
          Mas las penas
          Viven siempre y siempre hieren;
          Y cuando vuelve la calma
          Con las ilusiones bellas,
          Su lugar dentro del alma
          Queda ocupado por ellas.

          Porque al volar los amores
          Dejan una herida abierta
          Que es la puerta
          Por donde entran los dolores;
          Sucediendo en la jornada
          De nuestra azarosa vida
          Que es para el pesar "entrada"
          Lo que para el bien "salida".

          Y todos sufren y lloran
          Sin que una queja profieran,
          Porque esperan
          ¡Hallar la ilusión que adoran!
          Y no mira el hombre triste
          Cuando tras la dicha corre,
          Que sólo el dolor existe
          Sin que haya bien que lo borre.

          No ve que es un fatuo fuego
          La pasión en que se abrasa,
          Luz que pasa
          Como relámpago, luego:
          Y no ve que los deseos
          De su mente acalorada
          No son sino devaneos,
          No son más que sombra, nada.

          Que es el amor tan ligero
          Cual la amistad que mancilla
          Porque brilla
          Sólo a la luz del dinero;
          Y no ve cuando se lanza
          Loco tras de su creencia,
          Que son la fe y la esperanza,
          Mentiras de la existencia.

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        Misterio

          Si tu alma pura es un broche
          Que para abrirse a la vida
          Quiere la calma adormecida
          De las sombras de la noche;

          Si buscas como un abrigo
          Lo más tranquilo y espeso,
          Para que tu alma y tu beso
          Se encuentren sólo conmigo;

          Y si temiendo en tus huellas
          Testigos de tus amores,
          No quieres ver más que flores,
          Más que montañas y estrellas;

          Yo sé muchas grutas, y una
          Donde podrás en tu anhelo,
          Ver un pedazo de cielo
          Cuando aparezca la luna.

          Donde a tu tímido oído
          No llegarán otros sones
          Que las tranquilas canciones
          De algún ruiseñor perdido.

          Donde a tu mágico acento
          Y estremecido y de hinojos,
          Veré abrirse ante mis ojos
          Los mundos del sentimiento.

          Y donde tu alma y la mía,
          Como una sola estrechadas,
          Se adormirán embriagadas
          De amor y melancolía.

          Ven a esta gruta y en ella
          Yo te daré mis desvelos,
          Hasta que se hunda en los cielos
          La luz de la última estrella.

          Y antes que el ave temprana
          Su alegre vuelo levante
          Y entre los álamos cante
          La vuelta de la mañana.

          Yo te volveré al abrigo
          De tu estancia encantadora,
          Donde el recuerdo de esa hora
          Vendrás a soñar conmigo...

          Mientras que yo en el exceso
          De la pasión que me inspiras
          Iré a soñar que me miras,
          E iré a soñar que te beso.

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        Nada sobre nada

          Pues, señor, dije yo, ya que es preciso
          Puesto que así lo han dicho en el programa,
          Que rompa ya la bendecida prosa
          Que preparado para el caso había,
          Y que escriba en vez de ella alguna cosa
          Así, que parezca poesía,
          Pongámonos al punto,
          Ya que es forzoso y necesario, en obra,
          Sin preocuparnos mucho del asunto,
          Porque al fin el asunto es lo que sobra.

          Así dije, y tomando
          No el arpa ni la lira,
          Que la lira y el arpa
          No pasan hoy de ser una mentira,
          Sino una pluma de ave
          Con la que escribo yo generalmente,
          Violenté las arrugas de mi frente
          Hasta ponerla cejijunta y grave
          Y pensando en mi novia, en la adorada
          Por quien suspiro y lloro sin sosiego,
          Mojé mi pluma en el tintero, y luego
          Puse ocho letras: "A mi amada".

          Su retrato, un retrato
          Firmado por Valleto y compañía,
          Se alzaba junto a mí plácido y grato,
          Mostrándome las gracias y recato
          Que tanto adornan a la amada mía;
          Y como el verlo sólo
          Basta para que mi alma se emocione,
          Que Apolo me perdone
          Si, dije aquí que me sentí un Apolo.

          Ella no es una rosa
          Ni un ser ideal, ni cosa que lo valga;
          Pero en verso o en prosa
          No seré yo el estúpido que salga
          Con que mi novia es fea,
          Cuando puedo decir que es muy hermosa
          Por más que ni ella misma me lo crea;
          Así es que en mi pintura
          Hecha en rasgos por cierto no muy fieles,
          Aumenté de tal modo su hermosura
          Que casi resultaba una figura
          Digna de ser pintada por Apeles.

          Después de dibujarla como he dicho,
          Faltando a la verdad por el capricho,
          Iba yo a colocar el fondo negro
          De su alma inexorable y desdeñosa,
          Cuando al hacerlo me ocurrió una cosa
          Que hundió mi plan, y de lo cual me alegro;
          Porque, en último caso,
          Como pensaba yo entre las paredes
          De mi cuarto sombrío,
          ¿Qué les importa a ustedes
          Que mi amada me niegue sus mercedes,
          Ni que yo tenga el corazón vacío?
          Si mi vida vegeta en la tristeza
          Y el yugo del dolor ya no soporta,
          Caeré de referirlo en la simpleza
          Para que alguien me diga en su franqueza:
          "¡¿Si viera usted que a mí nada me importa?!"

          No, de seguro, que antes
          Prefiero verme loco por tres días,
          Que imitar a ese eterno Jeremías
          Que se llama el señor de Cervantes.

          Y convencido de esto,
          Ya que era conveniente y necesario,
          Borré el título puesto,
          Y buscando a mi lira otro pretexto
          Escribí este otro título: "El santuario".

          ¡El santuario!... exclamé; pero y, ¿qué cosa
          Puedo decir de nuevo sobre el caso,
          Cuando en cada volumen de poesías,
          En versos unos malos y otros buenos,
          Sobre templos, santuarios y abadías?
          Para entonar sobre esto mis cantares,
          A más de que el asunto vale poco,
          ¿Qué entiendo yo de claustros ni de altares,
          Ni que sé yo de sacristán tampoco?

          No, en la naturaleza
          Hay asuntos más dignos y mejores,
          Y más llenos de encantos y de belleza,
          Y que he de escribir, haré una pieza
          Que se llame: Los prados y las flores.

          Hablaré de la incauta mariposa
          Que en incesante y atrevido vuelo,
          Ya abandona el cielo por la rosa;
          Ya abandona la rosa por el cielo,
          Del insecto pintado y sorprendente
          Que de esconderse entre las hierbas trata,
          Y de el ave inocente que lo mata,
          Lo cual prueba que no es tan inocente;
          Hablaré... pero y luego que haya hablado
          Sacando a luz el boquirrubio Febo,
          Me pregunto, señor, ¿qué habré ganado,
          Si al hacerlo no digo nada nuevo?...

          Con que si esto tampoco es un asunto
          Digno de preocuparme una sola hora,
          Dejemos sus inútiles detalles,
          Ya que no hay ni un señor ni una señora
          Que no sepa muy bien lo que es la aurora
          Y lo que son las flores y los valles...
          Coloquemos a un lado estas materias
          Que valen tan poco para el caso,
          Y pues esto se ofrece a cada paso
          Hablemos de la vida y sus miserias.

          Empezaré diciendo desde luego,
          Que no hay virtud, creencias ni ilusiones;
          Que en criminal y estúpido sosiego
          Ya no late la fe en los corazones;
          Que el hombre imbécil, a la gloria ciego,
          Sólo piensa en el oro y los doblones,
          Y concluiré en estilo gemebundo:
          ¡Que haya un cadáver más qué importa al mundo!

          Y me puse a escribir, y así en efecto,
          Lo hice en ciento cincuenta octavas reales,
          Cuyo único defecto,
          Como se ve por lo que dicho queda,
          Era que en vez de ser originales
          No pasaba de un plagio de Espronceda.
          Como era fuerza, las rompí en el acto
          Desesperado de mi triste suerte,
          Viendo por fin que en esto de poesía
          No hay un solo argumento ni una idea
          Que no peque de fútil, o no sea
          Tan vieja como el pan de cada día.

          En situación tan triste
          Y estando la hora ya tan avanzada,
          ¿Qué hago, dije yo, para salvarme
          De este grave y horrible compromiso,
          Cuando ningún asunto puede darme
          Ni siquiera un adarme
          De novedad, de encanto, o de un hechizo?
          ¿Hablaré de la guerra y de la gente
          Que enardecida de las cumbres baja
          Desafiando al contrario frente a frente,
          Y habré de convertirme en un valiente,
          Yo, que nunca he empuñado una navaja?
          No, señor, aunque estudio medicina
          Y pertenezco a esa importante clase
          Que no hay pueblo y lugar en donde no pase
          Por ser la mas horrible y asesina,
          Aparte de que en esto hay poco cierto,
          Como lo prueba y mucho la experiencia,
          Yo, a lo menos hasta hoy, me hallo a cubierto
          De que se alce la sombra de algún muerto
          A turbar la quietud de mi conciencia.

          Sobre los libros santos, se podría
          Con meditar y con plagiar un poco,
          Arreglar o escribir una poesía;
          Pero ni esto es muy fácil en un día
          Ni para hablar sobre esto estoy tampoco;
          Porque en fiestas como esta,
          Donde el saber está en su templo,
          Salir con el Diluvio, por ejemplo,
          Fuera casi querer aguar la fiesta;
          Y como yo no quiero que se diga
          Que he venido a tal cosa,
          Ya que en mi numen agotado me hallo
          El asunto y el plan a que yo aspiro
          Rompo mi humilde cítara, me callo,
          Y con perdón de ustedes me retiro.

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        Nocturno a Rosario

          I

          ¡Pues bien! Yo necesito
          Decirte que te adoro
          Decirte que te quiero
          Con todo el corazón;
          Que es mucho lo que sufro,
          Que es mucho lo que lloro,
          Que ya no puedo tanto
          Al grito que te imploro,
          Te imploro y te hablo en nombre
          De mi última ilusión.

          II

          Yo quiero que tú sepas
          Que ya hace muchos días
          Estoy enfermo y pálido
          De tanto no dormir;
          Que ya se han muerto todas
          Las esperanzas mías,
          Que están mis noches negras,
          Tan negras y sombrías
          Que ya no sé ni dónde
          Se alzaba el porvenir.

          III

          De noche, cuando pongo
          Mis sienes en la almohada
          Y hacia otro mundo quiero
          Mi espíritu volver,
          Camino mucho, mucho,
          Y al fin de la jornada
          Las formas de mi madre
          Se pierden en la nada
          Y tú de nuevo vuelves
          En mi alma a aparecer.

          IV

          Comprendo que tus besos
          Jamás han de ser míos,
          Comprendo que en tus ojos
          No me he de ver jamás,
          Y te amo y en mis locos
          Y ardientes desvaríos
          Bendigo tus desdenes,
          Adoro tus desvíos,
          Y en vez de amarte menos
          Te quiero mucho más.

          V

          A veces pienso en darte
          Mi eterna despedida,
          Borrarte en mis recuerdos
          Y hundirte en mi pasión
          Mas si es en vano todo
          Y el alma no te olvida,
          ¿Qué quieres tú que yo haga,
          Pedazo de mi vida?
          ¿Qué quieres tú que yo haga
          Con este corazón?

          VI

          Y luego que ya estaba
          Concluido tu santuario,
          Tu lámpara encendida,
          Tu velo en el altar;
          El sol de la mañana
          Detrás del campanario,
          Chispeando las antorchas,
          Humeando el incensario,
          Y abierta allá a lo lejos
          La puerta del hogar...

          VII

          ¡Qué hermoso hubiera sido
          Vivir bajo aquel techo,
          Los dos unidos siempre
          Y amándonos los dos;
          Tú siempre enamorada,
          Yo siempre satisfecho,
          Los dos una sola alma,
          Los dos un solo pecho,
          Y en medio de nosotros
          Mi madre como un dios.

          VIII

          ¡Figúrate qué hermosas
          Las horas de esa vida!
          Qué dulce y bello el viaje
          Por una tierra así!
          Y yo soñaba en eso,
          Mi santa prometida;
          Y al delirar en ello
          Con alma estremecida,
          Pensaba yo en ser bueno
          Por ti, no más por ti.

          IX

          ¡Bien sabe Dios que ese era
          Mi más hermoso sueño,
          Mi afán y mi esperanza,
          Mi dicha y mi placer;
          Bien sabe Dios que en nada
          Cifraba yo mi empeño,
          Sino en amarte mucho
          Bajo el hogar risueño
          Que me envolvió en sus besos
          Cuando me vio nacer!

          X

          Esa era mi esperanza...
          Mas ya que a sus fulgores
          Se opone el hondo abismo
          Que existe entre los dos,
          ¡Adiós por la vez última,
          Amor de mis amores;
          La luz de mis tinieblas,
          La esencia de mis flores;
          Mi lira de poeta,
          Mi juventud, adiós!

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        Oda

          De los tres cielos que recorre el hombre
          De la existencia en la medida impía,
          Cuando la gloria me enseñó tu nombre
          Yo estaba en el primero todavía.
          La pena que del pecho
          Hasta el abismo lóbrego desciende,
          Y del cadáver de un amor deshecho
          Finge flotando en derredor del lecho
          La aparición bellísima de un duende;
          La sombra a cuyo peso aborrecido
          Muere el placer y el alma se acobarda,
          Tratando de evocar en el olvido
          El recuerdo dulcísimo y querido
          De los besos del ángel de la guarda;
          Todo eso que en la frente
          Deja un sello de luto y desconsuelo,
          Cuando en el alma pálida y doliente
          No queda ni la fe, que es del creyente
          La última golondrina que alza el vuelo,
          Todo eso que de noche
          Baja hasta el corazón como una sombra,
          Y que terrible y sin piedad ninguna,
          Sus ilusiones todas despedaza,
          Aún no era sobre el cielo de mi cuna,
          Ni la pálida nube que importuna
          Se levanta enseñando la amenaza.

          Dichoso con la dulce indiferencia
          Del que al amor de su callado asilo
          Ha vivido a la luz de la inocencia,
          Acostumbrado a ver en la existencia
          La imagen de un azul siempre tranquilo,
          Yo entonces ignoraba
          Que, más allá de aquel humilde techo
          Que sus caricias y su amor me daba,
          Clamando al cielo y suspirando en vano
          Desde el rincón sin luz de la vigilia,
          Hubiera en otro hogar una familia
          De la que yo también era un hermano...

          Mi amor no sospechaba que existiera
          Más ilusión, ni cariñoso exceso,
          Que la mirada dulce y hechicera
          De la santa mujer que la primera
          Nos anuncia a la vida con un beso...
          Y hasta que al dulce y mágico sonido
          Del arpa que temblaba entre tus manos,
          Dejé mi rama, abandoné mi nido
          Y te segué hasta ese árbol bendecido,
          Donde todos los nidos son hermanos,
          Fue cuando despertando de la calma
          En que flotaba la existencia mía,
          Sentí asomar en lo íntimo de mi alma
          Algo como la luz de un nuevo día.

          Tu voz fue la primera
          Que me habló en la dulzura de ese idioma
          Que canta como canta la paloma
          Y gime como gime la palmera...
          Las cuerdas de tu lira,
          Como la voz de la primera alondra
          Que llama a las demás y las despierta,
          Fueron las que al arrullo de tu acento
          Sonaron sobre mi alma estremecida,
          Como si siendo un pájaro la vida
          Quisieran despertarlo al sentimiento...

          Tu nombre va ligado en mi cariño
          Con los recuerdos santos y amorosos
          De mis tiempos de niño,
          Con los placeres dulces y sabrosos
          De esa época sonriente,
          En la que es cada instante una promesa
          Y en la que el ángel de la fe aún no besa
          Las primeras arrugas de la frente;
          Tu nombre es la memoria
          Del pueblo y del hogar adonde un día
          Fue a estremecerse el eco de tu gloria
          Y el trino arrullador de tu poesía;
          La evocación de todo lo más santo
          En medio de mis noches desmayadas,
          Que aún tiemblan a las dulces campanadas,
          De aquellas horas en que amaba tanto...

          Y así, cuando yo supe
          Que abandonada a tu dolor morías,
          Y que en tu muda y lánguida tristeza
          Renunciabas a ver junto a tu lecho,
          Quien, al rodar sin vida tu cabeza,
          Recogiera el laurel de tu grandeza
          Y el último sollozo de tu pecho;
          Cuando yo supe que en la huesa insana
          Te inclinabas por fin pálida y sola,
          Sin que el adiós de tu alma soberana
          Se enlutara la cítara cubana,
          Ni gimiera la cítara española;
          Al darte mis adioses, los adioses
          De la eterna y postrera despedida,
          Sentí que algo de triste sollozaba
          De mi dolor en el oscuro abismo,
          Y que tu sombra que flotaba arriba,
          Al extinguirse y al borrarse se iba
          Llevándose un pedazo de sí mismo,
          Y entonces al poder de los recuerdos,
          Borrando la distancia,
          Tendí mis alas hacia el nido blando
          De los primeros sueños de la infancia;
          Llegué al rincón modesto
          Donde tus dulces páginas leía,
          A la fe y al amor siempre dispuesto,
          Y allí de pie frente a la blanca cuna
          Donde en sus flores me envolvió el destino,
          Busqué en su fondo alguna
          Que aún no cerrara su oloroso broche,
          Y en él hallé dormida,
          Esta con la que el alma agradecida
          Viene a aromar las sombras de la noche.

          Deuda en mi cariño
          Contraje desde niño con tu nombre,
          Esa flor es el cántico del niño
          Mezclada con las lágrimas del hombre;
          Esta flor es el fruto de aquel germen
          Que derramaste en mi niñez dichosa,
          Y que al rodar sobre la humilde fosa
          Donde tus restos duermen,
          Entre sus piedras ásperas se arraiga
          Recogiendo su jugo en tus cenizas,
          Y esperando en su cáliz a que caiga
          La gota de los cielos que le traiga
          La esencia y el amor de tus sonrisas.

        Arriba

        Pobre flor

          -"¿Por qué te miro así tan abatida,
          Pobre flor?
          ¿En dónde están las galas de tu vida
          Y el color?"

          "Dime, ¿por qué tan triste te consumes,
          Dulce bien?
          -"¿Quién?, ¡el delirio devorante y loco
          De un amor,
          Que me fue consumiendo poco a poco
          De dolor!
          Porque amando con toda la ternura
          De la fe,
          A mí no quiso amarme la criatura
          Que yo amé.

          "Y por eso sin galas me marchito
          Triste aquí,
          Siempre llorando en mi dolor maldito,
          ¡Siempre así!"-
          ¡Habló la flor!...
          Yo gemí... era igual a la memoria
          De mi amor.

        Arriba

        Por eso

          Porque eres buena, inocente
          Como un sueño de doncella,
          Porque eres cándida y bella
          Como un nectario naciente.

          Porque en tus ojos asoma
          Con un dulcísimo encanto,
          Todo lo hermoso y lo santo
          Del alma de una paloma.

          Porque eres toda una esencia
          De castidad y consuelo,
          Porque tu alma es todo un cielo
          De ternura y de inocencia.

          Porque al sol de tus virtudes
          Se mira en ti realizado
          El ideal vago y soñado
          De todas las juventudes;

          Por eso, niña hechicera,
          Te adoro en mi loco exceso;
          Por eso te amo, y por eso
          Te he dado mi vida entera.

          Por eso a tu luz se inspira
          La fe de mi amor sublime;
          ¡Por eso solloza y gime
          Como un corazón mi lira!

          Por eso cuando te evoca
          Mi afán en tus embelesos,
          Siento que un mundo de besos
          Palpita sobre mi boca.

          Y por eso entre la calma
          De mi existencia sombría,
          Mi amor no anhela más día
          Que el que una mi alma con tu alma.

        Arriba

        Resignación

          ¡Sin lágrimas, sin quejas,
          Sin decirnos adiós, sin un sollozo!
          Cumplamos hasta lo último... la suerte
          Nos trajo aquí con el objeto mismo,
          Los dos venimos a enterrar el alma
          Bajo la losa del escepticismo.

          Sin lágrimas... las lágrimas no pueden
          Devolver a un cadáver la existencia;
          Que caigan nuestras flores y que rueden,
          Pero al rodar, siquiera que nos queden
          Seca la vista y firme la conciencia.

          ¡Ya lo ves! Para tu alma y para mi alma
          Los espacios y el mundo están desiertos...
          Los dos hemos concluido,
          Y de tristeza y aflicción cubiertos,
          Ya no somos al fin sino dos muertos
          Que buscan la mortaja del olvido.

          Niños y soñadores cuando apenas
          De dejar acabábamos la cuna,
          Y nuestras vidas al dolor ajenas
          Se deslizaban dulces y serenas
          Como el ala de un cisne en la laguna
          Cuando la aurora del primer cariño
          Aún no asomaba a recoger el velo
          Que la ignorancia virginal del niño
          Extiende entre sus párpados y el cielo,
          Tu alma como la mía,
          En su reloj adelantando la hora
          Y en sus tinieblas encendiendo el día,
          Vieron un panorama que se abría
          Bajo el beso y la luz de aquella aurora;
          Y sintiendo al mirar ese paisaje
          Las alas de un esfuerzo soberano,
          Temprano las abrimos, y temprano
          Nos trajeron al término del viaje.

          Le dimos a la tierra
          Los tintes del amor y de la rosa;
          A nuestro huerto nidos y cantares,
          A nuestro cielo pájaros y estrellas;
          Agotamos las flores del camino
          Para formar con ellas
          Una corona al ángel del destino...
          Y hoy en medio del triste desacuerdo
          De tanta flor agonizante o muerta,
          Ya sólo se alza pálida y desierta
          La flor envenenada del recuerdo.

          Del libro de la vida
          La que escribimos hoy es la última hoja
          Cerrémoslo en seguida,
          Y en el sepulcro de la fe perdida
          Enterremos también nuestra congoja.
          Y ya que el cielo nos concede que este
          De nuestros males el postrero sea,
          Para que el alma a descansar se apreste,
          Aunque la última lágrima nos cueste,
          Cumplamos hasta el fin con la tarea.

          Y después cuando al ángel del olvido
          Hayamos entregado estas cenizas
          Que guardan el recuerdo adolorido
          De tantas ilusiones hechas trizas
          Y de tanto placer desvanecido,
          Dejemos los espacios y volvamos
          A la tranquila vida de la tierra,
          Ya que la noche del dolor temprana
          Se avanza hasta nosotros y nos cierra
          Los dulces horizontes del mañana.

          Dejemos los espacios, o si quieres
          Que hagamos, ensayando nuestro aliento,
          Un nuevo viaje a esa región bendita
          Cuyo sólo recuerdo resucita
          Al cadáver del alma, al sentimiento,
          Lancémonos entonces a ese mundo
          En donde todo es sombras y vacío,
          Hagamos una luna del recuerdo
          Si el sol de nuestro amor está ya frío;
          Volemos, si tú quieres,
          Al fondo de esas mágicas regiones,
          Y fingiendo esperanzas e ilusiones,
          Rompamos el sepulcro, y levantando
          Nuestro atrevido y poderoso vuelo,
          Formaremos un cielo entre las sombras,
          Y seremos los duendes de ese cielo.

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        Soneto

          Porque dejaste el mundo de dolores
          Buscando en otro cielo la alegría
          Que aquí, si nace, sólo dura un día
          Y eso entre sombras, dudas y temores.

          Porque en pos de otro mundo y de otras flores
          Abandonaste esta región sombría,
          Donde tu alma gigante se sentía
          Condenada a continuos sinsabores.

          Yo vengo a decir mi enhorabuena
          Al mandarte la eterna despedida
          Que de dolor el corazón me llena;

          Que aunque cruel y muy triste tu partida,
          Si la vida a los goces es ajena,
          Mejor es el sepulcro que la vida.

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        Un sueño

          A CH.

          ¿Quieres oír un sueño?
          Pues anoche
          Vi la brisa fugaz de la espesura
          Que al rozar con el broche
          De un lirio que se alzaba en la pradera
          Grabó sobre él un beso,
          Perdiéndose después rauda y ligera
          De la enramada entre el follaje espeso.
          Este es mi sueño todo,
          Y si entenderlo quieres, niña bella,
          Une tus labios en los labios míos
          Y sabrás quién es él y quién es ella.

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        Una limosna

          A mi querido amigo A.F. Cuenca.

          ¡Entrad!, en mi aposento
          Donde sólo se ven sombras,
          Está una mujer muriendo
          Entre insufribles congojas...
          Y a su cabecera tristes
          Dos niñas bellas que lloran,
          Y que entrelazan sus manos
          Y que gimen y sollozan.
          Y la infeliz ya no mira
          Ni tiene aliento en la boca,
          Y cuando habla sólo dice
          Con voz hueca y espantosa:
          "¡Yo tengo hambre! ¡Yo tengo hambre!
          Por piedad, ¡una limosna!"
          Y calla... y las niñas gimen...
          Y calla... y el viento sopla...
          Y llora... y nadie la escucha,
          ¡Que nadie escucha al que llora!

          ¿Y la oís? - ¡Ay!, hijas mías
          Vanse por fin a quedar solas...
          Solas... y sin una madre
          Que os alivie y que os socorra...
          Solas... y sin un mendrugo
          Que llevar a vuestra boca...
          Adiós... adiós... ya me muero...
          Ya no tengo hambre...
          Y la mísera expiraba "¡Una limosna!"
          Entre angustias y congojas,
          Mientras que las pobres niñas
          Casi locas, casi locas
          La besaban y lloraban
          Envueltas entre las sombras.
          Después... temblando de frío
          Bajo sus rasgadas ropas,
          Caminaban lentamente
          Por la calle oscura y sola,
          Exclamando con voz triste
          Al divisar una forma;
          ... "¡Me muero de hambre!"
          Y la otra...
          ... "¡Una limosna!"

        Arriba

        Ya sé por qué es

          Era muy niña María,
          Todavía,
          Cuando me dijo una vez:
          —Oye, ¿por qué se sonríen
          Las flores tan dulcemente,
          Cuando las besa el ambiente
          Sobre su aromada tez?
          —Ya lo sabrás más delante
          Niña amante,
          Le contesté yo, y una mañana,
          La niña pura y hermosa,
          Al entreabrir una rosa
          Me dijo: —¡Ya sé por qué es!

          Y la graciosa criatura
          Blanca y pura
          Se ruborizó y después,
          Ligera como las aves
          Que cruzan por la campiña,
          Corrió hacia el bosque la niña
          Diciendo: —¡Ya sé por qué es!—
          Y yo la seguí jadeante,
          Palpitante
          De ternura y de interés,
          Y... oí un beso dulce y blando,
          Que fue a perderse en lo espeso,
          Diciendo: —¡Ya sé por qué es!

          Era muy joven María,
          Todavía
          Cuando me dijo una vez;
          —Oye, ¿por qué la azucena
          Se abate y llora marchita
          Cuando el aura no la agita
          Ni besa su blanca tez?
          —Ya lo sabrás más delante,
          Niña amante—,
          Le contesté yo... ¡después!
          Y más tarde ¡ay! una noche,
          La joven de angustia llena,
          Al ver triste a una azucena,
          Me dijo: —¡Ya sé por qué es!

          Y ahogando un suspiro ardiente,
          La inocente
          Me vio llorando... y después,
          Corrió al bosque, y en el bosque
          Esperó mucho la bella,
          Y al fin... se oyó una querella
          Diciendo: —¡Ya sé por qué es!—.
          Era muy linda María,
          Todavía,
          Cuando me dijo una vez:
          —Oye, ¿por qué se sonríe
          El niño en la sepultura,
          Con una risa tan pura,
          Con tan dulce sencillez?
          —Ya lo sabrás más delante
          Niña amante,—
          Le contesté yo... ¡después!

          Y... murió la pobre niña,
          Y en vez de llorar, sonriendo,
          Voló hacia el azul diciendo,
          —¡Ya sé por qué es!

          Ya lo ves mi hermosa Elmira,
          Quien delira
          Sufre mucho, ¡ya lo ves!
          Y así, ilusiones y encanto,
          Ni acaricies ni mantengas,
          Para que, al llorar, no tengas
          Que decir:
          —¡Ya sé por qué es!

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        Ya verás

          Goza, goza, niña pura,
          Mientras en la infancia estás;
          Goza, goza esa ventura
          Que dura lo que una rosa.
          —¿Qué?, ¿tan poco es lo que dura?
          —Ya verás niña graciosa,
          Ya verás.

          Hoy es un vergel risueño
          La senda por donde vas;
          Pero mañana, mi dueño,
          Verás abrojos en ella.
          —¿Pues qué?, ¿sus flores son sueño?
          —Sueño nada más, mi bella,
          Ya verás.

          Hoy el carmín y la grana
          Coloran tu linda faz;
          Pero ya verás mañana
          Que el llanto sobre ella corra...
          —¿Qué?, ¿los borra cuando mana?
          —Ya verás cómo los borra,
          Ya verás.

          Y goza mi tierna Elmira,
          Mientras disfruta de paz;
          Delira, niña, delira
          Con un amor que no existe
          ¿Pues qué?, ¿el amor es mentira?
          —Y una mentira muy triste,
          Ya verás.

          Hoy ves la dicha delante
          Y ves la dicha detrás;
          Pero esa estrella brillante
          Vive y dura lo que el viento.
          —¿Qué?, ¿nada más dura un instante?
          —Sí, nada más un momento,
          Ya verás.

          Y así, no llores mi encanto,
          Que más tarde llorarás;
          Mira que el pesar es tanto,
          Que hasta el llanto dura poco.
          —¿Tampoco es eterno el llanto?
          —¡Tampoco, niña, tampoco,
          Ya verás!

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